La posible extinción del Estado

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Hace algún tiempo asistí a una reunión internacional de presidentes de academias nacionales. La ronda se desarrolló con una agenda abierta, no por ello desordenada. Fue una “tormenta de ideas” más que una pasarela de ponencias. La denominamos navaja libre. El concepto central fue el revisionismo del siglo XXI. Uno de los teoremas que mayor reflexión nos inspiró fue la posible desaparición futura del Estado como forma de organización política.

El planteamiento no tiene objeción posible, desde un punto de vista lógico, a partir de la aceptación de que ninguna obra humana existirá para siempre, pero también tenemos que admitir que todas las históricas formas de organización política han desparecido, como sucedió con el clan, con la tribu, con el feudo y con el imperio. Parece ingenuo pensar que el Estado sería la excepción de eternidad.


Confieso que yo soy de los que cree que antes de la extinción del Estado habrá una metamorfosis o una dilución de la democracia, de la soberanía, de la federación, de la república y de la división de poderes. Si es que no desaparecen por completo, estoy seguro de que serán instrumentos políticos que no se entenderán como hoy los entendemos y que no se usarán como ahora se utilizan.

Hay dos figuras políticas cuyo futuro no alcanzo a imaginar. Me refiero a la libertad y a la justicia. No reflexiono sobre su extinción porque creo que no han nacido a plenitud. Creo que han madurado muchísimo en el devenir de la humanidad. Que, hoy, la libertad y la justicia son productos mucho más refinados que como lo eran hace 20 siglos, pero esto todavía me parece más una maduración nonata, y casi fetal, que un alumbramiento completo.

Estas cavilaciones nuestras no están basadas en el tarot ni en el horóscopo, sino en síntomas inequívocos, bajo los principios de una ciencia tan seria como lo es la política y con una rama tan bien cimentada como lo es la Teoría del Estado.

Entre esos síndromes no mencionaría la globalización, la desregulación ni la desincorporación porque mucho se ha hablado de ellos, pero en homenaje al espacio mío, y al tiempo de los amables lectores, mencionaría a sólo tres de ellos.

El primero sería la ilegalidad, muy especialmente la que se ejerce por grupos organizados cuya estrategia es reducir la acción, la operación, la presencia, la eficiencia y el prestigio del Estado. Sus formas más evidentes de concreción son la criminalidad, la ilicitud no penal, el desvío de autoridad, la arbitrariedad, la corrupción, la lenidad, la apatía, la ineficiencia oficial y la cultura de la ilegalidad.

El segundo sería la informalidad, considerada esta como la instalación de utensilios al margen del Estado, pero más eficientes que él. Cito, como ejemplo, las redes sociales y los medios de comunicación, hoy más extensos, más rápidos y más transparentes que la comunicación oficial. Más aún, los gobernantes de muchas naciones se comunican mejor a través de sus páginas electrónicas que de sus voceros. Por eso, la información ya no es potestad exclusiva del Estado, sino que, al contrario, éste recurre a las redes y a los medios para estar informado.

El tercero sería la irregularidad. Pongo como ejemplo las organizaciones deportivas. La que más conocemos es la del futbol. Sus leyes, sus autoridades, sus jueces, sus sanciones y su funcionamiento nada tienen que ver con el Estado ni emanan de él, ni éste mete un solo dedo en ellas. No les autoriza ni les prohíbe cosa alguna.  Es más poderoso un árbitro que una Corte Suprema de cualquier país. Ambos son inapelables, pero el árbitro es unitario y uniinstancial, mientras que la Corte tiene que juzgar en colegiado, y después de varias instancias. Así, hay muchas organizaciones que son colaterales al Estado y que constituyen verdaderas soberanías.

Durante ese nuestro coloquio me asaltó el presentimiento de que nuestras traductoras supusieran que habíamos fumado o bebido de manera indebida, sobre todo cuando las colocábamos en aprietos con palabras innovadoras y, muchas de ellas, recién inventadas por nosotros, como cratología, cratoma, craticidad y otras por el estilo, porque me queda en claro que al hablar de una futura extinción del Estado, a algunos los puede llevar a la incredulidad o a la risa. Me tranquilizaba el considerar que nuestras auxiliares sabían de idiomas, pero no de política, y eso las alejaría de cualquier valoración crítica sobre nuestras disquisiciones.

Nadie debe preocuparse mucho por la extinción del Estado. Primero porque no desaparecerá la política ni los políticos. Todo burócrata puede estar tranquilo porque así como si desaparece el libro no desaparecerán los escritores. Segundo porque cuando esto suceda ya habremos desaparecido todos los ahora vivos. Tercero porque no regresaremos a las cavernas, sino a formas más depuradas de poder político. Y, último, porque para entonces ya habremos extinguido tantas cosas que la extinción del Estado será lo que menos nos preocupe.

 

Abogado y político

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Twitter: @jeromeroapis

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