La cábala psicológica del Tri-Suecia y ‘la angustia social’ en la elección

¿Puede el resultado de un partido de futbol influir en el ánimo de los votantes? Si México vence hoy a Suecia y se clasifica a octavos, el ánimo de los mexicanos será de complacencia y relajamiento (favorecería a Anaya o a Meade); si pierde, desilusión, coraje (¿”tigre” y “diablo”?) lo acapararía López Obrador. ¿Quién pagará el pato?

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En 1838, no pagar una cuenta de unos ricos postres degustados por subordinados de Antonio López de Santa Anna en un restaurante de Tacubaya, propiedad de ciudadanos franceses, afirman, desató la llamada “Guerra de los Pasteles”.

¿Pero el futbol, un partido mundialista, qué puede provocar? ¿Una guerra? ¿Un trastorno pasajero, controlable?


En 1969, El Salvador y Honduras sostuvieron un conflicto bélico de sólo algunos días, pero con un saldo de miles de muertos, que fue llamada “La Guerra del Futbol”. En realidad el sentimiento deportivo por clasificar al Mundial de México 1970, que se desarrolló en tres partidos, se combinó con roces y acusaciones políticas de Estado a Estado. En la cancha hubo patadas y en suelo de ambas naciones balas y bombardeos.

En ninguno de los dos casos pelear fue decisión de la ciudadanía, sin embargo, sí proyectó sobre ella, digamos, una “pasión nacionalista”.

Casi ninguno de los mundiales de futbol ha coincidido con elecciones presidenciales en México, y menos con una situación de tanta pasión como ahora. Salvo por el también probable empate, el triunfo o la derrota lleva a la motivación o desmotivación. Es el mismo esquema de cuando la depresión baja el rendimiento individual que afecta centros laborales, la educación, la prosperidad. Pero hay un lado colectivo, de masas.

En 1994, cuando disputaron la Presidencia Ernesto Zedillo, Cuauhtémoc Cárdenas y Diego Fernández de Cevallos, la elección presidencial ocurrió el 21 de agosto y el Mundial, realizado en Estados Unidos, entre junio y julio.

En 2006 la disputa presidencial fue entre Felipe Calderón, Andrés Manuel López Obrador y Roberto Madrazo, principalmente, el 2 de julio. Para el 24 de junio la Selección Mexicana estaba eliminada del Mundial efectuado en Alemania.

En esta ocasión, el Tri se juega hoy su pase a octavos de final ante Suecia, después de derrotar consecutivamente a Alemania y Corea del Sur. El partido, con una expectativa quizá mayor a la de la propia elección de Presidente de la República, se da a escasos tres días de que la gente acuda a las urnas.

¿Existe en la conciencia de la gente una correlación “estímulo X”-“política”, en donde “estímulo X” pueda ser cualquier cosa no necesariamente futbol-partido México contra Suecia? Vaya, una repercusión positiva o negativa (revancha, venganza, premio, alegría, felicidad).

Muchos estudiosos del comportamiento humano han concluido que, sobre todo, en cuestión de “masas” o de grupos, ciertos estímulos modifican o transforman las decisiones individuales.

El ejemplo más claro lo mencionamos ayer en el artículo “Músculo de cierres, ¿resultado a tercios?”, en el que hablamos del abandono que sufrió Andrés Manuel López Obrador en el estadio Luis, “Pirata”, Fuente de Veracruz, por aferrarse a encabezar un acto público a la misma hora en el que la Selección Mexicana enfrentaba a Corea del Sur. Su idea de ser idolatrado sobre cualquier cosa lo dejó colgado de la brocha. Para quienes juran ser sus seguidores ese día adoraron al dios balón.

¿Puede hacer estragos en la mente de algunos la posibilidad de que un eventual triunfo en un partido de futbol, del nivel de hoy, insinúe a la gente a pensar que “estamos bien”, o la derrota en que “estamos mal”?

¿Por qué tener que amenazar ahora con que si pierde Andrés Manuel se aparecerá “el diablo” en el país, cuando ya se dijo que lo hará “el tigre”?

Si gusta puede carcajearse, pero de como quede hoy el resultado del partido entre México y Suecia en Rusia, dependerá una parte de la decisión que tomen algunos votantes el próximo domingo durante la jornada electoral.

Quienes abordan la “Psicología de las masas” afirman que “una persona que forma parte de una masa deja de ser independiente y se subordina al grupo al que pertenece”.

Si México vence hoy a Suecia y se clasifica a octavos el ánimo de los mexicanos será de complacencia y relajamiento (favorecería a Anaya o a Meade); si pierde, desilusión, coraje (¿”tigre” y “diablo”?) lo acapararía López Obrador. ¿Quién, entonces, pagará el pato?

“Freud anota el hecho de que la psicología, que investiga los instintos, las disposiciones, los móviles y las intenciones del individuo, se encuentra de pronto con un nuevo problema: Debe explicar el hecho, por demás sorprendente, de que, en determinadas circunstancias, por su incorporación a una multitud humana que ha adquirido el carácter de ‘masa’, ‘ese individuo piensa, siente y actúa de un modo absolutamente inesperado y distinto’”.

Obviamente, Freud habla de reacciones a partir de determinado “hecho” o elemento determinante de conducta.

Para el científico austriaco, “la desaparición de la conciencia moral o del sentimiento de la responsabilidad se comprende fácilmente por cuanto el núcleo de esos fenómenos era lo que él llamaba ‘angustia social”’.

Gustave Le Bon, sociólogo francés, afirmó: “El más singular de los fenómenos presentados por una masa psicológica, es el siguiente: Cualesquiera que sean los individuos que la componen y por diversos o semejantes que puedan ser su género de vida, sus ocupaciones, su carácter o su inteligencia, el simple hecho de hallarse transformados en una multitud le dota de una especie de alma colectiva. Esta alma les hace sentir, pensar y obrar de una manera por completo distinta de como sentiría, pensaría y obraría cada uno de ellos aisladamente”.

Le Bon marcaba sus apreciaciones bajo el término de “sugestibilidad”, de estado “hipnótico”.

Y Freud preguntaba: “¿Quién sería el ‘hipnotizador’ de las masas?”. En este caso, que toma las dimensiones de “fenómeno”, sería el futbol; pero después cede el lugar al festejo o a la rabia; al sentirse complacido, satisfecho, o derrotado y compungido.

“La multitud es impulsiva, cambiante e irritable, y se deja guiar casi exclusivamente por lo inconsciente”, afirma Freud. “Al mismo tiempo es influenciable y crédula. Sus sentimientos son simples y llegan rápidamente a los extremos”.

La masa se deja atraer por el “prestigio”, el “carisma”, “una especie de fascinación que un individuo, una obra o una idea ejercen sobre el espíritu”.

Interesante lo que pregona el sociólogo y filósofo francés Émile Durkheim, quien afirmaba que los grupos sociales presentaban características que iban más allá o eran diferentes a la suma de las características o conductas de los individuos.

“Estudió la base de la estabilidad social, es decir, los valores compartidos por una sociedad, como la moralidad y la religión (¿el extremismo del deporte?*).

“En su opinión, estos valores (que conformaban la conciencia colectiva) son los vínculos de cohesión que mantienen el orden social. La desaparición de estos valores conduce a una pérdida de estabilidad social o anomia (del griego anomia, ‘sin ley’) y a sentimientos de ansiedad e insatisfacción en los individuos”.

El psiquiatra argentino Enrique Pichon Riviére, que dirigió la Escuela de Psiquiatría Dinámica (Psiquiatría Social) ya fue más pesado y cuestionó la actitud human en el extremo de una especie de “locura”, resultado de la interacción “entre el sujeto y los objetos tanto internos como externos”.

Algunos otros esgrimen la “Psicología de las multitudes”.

Pero toda esta explicación sólo tiene la intención de no disociar la pasión de gran parte de la gente por un elemento que quizá sólo funcione como elemento de supervivencia ante algo que como “pasión” (ir a votar) no se le ha fincado en la mente.

El sentirse compensado en o por algo hace superar cuadros que afectan la vida como la inseguridad.

Hoy, los 11 futbolistas mexicanos que disputen el balón a los suecos, ¿de qué serán culpables?

La otra es que empaten. Entonces sí que Dios nos agarre el 1 de julio confesados… y “psiconalizados”.

 

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*El entre paréntesis es nuestro.

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