La honestidad según AMLO

Pasó entre el cieno de Bejarano y Ponce sin manchar sus albas alas, de tal suerte que puede andar por el país presumiendo que él sí puede lanzar piedras a diestra y siniestra, pues no hay cola para pisarle

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Ayer, el Presidente Peña Nieto recuperó un discurso que repetía cuando gobernaba el Estado de México, inspirado, por cierto, por Luis Videgaray: El de la corrupción como cultura arraigada en todos los sectores de la sociedad, de tal suerte que no hay quien se atreva a tirar la primera piedra.

La referencia servirá para lapidar al Presidente, que atraviesa una etapa en la que todo lo que diga será usado en su contra, cuando, en el pasado, el cuarto año de gobierno era en el que el mandatario acumulaba más fuerza.

Así que las palabras de Peña Nieto harán las delicias de los seguidores de Andrés Manuel López Obrador en las redes sociales.

En este contexto, no es por deshonestidad manifiesta la razón por la que podrían parar a  López Obrador.  El líder de Morena no es un franciscano, pero tampoco un dignatario católico al que, a la vista, atraigan los placeres costosos de la vida: Mujeres, más que guapas, carísimas; champañas, calvados, brandis, whiskys, coñacs, automóviles europeos, ropa de diseñador, yates, aviones privados, viandas, manjares, etcétera.

Pero tampoco es quien pueda hacer el primer lanzamiento de piedras, pese a su antiguo slogan de la honestidad valiente.

Un regalo del cielo, nada espontáneo, parecía ser la revelación de The Wall Street Journal sobre los 2 departamentos que el líder de Morena habría “olvidado” incluir en su “3de3”, pero, para este olvido, Andrés Manuel tiene explicación, como lo tiene para todo lo que se le cuestione, incluido el misterio de la financiación de su vida diaria y de su constante peregrinar por el país sin tener lo que la autoridad llama manera honesta de vivir.

La deshonestidad puede habitar en otros, incluidos los más cercanos, como René Bejarano, que desde prisión le enviaba poesías inspiradas en su persona, mientras intentaba explicar a la justicia por qué se echaba a la bolsa los billetes y las ligas de Carlos Ahumada.

Los demás podrán pecar, pero  no López Obrador. Por ejemplo, su entonces secretario de Finanzas en el gobierno del Distrito Federal, Gustavo Ponce, que viajaba a Las Vegas a jugar su dinero (supongo que no el de Ahumada ni el de los contribuyentes), y por esa razón pasó una temporada en Almoloya.

López Obrador pasó entre el cieno de Bejarano y Ponce sin manchar sus albas alas, de tal suerte que puede andar por el país presumiendo que él sí puede lanzar piedras a diestra y siniestra, pues no hay cola para pisarle.

¿Qué es corrupción, según AMLO?

Para ser justos, debo reconocer que no le conozco pecado alguno, razón por la cual no pongo en entredicho su derecho a lapidarnos, pero…

Cuando Manuel Camacho se afanaba en impresionar a Carlos Salinas con su capacidad negociadora, Marcelo Ebrard entraba en comunicación con Andrés Manuel y, por arte de magia, tabasqueños descontentos con lo que fuera se apoderaban de las calles de la Ciudad de México y, claro, de la Plaza de la Constitución.

Convertido en profeta, el entonces regente del DF, Manuel Camacho, se hizo retratar en su oficina dando la espalda a Palacio Nacional, y como fondo la Catedral y el Zócalo repletos de manifestantes. La frase mediática acuñada entonces fue que a eso tendríamos que acostumbrarnos.

La cuestión era que no se trataba de movimientos espontáneos, sino de protestas armadas y pagadas para que Camacho impresionara al Presidente Salinas.

Cuando los contingentes abandonaban la Ciudad de México, en la autopista los esperaba Ebrard con la cajuela de su carro abierta para liquidar los servicios prestados.

Con el paso del tiempo, de nada sirvieron a Camacho maniobras tan geniales; no pudo ser candidato presidencial, pero obtuvo, a cambio, un breve paso por Relaciones Exteriores.

En ese tiempo, al nuevo Regente, Manuel Aguilera, le informaron que López Obrador solicitaba audiencia. No habló mucho, contaba el director de Gobierno, Ricardo Castillo Peralta; sólo quería que le liquidaran lo correspondiente al último acarreo de tabasqueños.

Suficiente como para que no sea AMLO  el primero en tirar piedras.

 

 

 

 

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