La criatura de Alfonso Durazo

Tiene la misión histórica de velar porque no se convierta, a la postre, en un riesgo para nuestra democracia, consolidada con mucho esfuerzo

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Hace muchos años desayunaba, en la Secretaría de la Defensa Nacional, con mi general, leyeron bien, mi general secretario Antonio Riviello Bazán. Me gustaba provocarlo porque era hombre claridoso. No era político, pero sí militar de muchas palabras.


Quizás el doctor José Narro recuerde cuando acompañó a Ignacio Madrazo a comunicar al general secretario que el Presidente Carlos Salinas había autorizado a efectivos del Ejército Zapatista inspeccionar puntos de mando del Ejército Mexicano.

“Comunique a quien lo envió que acepte mi renuncia”, fue la respuesta, lacónica, de Riviello.

Una más: Don Antonio no entendía por qué la Marina le negó, aduciendo descomposturas y falta de refacciones, el uso de helicópteros en aquella guerra. Lo reclamó con todas sus palabras.

Y, por si faltara, nunca perdonó ser citado a Los Pinos a lo que creyó una trampa. En la escalera que conducía a la oficina presidencial encontró al negociador de la paz en Chiapas, Manuel Camacho, con quien había entrado en confrontación por sus posiciones encontradas. Un fotógrafo que casualmente estaba ahí hizo su trabajo y, ese mismo día, la instantánea circuló profusamente, para mostrar una relación amistosa que no existía.

No obstante, años más tarde, después del último desayuno de Unidad Revolucionaria que encabezó Ernesto Zedillo, se fue a comer a IMPACTO. Ya estaba en retiro, pero ahí me dijo que, gracias a Camacho, el ya ex Presidente Salinas y él mismo no serían acusados de genocidio. Como secretario de la Defensa tuvo todo para acabar con el movimiento de Marcos, pero Manuel logró que no ocurriera. Estaba agradecido.

Ignoro por qué me permitía hacerle preguntas de todo tipo y por qué no tenía reparo en contestarme. En alguna ocasión le pregunté si el Ejército Mexicano aceptaría que un civil tuviese mando sobre las Fuerzas Armadas.

Me contestó con un recuerdo. En reciente viaje a Washington había visto al secretario de Defensa de George Bush, Dick Cheney, cargar el maletín del presidente del Estado Mayor Conjunto, Colin Powell. Río porque tal vez se trataba de una broma, pero con ella ejemplificaba lo que las fuerzas armadas mexicanas piensan de tener al frente un mando civil.

Es lo que ocurrirá cuando tengamos la Guardia Nacional, que, conforme a los planes, durante los primeros cinco años de su existencia tendrá un mando militar sólo abajo en jerarquía del Presidente. Por razones operativas, seguramente Andrés Manuel López Obrador delegará esta función en el secretario de Seguridad Pública, Alfonso Durazo. Es decir, el sonorense será el verdadero jefe de la Guardia.

Hace muchos años que conozco a Alfonso, no tantos como Heriberto Galindo, que fue su jefe en el CREA, pero sé de su convicción civilista y también que, como conocedor profundo de la historia de la Revolución mexicana, en especial la de sus paisanos, los jefes militares, Obregón, Calles y De la Huerta, lo último que quiere para nuestro país es el regreso al pasado.

Es decir, al gorilato, como le llama mi viejo compañero de guardias periodísticas nocturnas, Raúl Rodríguez.

Para no andar con simulaciones ni lamentaciones futuras hablemos a calzón quitado: Golpe de Estado.

Después de los asesinatos de Francisco I. Madero y de Venustiano Carranza no hemos estado en riesgo de repetir la historia. Quizás el último que se levantó en armas fue don Adolfo de la Huerta, que, sin ser militar, fue jefe supremo del Ejército Liberal Constitucionalista, pero su movimiento sólo trajo el contrasentido de causar la muerte a lo más granado de los mandos militares de la Revolución.

Con el tiempo hubo militares que buscaron la Presidencia, Lázaro Cárdenas, Miguel Henríquez Guzmán y Juan Andrew Almazán, pero lo hicieron por la vía de los votos. Sólo “El Tata” la consiguió y marcó el rumbo del país heredando la Presidencia a otro militar, Manuel Ávila Camacho.

El preámbulo fue obligado porque existen temores de que la Guardia Nacional, con al menos 150 mil elementos, se convierte en una fuerza militar que pudiera definir el futuro de un país que en el siglo pasado optó por el civilismo.

Durazo sufrió al Estado Mayor Presidencial con nuestro amigo, el candidato Luis Donaldo Colosio, y lo sufrió aún más, durante su estancia en Los Pinos, como secretario particular de Vicente Fox. Es probable que la transmisión, a Andrés Manuel López Obrador, de su fobia a este cuerpo elitista del Ejército se tradujera en lo que ya sabemos, su disolución como ente separado de las Fuerzas Armadas. Aunque también es probable que su desaparición tenga que ver, como con la de los Granaderos de la Ciudad de México, por su participación en los trágicos sucesos de 1968.

Como sea, Alfonso tiene la misión histórica de velar porque esta criatura de nueva creación, tan parecida a la del monstruo de Mary Shelley, no se convierta, a la postre, en un riesgo para nuestra democracia, consolidada con mucho esfuerzo.

 

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