Las elecciones no son de los partidos ni de sus intermediarios políticos

Voto instrumento útil para un país democrático como se pretende que sea México

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Lorenzo Córdova Vianello. A un año de distancia

En mayo del 2016, el presidente del Instituto Nacional Electoral (INE) Lorenzo Córdova Vianello, como máxima autoridad electoral del país, hacía un profundo análisis sobre las elecciones que se efectuaron en ese año; procesos de selección que describía de la siguiente manera: “Campañas caracterizadas por la guerra de lodo, candidatos sin propuestas ni diferencias programáticas, pero sí, con malos antecedentes y fortunas inexplicables”.

En ese tiempo, el consejero presidente, admitía que había un desencanto con la vía electoral, pero defendía el voto como instrumento útil para un país democrático como se pretende que sea México.

A un año de distancia, y ante la proximidad de la consumación de las elecciones que corresponden al 2017, donde destaca la que han dado en llamar “la joya de la corona “, como se identifica a la gubernatura del Estado de México, por la connotación invaluable de su lista nominal que se sitúa en 11 millones 317 mil 686 ciudadanas y ciudadanos, donde predominan las primeras, que pudieran convertirse en el fiel de la balanza en esa jornada cívica.

Una Entidad Federativa que produce el mayor aporte de votos en el país, que tiene el ingrediente adicional de ser la cuna y el centro neurálgico del grupo político del Presidente de la República Enrique Peña Nieto, por lo que se encarece el deseo por gobernarla.

En esta disputa electoral, donde se percibe el derrocamiento del longevo Partido Revolucionario Institucional (PRI), como primicia de todos los contendientes ajenos al partido en el poder, a quien le acreditan todos los males que vive esa Entidad, teniendo como principal referente de exclusión al propio ex gobernador y actual titular del Ejecutivo Federal.

Persiguiendo la alternancia, en uno de los pocos Estados de la República que todavía no transita por esta vía democrática, donde participan seis aspirantes tan disímbolos como contrastantes, que no han podido despuntar por sus conocimientos, experiencias, capacidad de liderazgo y empatía con los diversos sectores de esa sociedad, escudándose en la línea de actuación de su partido o del líder político que los cobija.

 

CANDIDATOS QUE NO CONVENCEN

Candidatos que se han destacado más por la descalificación hacia sus adversarios, en la promesa fácil y llamativa; que en la exposición de propuestas viables que mejoren las innumerables carencias de las comunidades en disputa.

Ausencia de planteamientos y acciones que desplieguen y exhiba su potencial de cualidades, que se traduzca en certidumbre y confianza para un electorado que empieza a ser más inteligente; que castiga y desprecia con su voto a aquellos representantes públicos inmersos en la corrupción, pero también en la omisión, porque ya identifican que es tan descalificable quien la hace, como el que no hace.

En esta contienda electoral que casi llega a su recta final, no se perciben cambios sustantivos para mejorar el entorno de las campañas y el real posicionamiento de los candidatos, identificando la cuantiosa derrama económica de recursos públicos y privados, en un dispendio que ojalá se pueda justificar en aras del fortalecimiento democrático que garantice un proceso limpio y equitativo, que evite la judicialización que se ve venir.

 

CAMPAÑAS QUE NO CONVENCEN

Las formas y fondo de las campañas para esta contienda electoral, han variado tan poco con respecto al 2016, a las que habría que agregar como un extra de caracterización, un ingrediente de doble filo como son las promesas sin límite, muchas de ellas revestidas de incongruencias en su realización, aún a sabiendas de sus promotores de los reparos económicos que padece la administración en sus tres niveles de gobierno para poderlas consolidarlas, orientándose más que nada en la búsqueda del poder por el poder, más que el cambio social que reconstruya y dignifique.

Ofrecimientos irrealizables por su financiamiento económico, en una verborrea clásica de las políticas públicas del pasado, que ya no engañan a las nuevas generaciones pensantes.

En esta guerra de ofertas sin fin, que se están convirtiendo en afrentas para el elector que razona su voto, ya que lo ubican en el contexto de las masas, donde la demagogia confundía, atraía y orientaba el sufragio; empieza a generarse un voto volátil, que podrá aterrizar con el uso de la emoción, más que con la razón o fomentara la clásica abstención, en una jornada cívica que no se debe desaprovechar si se quiere cambiar para mejorar.

Estos compromisos irrealizables, están reflejando la real radiografía de los candidatos, donde siguen apostándole a que la disciplina partidista unida, da la certeza del triunfo como antaño se manejaba, aún con la ausencia de opciones verdaderas y creíbles, pero que impacta y convence a su conglomerado militante y a su segmento de voto duro, apostándole más que nunca a la captación del elector que transita por el “hartazgo”, que, en suma, es considerable y podría ser determinante.

Fenómeno de desencanto que empieza a permear también en la militancia cautiva, que ya se manifiesta en rebeldía y en un descontento permanente, convirtiendo su voto con orientación volátil, donde están prevaleciendo los estados de ánimo, síntoma peligroso para una decisión con alto riesgo de equivocación.

 

LA HISTORIA EN EL OLVIDO

Bien harían en hojear de nueva cuenta la historia del Estado que pretenden representar Delfina Gómez Álvarez del Movimiento Regeneración Nacional (Morena), Josefina Vázquez Mota del Partido Acción Nacional (PAN), María Tersa Castell de Oro (independiente), Juan Zepeda Hernández del Partido de la Revolución Democrática (PRD), de Óscar González Yánez del Partide del Trabajo (PT) y de Alfredo de Mazo Maza del Partido Revolucionario Institucional (PRI), para reencontrar ese pasado edificante.

Pasajes históricos de enseñanzas que siguen presentes aún con el paso del tiempo, vertidos por el gran referente de Atlacomulco, el escritor Isidro Fabela Alfaro, quien señalaba insistentemente a todo aquel discípulo o dependiente laboral que accedería o tuviera un puesto público: “Más vale sorprender con una mejora inesperada, que desilusionar con promesas incumplidas”, y todavía los remataba con la siguiente alusión: “Lo importante no es lo que hace el destino, sino lo que nosotros hacemos con él”, recomendaciones del pasado que no deberían quedar en el olvido.

 

LA ELECCIONES LAS DEBE MARCAR EL CIUDADANO

Vivimos tiempos antisistémicos, donde la predisposición al cambio se alimenta de la indignación.

En la actualidad, los procesos electorales se están significando porque la ciudadanía no está decidiendo a partir de elementos que le permitan identificar quién tiene más capacidad para gobernar, sino a quien no quiero ya, no importando el talento y la eficacia.

Por otra parte, hay otro sector de la sociedad a la cual el derecho de sufragio no le ha inspirado ni entusiasmo ni miedo, convirtiéndola en apatía, una indolencia que produce el alto abstencionismo que caracteriza a las contiendas electorales.

Causa y efecto, los promotores del voto que no logran identificarse y cautivar a estos electores que asumen este rol, por la poca credibilidad y la gran corrupción que el sistema ha producido.

Los tiempos cambiantes de la democracia moderna, donde parte del electorado vota por emoción, no por el intelecto, están provocando el resurgimiento del populismo y antielitismo, donde las élites se han convertido en los chivos expiatorios de nuestra modernidad.

Donde el populismo es equiparable con la demagogia, ambos convertidos en los peores enemigos de la democracia.

Tiempos de cambio que aprovechan los caudillos, para elevarse por encima de los desaciertos, asumiéndose como los redentores para poner orden en la casa, pretendiéndose colocarse arriba de los partidos políticos, convocando directamente a las masas para escapar de los filtros de las instituciones representativas, cuya orientación se encamina sin lugar a dudas a la implantación indudable de las famosas dictaduras.

Como lo mencionara Mauricio Merino Huerta: “Tenemos una conciencia falsa de la democracia, creemos que la democracia es de los partidos y de los intermediarios políticos y eso lo cree casi todo México; que esta vulnerada porque se ha corrompido; que el Estado se adueña de los puestos públicos, y es verdad, pero la democracia les pertenece a los ciudadanos”.

Agregando: “Mientras la gente no revolucione su conciencia mientras no entendamos que tenemos leyes que se han ganado colectivamente para garantizar igualdad, transparencia y combate a la corrupción, que son reales, por ello tenemos que entender que nos pertenecen y debemos organizarnos para exigirlas”.

Por eso como elector mexiquense, con plena conciencia que las elecciones las conformamos los ciudadanos y que los electores somos los que ungimos a nuestros gobernantes, este 4 de junio mi voto será razonado, sustrayéndome de las emociones, analizando a conciencia a las y los candidatos para elegir al más capacitado y con la experiencia necesaria que me garantice un gobierno eficiente, transparente y comprometido con su función pública y sobre todo con un enorme compromiso social con su entidad.

Si esto no sucediera desde cualquier espacio por el que me desempeñe se lo estaré demandado y hasta exigiendo.

 

 

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