La disputa por la banda presidencial

Ahora, como cada seis años, muchos mexicanos la están disputando y anhelan portarla sobre su pecho Es un símbolo de poder que equivale a la corona de las monarquías

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El año pasado se editó mi libro “El Jefe de la Banda”. El título se refiere a la banda presidencial y el tema esencial es el ejercicio de esa suprema magistratura.

Ahora, como cada seis años, muchos mexicanos la están disputando y anhelan portarla sobre su pecho.

La banda presidencial es un símbolo político. Está destinada a ser utilizada, de manera exclusiva, por el Presidente de la República.

Es la representación del Poder Ejecutivo Federal y, también, de alguna manera simboliza al Estado Mexicano.

Su uso está regulado por la ley y no queda al gusto caprichoso de su dueño. Allí se señala su diseño y las ocasiones para portarla.

Sin embargo, más allá de eso, es un símbolo de poder que equivale a la corona de las monarquías, la cual no es un pedazo de metal. La corona no es una diadema ni una tiara así como la banda no es una estola ni una ‘pashmina’.

La banda presidencial en un emblema que ilusiona, que entusiasma y que ensueña a muchos. Que interesa, que atrae o que asusta a otros. Que a muchos nos ha provocado curiosidad mientras que a otros los ha movido a burla.

Pero, también, ha estado en nuestro argot político como cuando se dice que, a algún presidente respetado, el águila le luce con mucho esplendor.

Que la usa como tesoro, como galardón o como venera. O, por el contrario cuando, del presidente repulsado, se dice que trae la banda muy sucia. Que la usa como babero, como pañuelo o como trapeador.

En muchas repúblicas se utiliza la banda presidencial, aunque no en todas. En los Estados Unidos, por ejemplo, nunca he visto su uso. Sin embargo, su presidente no carece de un símbolo. En su bandera presidencial, en su automóvil, en su avión, en su tribuna, en su escritorio y, se dice, que hasta en su alcoba se ostenta una rodela con el escudo nacional al centro y orlado con la leyenda “Seal of the President of the United States”.

Los emblemas son la representación de una realidad. Hay una banda que simboliza al jefe del Estado. Luego, entonces, hay un Estado y, segundo, tiene un jefe. Es parte de una indumentaria, no de un disfraz.

Tampoco es un adorno. El individuo que la porta no la necesita ni para identificarse ni para gobernar. Más que eso, es su reconocimiento personal de que gobierna en nombre de un pueblo y de que se encuentra sometido a éste.

En ese sentido, no es una alhaja sino, más bien, es un fierro. Denota una pertenencia. Pero no que la nación le pertenece a él sino que él le pertenece a la nación.

La banda, en materia de Estado, equivale al crucifijo en materia de religión. El presidente leal no piensa que la República es suya sino que él es de su República, así como el creyente fiel no siente que el Cristo es suyo sino que él es de su Cristo.

Porque es el sentido republicano el que sostiene la creencia en estos símbolos de los gobernantes, al mismo tiempo que en la paridad entre ellos y los gobernados.

Cuando aquellos granjeros iluminados que hoy conocemos como los “padres fundadores” establecieron los Estados Unidos de América lograron, simultáneamente, la invención de muchos logros políticos todavía no superados.

Fundaron una república, invento nuevo en la modernidad, Pero, además, la hicieron constitucional.

Por si fuera poco, decidieron que fuera democrática. No suficiente, que fuera liberal. Para acabar, que fuera federal. Pero, además, todo junto y al mismo tiempo.

Es lógico que muchas cosas no se sabían o no se entendían a cabalidad. Por eso, cierto día, ya fundada la nación y electo su primer mandatario, se encontraban reunidos en la casa de James Madison, en Nueva York.

Cuando llegó Washington, le explicaron que estaban platicando sobre el tratamiento que deberían darle, dado su nuevo e insólito cargo. Unos sugerían que “majestad”, como a los reyes. Otros, que había que ser moderados y dejarlo en “alteza”. Algunos, que había que darle un sentido más republicano y tan sólo establecerlo en “señoría”.

Por último. Alexander Hamilton preguntó al general libertador y nuevo gobernante sobre el tratamiento que preferiría.

A esto, Washington contestó: “No me llamen como lo que creen que soy ni como lo que quieren que crea que soy. Llámenme, únicamente, como lo que realmente soy y tan sólo díganme ‘Señor Presidente’”.

Desde entonces, en todas las repúblicas, esas dos palabras unidas designan al más alto gobernante del país.

 

CARGOS****

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