La comparecencia del procurador capitalino

Sacrificar a la justicia en los planes dinerarios es el más claro discurso de que interés por ella no es marcado

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La procuraduría de la Ciudad de México ha vuelto a tener muy buenos resultados en muchas de sus áreas y, muy particularmente, en lo que concierne a los delitos de alto impacto cometidos, donde han podido reducir la incidencia delictiva al 15%, lo cual lleva a un portento histórico. Esto es un mérito logrado por el procurador Rodolfo Ríos Garza y su equipo.

En su reciente comparecencia habló de ello y de otros temas esenciales. Mencionó el de los recursos. La procuración de justicia cuesta y es cara para los presupuestos públicos. Sacrificarla en los planes dinerarios es el más claro discurso de que a ese gobierno no le interesa la justicia. Por eso, en buena hora que el gobierno de la Ciudad de México ha dejado constancia de su interés por este ramo.

También se habló de la política de cero-tolerancia. Hay gobiernos y sociedades que son tolerantes frente al delito y hay otros que no lo son.  Estos programas son tendientes a moverlos de una posición hacia la otra.  Desde hace años se nos ha explicado con un solo ejemplo: El del graffiti.

La conducta de los grafiteros consiste en que con pintura manchan las fachadas y las bardas ajenas sin autorización de sus dueños, destruyendo su original pintura decorativa. Esto, en México, y en muchos países, no es un delito menor. Se llama daño en propiedad ajena y nuestras leyes lo castigan con varios años de cárcel.

El célebre penalista Francesco Carrara decía que se trataba de un delito bárbaro. Que era fácil entender los motivos por los que alguien se robara las cosas, pero no era fácil entender los motivos por los que las destruyeran. Si lo comparáramos con otro tipo de daños callejeros veríamos que reparar la fachada grafiteada de una casa de clase media cuesta tanto como tres parabrisas que nos hubieran destruido.

Sin embargo, frente a este asunto, en ciertas épocas, la autoridad no hacía nada. Cuando nos destruyen la fachada con graffiti ni siquiera presentamos denuncia. Si lo hiciéramos, la autoridad no nos tomaría en cuenta. Más aún, me atrevo a creer que no existe, en nuestro país, una sola autoridad federal, local o municipal, que, cuando ve una fachada grafiteada tome, siquiera, la mínima medida de preguntar al dueño si sabe quién lo hizo o si lo pueden auxiliar en algo.

Con ello se mandan varios mensajes muy claros para los delincuentes. Que pueden seguir haciéndolo. Que hay una autorización no escrita para hacerlo. Y que a nadie le interesa que prosiga. El mensaje siempre es recibido, sin duda ni equivocación, por los delincuentes. Inmediatamente  registran que lo mismo puede hacerse con otras fechorías. El robo de autos. El asalto a transeúntes. La violación. El secuestro, en todas sus modalidades. La piratería. El tráfico de armas. El narcotráfico.  En el fondo de la realidad todo está permitido. Eso se llama tolerancia plena, y eso es lo que quiere combatir Ríos Garza.

La tolerancia cero implica lo contrario. Consiste en no tolerar nada, por inocuo que parezca. En un sistema de tolerancia cero, el grafitero iría a la cárcel tres años la primera vez, seis la segunda y nueve o 10 años por cada una de las subsecuentes. De ahí pa’l real, con el resto de los delitos.

El procurador Rodolfo Ríos Garza tuvo una comparecencia más que brillante ente la Asamblea Legislativa. Obtuvo el beneplácito hasta de las bancadas opositoras, que son muchas. Esa es la mejor calificación política y técnica a la que puede aspirar un gobernante. Tiene credenciales para ello.

Los procuradores de justicia requieren ser leales, ser conocedores y ser valientes. Ello no deja lugar a dudas. La dirección de la procuración requiere de lealtad en más de un sentido. Lealtad a la nación, a la ley, a los principios y a las jerarquías. No sobra decir que, en muchas ocasiones, estas lealtades y otras entran en conflicto y obligan a un claro esfuerzo de inteligencia y de conciencia para salvarlas a todas no en la forma y en la apariencia, sino en el fondo y en la realidad.

El conocimiento del sistema de poderes es también esencial, puesto que la política y sus intereses suelen acometer y en ocasiones intentan atropellar a la justicia y sus ideales, pero además porque la justicia vive, frecuentemente, en los espacios en que lo hace la política y deben hacerse convivir de manera tal que ésta, muchas veces impetuosa, estridente y brusca, opaca y oculta a aquella, muchas veces tímida, callada y tersa.

De la valentía, ni qué decir. Se requiere para no someterse o rendirse a los apetitos de los jefes, ni a las presiones de la opinión, ni a las acometidas de las partes, ni a las amenazas de los violentos, ni a las súplicas de los plañideros, ni a las seducciones del halago ni a las tentaciones de la ambición.

Por último, el jefe de la procuración no puede ser un profesional menor, sencillamente, porque, a pesar de su jerarquía, no deja de trabajar como abogado para ser, simplemente, directivo. Por el contrario, sobre todo en los casos más importantes, trabaja con el expediente, analiza estrategias procesales, verifica estructuras sustantivas y toma las más altas decisiones con un sólido basamento de juridicidad.

Alguna vez un gobernante que habría de designar a un procurador me preguntó cuáles consideraba los requerimientos ineludibles. Sin pensarlo mucho le contesté que se requieren, tan sólo, siete atributos. Ser conocedor, para que no lo engañen. Ser inteligente, para que no lo confundan. Ser honesto, para que no lo compren. Ser leal, para que no lo seduzcan. Ser justo, para que no lo conmuevan. Ser respetado, para que no lo ataquen. Y ser valiente, para que no lo asusten.

 

Abogado y político

[email protected]

twitter: @jeromeroapis

 

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