La tragedia de la tragedia

El apoyo de algunas comunidades al huachicol, aunque sean pocas, es el resultado del fracaso del progreso que no gotea hacia las capas sociales ubicadas en la parte baja de la escala social

Compartir:
La tragedia de Tlahuelilpan, Hidalgo, parece ajustarse a un patrón

Siempre, el destino les jugaba una mala pasada a los personajes de las tragedias griegas. El destino, como una figura simbólica, se constituía en factor determinante en el destino que les esperaba tanto a los personajes y en el desenlace final de cada obra.

Con Nietzsche, entre otros, aprendimos que, en realidad, ese destino no era tanto un destino predeterminado por un “algo” consustancial a la naturaleza y la vida humana. El teatro y la tragedia griega no era otra cosa que representaciones, recortes de la realidad.


A través del teatro se “educaba” a la sociedad, con el fin de establecer una explicación de los acontecimientos que, a través de la obra teatral, se transmitían a la población con el fin de ordenar y organizar su vida cotidiana, como poder.

El destino guiaba, generalmente, al infortunio a las personas. La tragedia de Tlahuelilpan, Hidalgo, parece ajustarse a un patrón que lleva al siguiente mensaje: Asociarse con esos grupos implica un destino trágico; mejor aléjense del crimen organizado.

No está mal, pero la comunidad debe sacrificarse en favor de las figuras que representan las políticas asistenciales porque unirse a la extracción de huachicol trae aparejado un destino trágico, una tragedia social que se convirtió en una segunda representación con imágenes dantescas.

La radiografía de Tlahuelilpan, una comunidad semi rural dedicada al cultivo de alfalfa y a otros bienes agrícolas, es la imagen de otras muchas, o de la mayoría de ellas, del México rural sacrificadas ante el altar de la economía de un progreso que no llega: El sustituto, junto al poder, del ideal del destino trágico griego.

A la comunidad, en cuando a su condición y la superación de las condiciones trágicas en que vive, así como su superación, no la hicieron las políticas asistenciales ni la harán las políticas asistenciales del obradorismo, incrustadas en la idea de progreso.

Las políticas asistenciales, más bien, han jugado el papel de estrategias para evitar conciencias críticas. Que la comunidad se aleje, se olvide de que, alguna vez, una nación como la mexicana tuvo su origen en la comunidad étnica, y que estas comunidades la transformaron de raíz.

Las políticas asistenciales, más bien, parecen otra cosa. A través de estas políticas se toma el pulso a la población: Se establecen mapas de localización, con qué recursos naturales cuentan, sus capitales, qué piensan, para después recrear nuevas políticas.

Si las comunidades se han mezclado con el huachicoleo es debido al fracaso del ideal de progreso en el mundo rural y del sistema de equilibrios sociales cuyos efectos se han tratado de resolver a través del asistencialismo, cambiando justicia por una tarjeta con apoyo mensual o bimensual.

A través de su relación con grupos criminales, las comunidades han tratado de encontrar una ruta más corta respecto a un destino que los ha tratado como plato de segunda mesa, mientras se ubica a la ciudad como el epicentro de lo moderno.

Detrás de lo que aparenta ser una actitud “inocente” de la población, al acudir a la toma de un ducto que había sido previamente perforado, están cientos de años, en los que han sido contempladas como un estorbo para el progreso, lo que se traduce en acciones a veces aventuradas con tal de lograr algo que los reubique socialmente.

Entiendo que unos cuantos litros que pudieron haber guardado en un bidón no son nada, pero lo poco se mide en función de aquello de lo que se ha carecido. No es inocencia, sino tal vez sea un “por fin”, aunque ese por fin sea cualquier cosa.

No es un asunto de tipo moral, como lo ha visto AMLO, en términos de que el pueblo es bueno y ha sido engañado con falsas promesas porque está acicateado por la pobreza, que más allá de lo cuestionable del término viven con múltiples carencias no por incapacidad, sino porque el destino (ahora el poder) lo ha puesto ahí.

El apoyo de algunas comunidades al huachicol, aunque sean pocas, es el resultado del fracaso del progreso que no gotea hacia las capas sociales ubicadas en la parte baja de la escala social. Lo anterior, debido a que políticas asistenciales fungen como “placebos” del progreso real que debería equilibrar lo social.

La clasificación de la población como pobre es parte de un discurso social empequeñecedor, minimizador, como ocurre en Tlahuelilpan, que trata de reducir al mínimo el espíritu levantisco de una población como la que habita las comunidades y que es administrada como una estadística, lejos de un trato humano.

Uno de los ideólogos de esa idea es Gabriel Quadri, ex candidato presidencial, para quien entidades como Chiapas, Guerrero y Oaxaca constituyen una carga para el país. Refleja lo que, por mucho tiempo, los de la “raza de bronce” han pensado de su propio origen.

La Cuarta Transformación no ha cambiado en esto: Entregar de manera directa los recursos a las comunidades solamente implica un cambio de forma. Nuevas explosiones nos aguardan, y no es un destino sobrenatural; es un asunto de poder.

 

* Periodista por la UNAM, doctor en Ciencias por el Colegio de Posgraduados-Campus Puebla y profesor de la UATx

 

 

Compartir:
Comentario anónimo
Comentar vía Facebook

is loading comments...