La carcajada de Peña Nieto

A estas alturas, López Obrador ya debe advertir el abismo existente entre prometer en campaña y cumplir como gobierno

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No hace mucho tuve oportunidad, pero no le pregunté a Enrique Peña Nieto por qué el 20 de agosto de 2018 fue incapaz de alzar la voz para defender la más importante de sus transformaciones constitucionales, precisamente cuando Andrés Manuel López Obrador anunció frente a él, en Palacio Nacional, que su gobierno propondría al Congreso la cancelación de la Reforma Educativa.
Ignoro por qué razones Enrique decidió acompañar a su sucesor en el anuncio de la aniquilación de todo lo hecho en su sexenio, pero, como en la toma de posesión, debió morderse los labios para no contestar lo que a todas luces fue rudeza innecesaria de su sucesor, decidido a mostrar, de una vez por todas, la existencia de un nuevo poder en el país.
Recordemos: Antes de Andrés Manuel decretar en la conferencia de prensa la muerte de la transformación más preciada de Peña Nieto, éste se concretó a decir que su gobierno fue “promotor e impulsor de una reforma educativa de fondo, de cambio”, y que la seguiría “instrumentando en términos de lo que marca la Constitución y las leyes reglamentarias” en los 102 días que le restaban de Presidente.
La respuesta pareció repetición rutinaria de una tarjeta aprendida de memoria mientras los seguidores del evento esperábamos una respuesta a la altura de la osadía del sucesor.
En papel de perdonavidas, Andrés Manuel se dio el lujo de decir que mientras daba cristiana sepultura a la Reforma Educativa acataría lo establecido en la ley y respetaría el mandato constitucional de Peña Nieto, como si no fuera su mínima obligación.
Fue un terrible momento no para el entonces Presidente, sino para el resto del país porque, pese a lo que piensen y digan López Obrador, su secretario de Educación Pública, Esteban Moctezuma, y la CNTE, la mayoría de los mexicanos deseamos que los profesores sean evaluados, como ellos hacen con nuestros hijos, e ingresen, permanezcan y crezcan en el sistema educativa como los niños y jóvenes mexicanos desde el kínder, es decir, estudiando, actualizándose, sometiéndose a exámenes periódicos y en caso de reprobar lucir sus orejas de burro.
Pues bien, pese a las reiteradas promesas de hacer polvo la Reforma Educativa, al gobierno y a Morena se les está haciendo bolas el engrudo, a grado de que el boquiflojo coordinador de la diputación morenista, Mario Delgado (el mismo que, para llamar la atención del Presidente, prometió no dejar ni una coma de la Reforma de Peña Nieto), ahora habla de un periodo extraordinario de sesiones para votarla, en el pleno de la Cámara Baja, en los términos exigidos por la CNTE y prometidos por López Obrador.
Lo hilarante es que, para Andrés Manuel, Delgado y Morena, ahora, el problema no son los diputados de oposición, sino la CNTE. Su dirigencia quiere que le cumplan lo prometido, que se traduce, en español, en dinero, plazas y la rectoría de la educación. Mientras no ocurra seguirá entorpeciendo el trabajo legislativo.
Al final de la jornada, el Presidente y Morena corren el riesgo de no quedar bien ni con Dios ni con el diablo porque a alguien fallarán, cual sean los términos en que se apruebe la minuta.
Quizás por eso el silencio ominoso de Peña Nieto aquel 20 de agosto. Es probable que supiera el problema en que se estaba metiendo su sucesor y se mordiera los labios para no estallar en carcajadas porque sabía que su sucesor caminara feliz a una trampa construida por él mismo.
A estas alturas, López Obrador ya debe advertir el abismo existente entre prometer en campaña y cumplir como gobierno.
Ahora bien, siempre puede echar mano de los malabaristas en redacción legislativa, de tal suerte que la contrarreforma educativa de la Cuarta Transformación sea una especie de gata, pero revolcada, es decir, una gran simulación: La misma que la de Peña Nieto, pero aprobada en términos que impida descubrir la trampa a los líderes analfabetas de la CNTE.

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