La previsión en la política

De la imaginación se desprenden muchas aptitudes exclusivas del hombre

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Aristóteles se refería a nuestra especie como la del zom politikon

Solamente el hombre puede ser político porque solamente el hombre tiene una poderosa imaginación. Ningún otro animal es capaz de realizar ejercicios políticos. Quizá por eso Aristóteles se refería a nuestra especie como la del zom politikon.
De la imaginación se desprenden muchas aptitudes exclusivas del hombre. Una de ellas es la previsión. Esta no es otra cosa que, una ante visión, la posibilidad de representar como existente lo que, en la realidad, aún no existe y los que quizá jamás lleguen a existir.
Para explicarme mejor en lo anterior me permitiré utilizar un ejemplo muy gráfico al comparar a la política con la naturaleza. Ambas materias nos obligan a valernos de nuestra previsión, en todo momento, porque ambas no siempre se comportan bien con nosotros y no siempre nos tratan tan bien como creemos merecerlo.
Con mucha frecuencia se nos obliga a recordar que la naturaleza, en muchas ocasiones, se comporta como madre y, en muchas otras, como madrastra. Esto significa que hay tiempos en los que trata con dulzura y con bondad. Hay otros momentos en que, por lo contrario, se comporta con amarga crueldad. En ocasiones es dócil y apacible generadora de vida. En otras es indomable y rebelde, causa de muerte y de destrucción.
La naturaleza de la Tierra se rige por sus propias reglas y principios. Sus reglas pueden ser predecibles, como las que regulan el día, la noche, las estaciones, la rotación, la traslación o la gravedad. Otras no pueden pronosticarse cronométricamente, como los terremotos, los huracanes, los tornados o las sequías.
Sin embargo, sus principios son inalterables. El agua corre hacia las tierras bajas. Los vientos corren hacia las depresiones. Las mareas persiguen a la gravedad lunar. Así ha sido siempre y así será mientras exista la Tierra. Conocerlo y reconocerlo es el principio de su dominación.
Por eso, Francis Bacon decía que sólo se puede dominar a la naturaleza cuando se le obedece. La presa, el pararrayos, la turbina, el canal, el barco, el avión y mil inventos más, por no mencionar la rueda como invento capital, son reconocimientos y aprovechamientos de las fuerzas de la naturaleza de la Tierra.
Son la dominación y la domesticación de ella por la vía de la obediencia. Un viento de 500 nudos sin control sería el más fuerte huracán que hubiera conocido la humanidad, pero un viento de 500 nudos con control se llama avión y es cómodo, placentero y seguro. Así también suele hacerse con la madre y, a veces, hasta con la madrastra.
Sin embargo, la de la Tierra no es la única naturaleza. Existen otras, con sus similitudes y sus diversidades. Entre ellas está la naturaleza de los hombres. Entre ambas se establece una interacción que puede resultar simbiótica o que puede implicar una colisión en la que una de las dos resulta dañada, transitoria o irreversiblemente.
Y es que la naturaleza humana también se rige por sus propias reglas y principios. También, como los de la naturaleza de la Tierra, no todos tienen una valencia positiva o negativa, y esto se refleja, sobre todo, en la interacción de unos seres humanos con los otros, bien sea que se trate desde la familia hasta la sociedad y la nación.
Aquí es donde surge la obligatoriedad del reconocimiento de nuestra propia esencia. Junto a sus virtudes supremas, como la imaginación, la fortaleza, la templanza, la prudencia, la caridad, la sabiduría y muchas más, los hombres convivimos con fenómenos impredecibles de nuestra propia naturaleza. Al igual que con la de la Tierra, conocerla y reconocerla es el principio de nuestra propia autodominación.
Si no aceptáramos la existencia de la envidia, del egoísmo, de la hipocresía, de la vanidad, de la soberbia, de la cobardía y de muchas otras de nuestras flaquezas, nuestra vida colectiva no tendría futuro posible. Por ese reconocimiento hemos desarrollado mil inventos sociopolíticos, tales como la democracia, la soberanía, el gobierno, la república y, por encima de todo, como invento capital, el estado de Derecho.
Goethe decía que la naturaleza siempre se ensaña con los negligentes. En mucho tenía razón. Muchas de nuestras desgracias naturales devienen de lo que debimos hacer y no hicimos, pero también en nuestras catástrofes políticas hay mucho de negligencia humana. Hay mucho de desapego y de inconciencia respecto a las reglas y principios de la naturaleza y de la política. En materia de terremotos, de huracanes, de sequías y de otros meteoros, hay principios inalterables. Uno de ellos es que siempre van a existir. Otro es que mientras más distante se encuentre el último, más cercano se encuentra el próximo. Si lo aceptamos, entonces, todo lo por venir, en ese sentido, es historia predecible.
Por eso se ha dicho que en la naturaleza y en la política no hay premios ni castigos. Sólo hay consecuencias.

Abogado y político
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Twitter: @jeromeroapis

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