La deuda de AMLO con Muñoz Ledo

Por convicción democrática, por pragmatismo o por lealtad a su jefe del momento, ofreció una lección a todos

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Atesoro una fotografía que muestra al reportero de guardia nocturna de El Universal con Porfirio Muñoz Ledo; fue en ocasión de la amenaza de huelga de operadoras de Teléfonos de México. El entonces secretario del Trabajo era uno de los prospectos políticos del priísmo con mayor futuro, sin embargo, no llegó a ser lo que parecía que, irremediablemente, estaba en su camino, Presidente de México.
Se veía grande, y lo era, quizás no tanto como él se veía a mismo, pero lo era.
Recuerdo a Enrique Álvarez del Castillo mostrándome un escrito de Porfirio describiendo a su maestro Mario de la Cueva hurgando en el baúl de sus recuerdos para solazarse con los recortes periodísticos que mostraban a su discípulo creciendo en política. Consciente de su valía, lo consumía la amargura porque el cenit lo alcanzó Miguel de la Madrid, a quien, desde la UNAM, consideraba un mediocre.
En contraste, Porfirio fue personaje de muchos episodios penosos, como aquel en que un jovenzuelo llamado Romell le asestó un puñetazo en una fiesta, y de episodios que lo han marcado, como la disputa, pistola en mano, de un cajón de estacionamiento en Nueva York cuando nos representaba en la ONU, o pronunciando discursos para justificar al Gustavo Díaz Ordaz de 1968, pero también lo fue de momentos memorables, como el empujón que le dio a Cuauhtémoc Cárdenas para que el PRI entendiera que iniciaba el camino a la barranca en que se encuentra hoy.
La Cuarta Transformación no tendría sentido sin el lavado de cerebro que le pegó al hijo del “Tata”.
Si en aquella época no fue Presidente se debe, únicamente, a que Cuauhtémoc consideró, como lo haría después Andrés Manuel López Obrador, que nadie, sólo él, podría ser candidato. Lo fue hasta en 3 ocasiones.
La historia de Muñoz Ledo sólo es diferente a la de los exitosos políticos mexicanos por su inigualable cociente intelectual y por algunos de los episodios memorables que ha protagonizado, como el de ayer, en el que, empujado por la realidad o en un momento de lucidez o lealtad al proyecto que lo regresó a los primeros planos, decidió no ser obstáculo para Andrés Manuel López Obrador.
Sólo por estas razones se entiende que declinara seguir siendo presidente de la mesa directiva de la Cámara de Diputados y no crear una crisis constitucional que habría sido lesiva para la Cuarta Transformación.
Acuñador de frases, Porfirio dejó para la posteridad una que puede convertirse en anatema por su crudeza y actualidad: “Se puede pasar a la historia sin tener el poder”.
La frase debió ser escuchada en Palacio como admonición.
Ignoro qué tenga deparado el Presidente para Porfirio, pero no estaría por demás que se detuviera un par de minutos a meditar lo que ocurrió y escuchó este martes.
La 4T y él están en deuda con Muñoz Ledo.
Después de décadas de observarlo de cerca, y a distancia, no dudo en afirmar que, sin contar sus momentos penosos, pero también el histórico, en que hizo entender a Cuauhtémoc que era el momento de abandonar el PRI e iniciar la construcción un partido de izquierda, el mejor Muñoz Ledo que he visto fue el de este martes, en el que, por convicción democrática, por pragmatismo o por lealtad a su jefe del momento, ofreció una lección a todos.
Dejando al margen cualquier interpretación, Andrés Manuel le debe, sin duda, que no estemos viviendo una crisis constitucional de pronóstico reservado.

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