La mejor posada

Con una agenda de proyectos y programas inéditos, los mexicanos fincan su esperanza en Andrés Manuel López Obrador

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Desde hace 13 años, Andrés Manuel López Obrador quería romper la piñata. Es su turno. Una oportunidad ganada a base de picar piedra, con dos derrotas de por medio.

El duro y dale dio resultados. Y sí, para él, la tercera fue la vencida, contrario, por ejemplo, a su compañero de ideología, Cuauhtémoc Cárdenas, quien también aspiró tres veces a la Presidencia de la República, pero la ausencia del discurso híbrido, propio del hoy ya Presidente en turno (populista, con tendencia a los dos extremos, derecha e izquierda, pero sin definir ninguno; espiritualista, agorero, fabulador), no le permitió alcanzar su objetivo.


Los Presidentes mexicanos asumen el poder en el mes de diciembre, época tradicional y, mundialmente, de fiesta en la que resaltan los regalos y los abrazos. Esta vez, el ambiente decembrino cae como anillo al dedo al gobierno que arranca, sobre todo por aquello de “primero los pobres”, “preferencia a los indígenas”, “austeridad republicana” y “amor al prójimo”.

Para el Presidente López Obrador, esta es una oportunidad “ad-hoc” a su espíritu de esperanza transformadora para los mexicanos, principalmente para los 30 millones que votaron por él el pasado 1 de julio, aunque muchos de esos entusiastas, por enredos o movimientos en falso de los colaboradores del Mandatario federal, ya teman que vaya a salir más caro el caldo que las albóndigas.

En 24 días, para emparejarlo con la fiesta navideña, el ex perredista y líder principal de Morena, junto con su equipo de colaboradores, incluyendo el Gabinete, ha invitado a diario, con su rueda de prensa mañanera, a romper la inmensa piñata que ha ofrecido a los mexicanos, ahora sí que invitando a todos, los que votaron a su favor y los que votaron en contra.

Y vaya que la piñata de Andrés Manuel viene repleta de tejocotes, limas, cañas, mandarinas, cacahuates, colaciones y confeti, mutados en la gran ofrenda que es la transformación del país con programas y proyectos nuevos o modificados.

Independientemente de lo que sus hoy opositores juzguen (bastante reducidos, por cierto), los enunciados del nuevo gobierno han representado, desde la pre y la campaña electoral presidencial, la ilusión para muchos, producto del hueco de atención social que olvidaron o no supieron llenar ni el PAN, a partir de la primera Alternancia, en el 2000, ni el PRI, en la segunda, en el 2012.

 

EL ‘FULGOR DE DICIEMBRE’

El arranque, no sin traspiés, de lo que, sin duda, es lo fuerte de la lista de deseos, la llamada “Cuarta Transformación”, hace que esta sea la mejor posada. Los resultados dirán si las fiestas venideras, año con año, mantendrán el mismo ánimo.

Aunque alguien por ahí, en un periódico de circulación nacional, habló del “error de diciembre” de López Obrador, en referencia a la omisión de dotar a las universidades de recursos extras para el año que está por iniciar y que fue enmendado, yo hablaría más del “fulgor de diciembre”.

Cierto que todo el cúmulo de sorpresas, anticipadas unas y apenas reveladas otras, son como el costal de Santa Clós que se quiere mostrar sólo en el mes de diciembre (ya vendrán los Reyes Magos), pero mucho de esa sacudida de querer cambiar a México en un día se habló en los meses previos a la toma de posesión, el 1 de diciembre.

Se decía que todavía no estaba en funciones y Andrés Manuel parecía, ya, un Jefe del Ejecutivo con tres años en el cargo por su prisa de hacer a un lado al gobierno anterior aun cuando apenas se cumplía el periodo de transición.

La verdad, el ritmo del Presidente López Obrador se ha visto frenético. Él mismo lo ha dicho; su jornada de trabajo, “porque no habrá reelección”, es de 16 horas diarias. Cierto o no, trabajadas o no, sus palabras cumplen la connotación que él quiere darles, de que los cambios deben acelerarse y que no hay tiempo que perder.

Y quizá ahí, en el ímpetu de que comiencen a verse los cambios, está el alocado atropello en el que se han desenvuelto algunas propuestas o decisiones, enmarcadas en errores, pifias, olvidos, omisiones y hasta algunas “aclaraciones”, llegando a agresiones o regaños.

La verbena está al ritmo de los resultados del 1 de julio pasado. No era para más; el propio López Obrador auguró una cómoda victoria, pero, al parecer, hasta él mismo quedó rebasado con las cifras finales de la elección. Vaya, ganar la Presidencia de la República, la mayoría en el Senado y la Cámara de Diputados, la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México (con Claudia Sheinbaum), algunos congresos locales y algunas gubernaturas, no sólo es arrollador, sino histórico.

Y el tamaño de la victoria impone el tamaño del compromiso. Aunque también sugiere la posesión de un riesgoso suprapoder que implica mandato sin oposición, es decir, instancias, partidos y sectores sumisos: Yo gané todo; no me puedes contradecir.

Por ello, la marabunta esta de atar todos los cabos de un jalón. De querer hacer y deshacer.

Va a concluir el primer mes de un gobierno, como dijimos, inédito, pero con un montón de golosinas y sorpresas luego de romper la piñata.

Y no es advertencia, sino sugerencia, porque el propio júbilo lo dicta: “¡Dale, dale, dale, no pierdas el tino, porque si lo pierdes, pierdes el camino!”.

Porque si esto va en serio, el reto es ese, no perder el camino. Vital el tino.

 

ACORAZAR AL JEFE

Compartir el ponche y levantar la copa puede ser lo más grato, mientras al otro día no haya cruda.

Que la posada no pare, pero tampoco la prudencia, para que el inicio de año no sea tambaleante. Diciembre fue el comienzo y trazó el mapa, pero el ritmo debe moderarse para que el ruido del arranque, como lo vimos, no se haga costumbre, sobre todo porque, en seis años, muchas cosas pueden pasar.

Quizá mientras se calienta el brazo o se espera turno al bat, el equipo del Presidente debe guardar la cordura, pero, ante todo, el compromiso de resguardar al Jefe, cuidarlo (y no en el sentido de seguridad personal), acorazarlo.

López Obrador no puede ser el enmendador de las pifias o aceleres de sus colaboradores. Si una lección debe tomar en cuenta el Presidente es el resultado adverso que debió cargar Enrique Peña Nieto ante los desfiguros de varios de sus colaboradores que, al final de cuentas, redundaron en la pérdida del rumbo del partido.

No puede ni debe, por ejemplo, lavar la “inmundez” de un Paco Ignacio Taibo II o frenar el aceleramiento de Irma Eréndira Sandoval; o apechugar la descarada soberbia de Yeidckol; o corregir los “errores” u “omisiones” del equipo de Carlos Urzúa en Hacienda; o hacerla de réferi ante los ímpetus de poder anticipado de legisladores de Morena.

Porque, además, con cuidar sus propios desplantes y afirmaciones tiene, y esos, sin exagerar, no son pocos.

El parteaguas será el término del 2018 y el arranque del 19. Lo más deseable es que la posada sea augurio de una larga cosecha de éxitos no sólo para Morena, sino para los mexicanos.

Por lo regular, los eneros son o una prueba de fuego para los Presidentes entrantes o una señal, buena o mala, de lo que está por venir.

El último verso del tradicional canto de pegarle a la piñata dice: “¡Dale, dale, dale…  y no le dio, quítenle la venda, porque sigo yo!”.

La primera semana del 2019 será buen tiempo para medirle la temperatura al agua. Ya con la Rosca de Reyes sobre la mesa veremos a quién le toca “muñeco”.

 

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@RobertoCZga

 

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