La lealtad de Osorio a Peña Nieto

Cualquiera sabe que de haber sido otro habría aprovechado el poder de su posición en el gabinete para forzar su postulación como candidato presidencial

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En definitiva, la felicitación a IMPACTO, El Diario por sus 13 años de vida no fue el último documento que firmó Miguel Osorio Chong antes de estampar su rúbrica en el documento que marcó su salida de la Secretaría de Gobernación, pero sí lo hizo después de reunirse con su equipo para despedirse. “Los admiro y respeto”, les dijo.

Sobre el Diario de esta casa escribió que se ha convertido  en “referente de la política nacional”. Fue un hasta luego generoso que agradecemos cumplidamente, con la esperanza de hacerlo con un cruzado estilo hidalguense (sólo uno, que conste) en cuanto descanse un poco y vuelva a la carga, ahora como candidato del PRI a senador de la República, lo que, sin duda, le brindará otra oportunidad en sus aspiraciones.

La publicación de la carta de Miguel coincidió con la afirmación de nuestra parte, sin titubeos ni juegos de tiempos verbales para cubrir una posible equivocación que habría sido monumental y lamentable en plena conmemoración del aniversario del nacimiento de IMPACTO El Diario, de que el miércoles 10 de enero entregaría su oficina a su compañero de gabinete, Alfonso Navarrete.

Cuando seleccionamos el 10 de enero de 2004 para publicar la primera edición del Diario fue para hacer coincidir su nacimiento con la efeméride del arranque de la campaña de Luis Donaldo Colosio en 1994. Para nosotros, la fecha es emblemática. Ahora lo es también para Osorio. Desde 2004 también lo es para su sucesor, que aquel 10 de enero del 94 llegó, por primera ocasión, a Gobernación con Jorge Carpizo.

En septiembre de 2012, pocos días después de que Enrique Peña Nieto fue declarado Presidente Electo por el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, se me dijo que con él sería con quien más trato tendría en el nuevo gobierno. De inmediato nos comunicamos y acordamos vernos pronto. No ocurrió así porque el diseño de la Secretaría de Gobernación, absorbiendo a lo que fue la Secretaría de Seguridad Pública, le ocupaba más de las 24 horas que tiene el día. Siempre me pregunté a qué hora dormía.

Hubo ocasiones en que contestaba los mensajes vía BlackBerry a las cuatro de la madrugada; lo impresionante era que unas horas después estaba en alguna capital estatal encabezando reuniones de seguridad.

Sólo por curiosidad reporteril, a la madrugada siguiente le enviaba algún mensaje y ¡lo contestaba!

Por desgracia pasaron de moda los BlackBerry y perdí contacto con él; nunca tuve su número telefónico.

En realidad nos vimos muy poco en sus cinco años como secretario de Gobernación y platiqué dos o tres veces con su hombre de mayor confianza, Jorge Márquez, pero la ausencia de ambos fue suplida con eficacia y lealtad por dos viejos amigos míos, el subsecretario Andrés Chao y mi antiguo compañero de guardia nocturna Roberto Femat (él en la redacción de El Heraldo y yo en la de El Universal).

Creo que desde Manuel Bartlett, Miguel ha sido el secretario de Gobernación más fuerte. Don Fernando Gutiérrez Barrios también, pero le cercenaron los brazos (le quitaron la relación con los medios de comunicación y lo que ahora es Cisen, pero además a Manlio Fabio Beltrones lo enviaron a gobernar Sonora); no obstante, le bastó con su prestigio.

A Osorio le tocó bailar con la más fea del sexenio y, por si fuera poco, desde el inicio de la campaña de Peña Nieto vivió enfrentado con Luis Videgaray.

No hubo forma y, quizás, ni siquiera intento de conciliación de los dos hombres más poderosos del gobierno; el enfrentamiento marcó, en buena parte, el derrotero de la administración.

En esas condiciones, Miguel le hizo un gran trabajo a Peña Nieto, que lo reconoció con una inusitada despedida en Los Pinos, a la que asistieron dos terceras partes de los gobernadores, la mitad del gabinete y los funcionarios más relevantes de la dependencia que condujo, con mano firme, por poco más de cinco años.

Hay razón para el calor de la despedida presidencial. Miguel fue el primer personaje de nivel, igual al que entonces tenía el gobernador Peña Nieto, que le habló de buscar la Presidencia. Desde entonces contó con su lealtad, aun cuando intencionadamente se difundían todo tipo de rumores, incluido el supuesto enfriamiento del mandatario porque el titular de Gobernación decidió promoverse en redes sociales para igualar el marcador con Andrés Manuel López Obrador y Ricardo Anaya, que usaban los spots de sus partidos para su promoción.

Habrá tiempo y espacio para hablar de su gestión como titular de la política interior y de la lucha contra el crimen organizado; por ahora sólo  destacar que la lealtad comprometida cuando le habló al gobernador mexiquense de buscar la candidatura presidencial del 2012 no falló ni siquiera cuando, en el 2017, Peña Nieto se inclinó por José Antonio Meade para encabezar la lucha por mantener al PRI en Los Pinos, no obstante ser el priísta mejor ubicado en las encuestas.

Eso se llama lealtad porque cualquiera sabe que de haber sido otro habría aprovechado el poder de su posición en el gabinete para forzar su postulación como candidato presidencial.

 

 

 

 

 

 

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