La franqueza con los presidentes

Personas como todas los demás, se enojan y se alegran; se entusiasman y de decepcionan; se estimulan y se deprimen; se cansan y se enferman; aciertan y yerran

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Libro ‘El Jefe de la Banda’ son narrativas sobre los presidentes de la actual era constitucional, iniciada en 1917

Se han cumplido 15 meses desde que apareció mi libro “El Jefe de la Banda” y sigue gozando del favor del público lector. Por eso quiero, una vez más, expresar mi pública gratitud.

Este libro son narrativas sobre los presidentes de la actual era constitucional, iniciada en 1917. Desde Carranza hasta Calderón, pero además de narrativa son reflexiones sobre los presidentes como seres humanos. Los presidentes son personas como todas los demás. Se enojan y se alegran; se entusiasman y de decepcionan; se estimulan y se deprimen; se cansan y se enferman; aciertan y yerran. Esa es la parte medular de la temática del libro. La Presidencia es simple y tiene reglas. Los hombres somos complejos e impredecibles.

Es un libro de política y de políticos, pero no es biográfico ni histórico, ni científico. Es, simplemente, un anecdotario. La anécdota política ha estado muy cerca de mí y me ha gustado compartirla. Mucho platico las anécdotas de los políticos. En ocasiones, además, han sido el insumo de mis artículos periodísticos. No todo lo que aquí expongo me resulta inédito ni inaudito. No podría inventar un Lázaro Cárdenas o un Carlos Salinas para cada ocasión o para cada temporada.

Este libro no es un proceso. No soy acusador ni defensor, ni juez. Tampoco pretende ser imparcial porque, como todos, tengo aprecios y repulsiones. Además, soy un político y, por eso, tengo creencias y preferencias. Es un relato de lo que he escuchado o he visto, o, simplemente, me han narrado.

Esa transmisión de narraciones o de vivencias contiene la objetividad de haberlo transportado tal como me lo entregaron mis narradores o mis circunstancias, pero se trata de mi país, y no de otro país cualquiera. Es natural que lo que a él le suceda me sucede a mí.

Muchos lectores han adoptado sus pasajes favoritos. Para muchos, el capítulo del destape de López Mateos. Para otros, la negociación salarial en la Secretaría de Gobernación. Otras prefieren lo relatos de la alternancia del 2000.

Dentro de muchos pasajes podría mencionar aquel en el que me refiero a nuestra obligada franqueza con los presidentes. Allí relato cinco sucesos de mi vida para no ser indiscreto con lo sucedido a otras personas.

En una de ellas me refiero a cierta ocasión en la que un importantísimo mexicano dijo un mensaje de esos tan transcendentes que los oye toda la nación. Al terminar, muy orondo y hasta presumido, me preguntó “¿Qué tal estuve?”. Mi respuesta muy franca y muy seca; fue: “Estuviste de la chingada”. Me creyó, se preocupó y me apartó para que platicáramos a solas. Después de escucharme estuvo de acuerdo conmigo.

Confieso que al principio me invadió un repentino susto al pensar que ya me había llevado el carajo, pero cuando me dio la razón me invadió un verdadero miedo al pensar que ya nos había llevado a todos.

Al salir medio me despedí de los demás y abordé mi auto envuelto en mi mutismo. Mis ayudantes me preguntaron sobre el destino a seguir y sólo contesté las tres palabras que me dictó nuestro primer instinto animal cuando estamos atemorizados: “Vámonos a casa”. Suprimí celulares, guardé silencio y ordené que me pusieran la “Eroica”. Al llegar ni me despedí. Me refugié con los míos y allí me serené. Mis ayudantes deben haberse quedado unos minutos en la cochera susurrando: “¿Qué carajos está pasando?”

Al mediodía siguiente, en mi mesa del Champs Elysees, estuve con dos periodistas muy afamados. Aurora Berdejo se animó con dos tequilas aperitivos y me dijo que lo del día anterior había estado “de la chingada”. Jacobo Zabludovsky la secundó. Se sorprendieron cuando les contesté afirmativamente. Me dijeron que lo compartían conmigo, pero que no lo compartirían con su público. Agradecí su sinceridad y su generosidad. Ya, unos minutos antes, lo mismo me habían opinado don Pancho Galindo Ochoa y Mario Moya Palencia.

También me saludaron algunos lambiscones que aplaudieron lo del día anterior. No me quedaba en claro si eran estúpidos o hipócritas, o cínicos o burlones, o todo junto, pero me di cuenta de que los vi tal como eran y como no los había visto antes.

Después, los periodistas y yo mencionamos que esto tendría un costo político, pero, como en Hiroshima y en el Titanic, el daño fue mayor que el de nuestro cálculo inicial. Bienaventurada conciencia que nos hizo darnos cuenta de algo, y bendita inconsciencia que no nos permitió darnos cuenta de todo. Y es que los seres humanos transitamos entres dos zonas limítrofes. En una tenemos la seguridad que brinda la conciencia y en la otra tenemos la felicidad que brinda la inconsciencia. Por eso, cuando he visto presidentes inconscientes, no sé si criticarlos o envidiarlos.

Sin embargo, lo importante de este relato fue lo que la vida me regaló en unas cuantas horas. En ellas pude percibir y comprobar la templanza de mi importante amigo, la discreción de mis sufridos ayudantes, la solidaridad de mis amorosos familiares y la lealtad de mis amigos periodistas.

Creo que eso fue todo un regalo. Lo podría haber festejado con champaña, y no con un tequila. Hasta podría haber vuelto a escuchar la “Eroica”.

Así es la política. Ella nos deja ver la alteza que no se exige y la bajeza que no se perdona. Las fortalezas y las debilidades. Las franquezas y las falsedades.

Eso es el lado humano de la política que nos permite ver este libro sobre “El Jefe de la Banda”.

Abogado y político.

[email protected]

twitter: @jeromeroapis

 

 

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