La bendita guardia nocturna de El Universal

Si bien hay mucho en la memoria, no se trata de traer a la mente recuerdos, sino de felicitar a Juan Francisco Ealy Ortiz por lo que ha hecho de gran escuela de periodismo

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Agitan la memoria los festejos de Juan Francisco Ealy Ortiz porque su periódico, El Universal, venturosamente, mañana será centenario.

Hace 42 años 3 días que empecé, formalmente, a hacer periodismo en El Gran Diario de México; ya entonces Juan Francisco era dueño y director general; mi primera suplencia, ordenada por el jefe de Información, Mario Aguirre, coincidió con mi cumpleaños.

No fue fácil ingresar al periódico. Ni el Sindicato Nacional de Redactores de la Prensa, de Luis Jordá Galeana, ni el amo de la redacción en 1974, Ariel Ramos, creían en los reporteros de provincia. Cuando Leopoldo Cano le explicó que era uno más de los reporteros suplentes en Bucareli 8, sólo comentó: “Pinche provinciano; se va a perder en la ciudad”.

No me perdí, y lo que aprendí en la Escuela Preparatoria Federal Antonio Audirac y el periódico Oriente de Teziutlán, Puebla, me sirvió para competir con lo mejorcito de aquella redacción, que, por cierto, no era mucho: El legendario Eduardo “El Güero” Téllez Vargas, Jorge Avilés Randolph, Juan Jaime Larios, Ángel Gómez Granados, don Raúl Garnier, Daniel Barragán, Jorge Roldán, Fernando Moraga, Nacho Navarro, y paremos de contar.

Con el tiempo, la competencia se puso difícil porque llegaron los “Niños Héroes”, Eduardo Arvizu, Herminio Rebollo y Enrique Aranda; poco después, expulsados de Excélsior, Manuel Mejido, Toño Andrade, Fernando Meraz, Luis Gutiérrez, y que me perdone el resto porque, a esta edad, la memoria es flaca.

Pero de aquella redacción cómo olvidar a Aurora Berdejo y a Miguel Reyes Razo.

A Ariel le encantaba el papel de villano. Una tarde llegué a la redacción a elaborar notas de policía y encontré al Subdirector general echando rayos y centellas porque, para no variar, al periódico se le había escurrido una nota durante el horario de la guardia nocturna. Se trataba de un secuestro en Guerrero que terminó en homicidio.

Nada lo encorajinaba más que perder la información ante el periódico de enfrente, que dirigía Julio Scherer, algo que ocurría a diario.

Esa noche, la guardia caballona, con horario matador de las 9 de la noche a las 3 de la madrugada, quedó acéfala. Amado Escalante tuvo que doblar turno en solitario sin más ayuda que la de Agustín Baena, que acostumbraba ir por las tortas a “La Mundial”, la cantina de enfrente, y no regresaba.

Recuerdo haberme acercado con timidez provinciana al licenciado Miguel Castro Ruiz, subdirector de la edición, a ofrecerme para cubrir la guardia. Nadie la quería, pero a mí me urgía trabajar a diario y, además, estaba el incentivo de los 50 pesos diarios extras para transporte. No tenía hambre de gloria; sólo quería trabajar, incluso el día de descanso, para dar de comer a la familia.

De entrada, don Miguel me rechazó, pero, 2 días después, el jefe de Información me dio la buena nueva: La guardia era mía. La mala noticia era que Ariel me llamó a su oficina y me advirtió que me estaría vigilando porque Castro Ruiz jamás le había pedido nada y ahora que le había solicitado la guardia para el provinciano lo quería chingar.

Se quedó con las ganas. A partir de entonces inicié una carrera que me llevó a la Dirección de IMPACTO, Revista, Diario y TV, y de Ovaciones, el diario deportivo, y su edición vespertina, La Segunda.

De la guardia salí de urgencia, una madrugada, a cubrir la gira del candidato presidencial José López Portillo por Morelos, el Estado de México, Michoacán y Guerrero. A uno de los enviados del diario se le pasaron las copas y Rodolfo “El Güerito” Landeros tuvo que pedir un reemplazo. Yo era el único que estaba en la redacción, y de ahí salí a encontrarme con mi destino, el de columnista político. En esa gira conocí a Manuel Mejido, del que fui amanuense una buena temporada, como, a su vez, él lo había sido de Carlos Denegri.

Al gran Manuel suelo encontrarlo caminando, con su esposa Estela, en el Bosque de Tlalpan; es un reportero excepcional. Generoso, Manuel pidió al gran amigo de Juan Francisco, Miguel Lerma, interceder ante el Director General para conseguir una columna política para mí en El Universal Gráfico. Gracias a Mike tuve doble trabajo: Aportar información para la columna de Manuel y firmar una con mi nombre; en realidad triple, pues, además, tenía que redactar la información política para el periódico. Miguel, después, me llevaría a IMPACTO.

Así me abrí paso en el periodismo político. Luego sería columnista dominical de El Universal en dos etapas distintas, haciendo pareja con Pancho Cárdenas Cruz; de La Prensa, Ovaciones e IMPACTO.

La guardia caballona de El Universal (en la que hice grandes amistades, que conservo: Roberto Femat, de El Heraldo, y Salvador Martínez, de Excélsior) fue la mejor escuela de periodismo que pude tener. Todo lo que sé y he puesto en práctica en 42 años de ejercicio profesional lo aprendí bajo la tutela de Castro Ruiz y Luis Sevillano, que por entonces era el jefe de Redacción.

Hay mucho más en la memoria, pero no se trata de mis recuerdos, sino de felicitar a Juan Francisco por lo que ha hecho de esa gran escuela de periodismo que es El Universal. Lástima que ya no esté con nosotros don Pancho Galindo Ochoa para que nos visiten, de nueva cuenta, en IMPACTO y les propinemos otro zapato en dominó, como aquel que enfureció al último de los dinosaurios priístas.

 

 

 

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