La política de la farsa

Nuevos demócratas ya no hablan de auscultaciones, de posicionamientos ni de basificaciones; encuestas, tendencias, conteos rápidos y exit polls se han vuelto el ‘bocado de cardenal’

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Se ha venido instalando la idea de que los “nuevos demócratas mexicanos” en mucho se parecen a los llamados nuevos ricos. Que unos y otros no saben lo que es su dinero y su democracia; que no saben para lo que sirven y que no saben cómo se utilizan.

Vale aclarar que un nuevo rico no es una persona cuyo esfuerzo lo ha hecho mejorar su condición en la vida y que, de manera indiscutible, merece el respeto y la consideración de todos. No, nada de eso. El nuevo rico es esa especie de tránsfuga que no ha pretendido tan sólo mejorar, sino escapar de su realidad para suplantarla por otra ajena.

Son aquellos personajes retratados en las películas de Sara García donde los hijos reniegan de sus sencillos y esforzados padres, precisamente, por eso. Por ser sencillos y esforzados, y porque creen, estúpidamente, que la alteza reside en la ociosidad, en la frivolidad y en la vanidad.

Son aquellos personajes grotescos y ridículos que han sido objeto de cientos de chistes crueles. El que se bebió el cio, el que creyó que el sorbete era el postre o el que le sacó las burbujas a la champaña. Desde luego que estos existen en todos los países. Un famoso chiste norteamericano dice que de los mil cuadros que pintó Rubens, 6 mil se encuentran en mansiones texanas.

Pues bien, existe la hipótesis de que algo similar pudiera suceder en la política mexicana. Que ahora que tenemos democracia hay quienes se dicen demócratas por abolengo transgeneracional. Que, para ellos, la democracia es lo normal y que todos los demás son quienes han vivido en el retraso y en la miseria política. Son aquellos que hoy se ocultan de cuando recibían, como regalo, una gubernatura, algunos escaños o curules; una reforma política, dineros, prerrogativas y otras prebendas menos confesables.

También son los que hoy dicen que nunca les regalaron nada, que todo se lo ganaron a pulso y que todavía se está en deuda con ellos.

Esto nos podría recordar una obra de Luis Spota, donde se retrata una sociedad neoricachona que invitaba a abusar de ella a partir  de sus propios perfiles. Así, los jefes de esas familias, sus esposas, sus hijos y sus hijas se volvieron víctimas de la avidez de restauranteros, de modistos, de vivales, de negociantes, de aristócratas, de barberos, de sabiondos, de modernistas, de extranjeros, de putas y hasta de gigolós.

Así, también podrían parecer los nuevos demócratas. Los que ya no hablan de auscultaciones, de posicionamientos ni de basificaciones, sino de encuestas, de tendencias, de conteos rápidos, de exit polls y de muchas otras cosas que, muchas veces, ni saben para lo que sirven ni con qué se comen, pero que, por lo mismo, también se han vuelto el “bocado de cardenal” para ser victimizados por la avidez de encuestadores, de estrategas, de publicistas, de publirrelacionistas, de formadores de imagen, de vendedores, de consejeros, de vivales, de farsantes, de buscachambas, de cortabolsas, de carteristas y hasta de adivinos.

Desde luego que en sus staffs  suelen no aparecer quienes sepan de cratología, de democracia, de gobernabilidad, de transición, de cohabitación, de reforma, de realineamiento, de reconversión o de cientos más de las verdaderas estrategias del poder político del mundo contemporáneo.

Así también pareciera que sucede con los neodemócratas. He tenido la oportunidad de escuchar, casi a diario, a muchos mexicanos que pertenecen a lo mejor de la tradicional y hoy relegada clase política. Desde luego que son hombres que han vivido en la rudeza refinada del mundo político que les tocó vivir, pero, al igual que como el personaje de la novela, estos hombres que han vivido en el tapadismo, en el dedazo, en la mapachería, en la obediencia, en la cortesanía, en el mayoriteo, en la aplanadora y en mil cosas más sienten escaso respeto por los intereses fundamentales del pueblo.

Más aún, que la palabra “pueblo” hoy  les suena como una cursilería o una corrientada, así como a los hijos de Sara García les parecía vulgar que la gente trabajara, ahorrara o pensara que hay valores más importantes que el dinero.

No vaya a ser, también, que como en la novela vayamos a sorprendernos con nuestra propia inconsciencia. Que hoy, que creíamos estar más cerca que nunca de la democracia, sea cuando estemos más cerca que nunca de la dictadura o de la anarquía. Que la tan anhelada democracia no nos haya servido para instalar mejores gobiernos ni para lograr mejores estadios de vida. Que el autogobierno mexicano no sea más que un doloroso e imperdonable fracaso. Que la sociedad mexicana no haya desarrollado su plena capacidad de selección gubernamental ni la entera suficiencia de su gobierno. O que el arte de la política, cuando es ejercida por mexicanos, no resulte más que un ensayo perverso, torpe, ambicioso, egoísta, inútil, absurdo y costoso.

 

 

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