La caída de los ídolos de izquierda en América Latina

Descrédito y repudio popular, lastres

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La dicotomía entre izquierda y derecha viene desde la Asamblea, durante la Revolución Francesa, por la posición que los diputados más radicales adoptaron dentro del salón de sesiones. Al principio, los girondinos y, después, los jacobinos (republicanos intransigentes) decidieron sentarse a la izquierda del salón para identificarse como partidarios de la democracia, de la filosofía política de la libertad y del progreso intelectual. La izquierda, pues, identificada como sinónimo de avance y evolución dentro de la sociología política.
Con esas ideas radicales de renovación sustentadas en la izquierda comenzaron diversos gobiernos en América Latina después de décadas de dictaduras militares. Lo malo fue que la izquierda sólo fue el membrete demagógico para llegar al poder y terminar, finalmente, tan corrupta como la derecha, a la que tanto criticó.
Seguramente el ejemplo más emblemático es el de Luiz Inacio Lula da Silva. Llegó a la presidencia de Brasil después de su tercer intento, cobijado por el Partido de los Trabajadores. Terminó condenado a 12 años de prisión por sobornos recibidos de la empresa Odebrecht, calculados en 2 mil 500 millones de dólares, por contratos otorgados a través de la petrolera paraestatal Petrobras.
Después de gobiernos brasileños tan corruptos y populistas de derecha, como el de Fernando Collor de Mello, el vaticinio de la ciudadanía y el electorado era que Lula da Silva sería el mejor, y más honesto, presidente del Brasil. Fue una severa y grave equivocación. La izquierda brasileña en el poder puso al descubierto que es tan corrupta como la derecha al adoptar un proyecto ideológico ajustado al modelo capitalista, en el que los intereses superan a las convicciones, por el contubernio entre políticos y empresarios para el enriquecimiento, sobre la pobreza y las necesidades de la población.
Igual que otros populistas demagogos, y bajo la falsa bandera de la honestidad, Lula da Silva basó su popularidad en su formación de izquierda, sus antecedentes de obrero metalúrgico y su tenacidad para ganar la presidencia en el tercer intento. Hoy queda al descubierto que Lula no es honesto, y mucho menos de izquierda, como se planteó en los inicios de la Revolución Francesa del siglo XVIII, cuando los girondinos y los jacobinos pugnaban por la democracia desde el parlamento.
El gobierno brasileño de izquierda continuó en su precipitada debacle. La sucesora, Dilma Rousseff, aquella simpática candidata por su pasado guerrillero en contra de la dictadura militar, terminó destituida, en juicio político, por maquillar las cifras de la Cuenta Pública Nacional y proteger a su mentor, Lula, de las corruptelas de daño patrimonial y blanqueo de dinero desde la transnacional Obredecht.
Finalmente, el Estado brasileño terminó con el proyecto ideológico de “izquierda” Lula–Rousseff al encarcelar al primero, destituir a la segunda y la llegada del ultraderechista Jair Bolsonaro. La ex guerrillera que peleó en contra de las dictaduras militares y se opuso, abiertamente, a los malos gobiernos abandonó su sentido político de izquierda para convertirse en una recluta más del capitalismo depredador. Así lo atestiguan 2 mil 500 millones de dólares, más la riqueza escondida en el anonimato.
En Nicaragua, Daniel Ortega ya decidió quedarse para siempre en el poder, y para asegurar su permanencia, por aquello de que la muerte lo alcance, decidió nombrar a su esposa, Rosa Murillo, vicepresidenta de la República. Lamentable final de un revolucionario distinguido porque Ortega, al lado del “Comandante Cero”, Edén Pastora, fue una figura relevante del sandinismo que en 1979 terminó con 35 años de dictadura de los Anastasio Somoza. Hoy, Daniel Ortega utiliza los mismos métodos somocistas y se convierte en el mismo asesino del pueblo nica para mantenerse en el poder.
Las parejas presidenciales en los gobiernos de izquierda también se hundieron en la corrupción. En Perú, el ex presidente Alejandro Toledo y su esposa, Eliane Karp, terminaron prófugos de la justicia y sujetos a proceso penal por lavado de dinero al no poder comprobar la diferencia notable entre sus ingresos y gastos.
Ollanta Humala, símbolo de la izquierda peruana, junto con su esposa, Nadine Heredia, fue sentenciado a 18 meses de prisión, acusado de lavado de dinero, asociación ilícita y de recibir 3 millones de dólares de Odebrecht para su campaña presidencial, la misma empresa que señaló al ex director de Pemex Emilio Lozoya Austin de haberle entregado 10 millones de dólares para la campaña presidencial de Peña Nieto. Y a pesar de la abierta y directa acusación el peñanietismo permanece protegido y en la impunidad.
En Bolivia, Evo Morales, indígena y líder cocalero, permitió a su amante, Gabriela Zapata, otorgar contratos directos por 500 millones de dólares a la empresa china Engineering para la construcción de vías férreas, proyectos mineros y azucareros. Convertido en dictador y usurpador de la voluntad popular, bajo la hipócrita estafeta de la izquierda va por su cuarto periodo presidencial, a pesar de haber perdido la consulta para otra postulación.
Venezuela es otro de los gobiernos del fracaso de la “izquierda” en América Latina. Nicolás Maduro ya decidió perpetuarse en el poder como legítimo heredero del dictador Hugo Chávez. Las dos veces que ha accedido a la presidencia lo ha hecho por la vía de la intimidación y el fraude electoral. Así ocurrió en el 2013, cuando Maduro “ganó” al candidato opositor, Henrique Capriles, con el 50.5 por ciento de la votación, contra el 49.1 por ciento, apenas el 1.4 de diferencia y con todo el aparato de Estado a su disposición.
Fue esa la primera usurpación del espurio Nicolás Maduro, cuando a Capriles le fue negada la auditoría de la votación, en un recuento de voto por voto, con la abierta complicidad del Consejo Nacional Electoral para favorecer a Nicolás Maduro.
La segunda confiscación de la institución presidencial venezolana se dio apenas el 10 de enero pasado con, nuevamente, el ascenso irregular de Nicolás Maduro para el periodo 2019-2025. No le va a alcanzar el tiempo para aguantar seis años. El pueblo de Venezuela padece hambre, la inflación anual es superior al millón 300 mil por ciento y los ingresos petroleros reducen cada vez el margen de maniobra del dictador Maduro.
Además, tiene en contra a la sociedad internacional. El Parlamento Europeo ha decretado su oposición a tan nefando régimen de usurpación. El Grupo de Lima, conformado por 13 países, entre otros, Argentina, Brasil, Canadá, Colombia, Chile y Paraguay, ha condenado la represión y la segunda presidencia usurpadora de Nicolás Maduro para exigir nuevas elecciones presidenciales.
Como todo dictador, Maduro se mantiene en el poder sólo por la fuerza de las armas y el enriquecimiento, sin límite, de la élite militar, habilitada para el asesinato masivo de manifestantes, críticos y opositores. Sólo que hasta hoy, presa del miedo y la severa condena internacional, no se ha atrevido a encarcelar a su más férreo opositor, el diputado Juan Guaidó, proclamado presidente legítimo de Venezuela, reconocido por la sociedad internacional y el pueblo venezolano.
Es así como los ídolos de izquierda latinoamericanos han caído en el descrédito y el repudio popular. Los experimentos de izquierda demuestran hoy que si de corrupción y malversación del patrimonio nacional se trata, no importa si se es de izquierda o de derecha, partido político al que se pertenece, hombre o mujer, ni grupo étnico. Ampliaremos…

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