La arcilla que AMLO vendió como oro molido… y el hartazgo

El arrollador triunfo de López Obrador tuvo dos vertientes importantes; cada una aportó su porción de los 30 millones de votos. Fue como mezclar vientos calientes y húmedos: Estrambóticas promesas y repulsión social hacia PRI y PAN

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Desde la semana pasada, apenas dos o tres días después de la elección presidencial, en la que resultó electo Andrés Manuel  López Obrador, se volvió comidilla el “safos, safos” de muchas de sus promesas de campaña, ahora, cinco meses antes de tomar posesión, convertidas en “fake ideas”.

El domingo escuché, en un video difundido por el Diario de Yucatán, en un ejercicio que comienza a repetirse por todos lados, a un periodista discutiendo, con tres invitados, sobre lo que titularon “en 72 horas se han esfumado ocho propuestas de campaña”.


Hablaron del precio de la gasolina, el nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México, la venta del avión presidencial, la inseguridad, el Estado Mayor Presidencial, la amnistía a la delincuencia organizada y más.

Ciertamente, comienza a tejerse una especie de “desilusión social”, algo que puede tornarse y llegar a ser como lo que fue un elemento importante en su triunfo, la “repulsión social”, que, sin embargo, no se manifestaría ni de aquí a cuando tome posesión, y ni siquiera años después.

Lo estrambótico de las promesas de López Obrador, que sólo los desinformados no entendieron, es decir, el 80 por ciento de los votantes, está blindado, y él y su equipo, aun en formación, intentan blindar más con otro tipo de programas que sí pueden iniciarse arrancando su sexenio, como el apoyo a los 2.6 millones de “ninis”, a quienes se les pagará 3 mil 600 pesos mensuales por “capacitarse”. O la entrega de 300 mil becas a jóvenes universitarios.

Como ese tipo de programas trae muchos en la bolsa y, con ello, “cacahuateará” las críticas a lo que por realidad o naturaleza no se pueda cumplir y en campaña fue mero “ruido” electoral.

De todos los puntos que hoy ya comienzan a señalarse como difíciles de cumplir en el corto o mediano plazo, admitido por su propio equipo, es el de la inseguridad, aun con la promesa de “amnistiar” o “indultar”, lo que generaría “celos” en los grupos armados, más cuando, la semana pasada, Alfonso Durazo Montaño, quien camina hacia la Secretaría de Seguridad Pública nacional, dijo (ahora) que el plan no incluye a quien haya cometido actos violentos. En verdad comienzan a jugar con fuego porque si, antes, el “reclutamiento” era por paga, ahora podría ser, una, a la fuerza; otra, mejor remunerada que lo que el propio gobierno ofrezca. Si alguien puede hasta “pagar la deuda pública” es el crimen organizado.

Pero fuera de eso, Durazo dijo que para cumplir con la pacificación del país se requieren dos pasos fundamentales: “Profesionalizar” los cuerpos policiacos (mismo asunto de hoy y por cierto intentando hacerlo desde hace años) y mejorar las condiciones socio-económicas de los policías (algo que también se ha buscado desde cuando menos hace una década, pero que implica, precisamente, no sólo la “profesionalización” en academias policiacas, sino del mismo individuo que ingresa a las corporaciones).

Pero por más que incumpla promesas, que “apalancará” con otras que sí cumpla, Andrés Manuel no perderá ni pizca de poder.

¿Por qué? Porque en parte ganó, como dije, por sus estrambóticas promesas, algunas rescatables, pero también por la “repulsión social” al PRI y al PAN, que se atragantaron de todo, menos de “pueblo”, que es la moda en el mundo; la nueva tendencia que ha sucedido a las revoluciones sostenidas con las famosas guerrillas. Vaya, lo mismo que ahora está ahorcando (con su propia cuerda) a Daniel Ortega en Nicaragua.

Estas dos vertientes (“estrambotismo” y repulsión) generaron las olas de votos hacia Andrés Manuel, 12 millones más que los obtenidos por Enrique Peña Nieto en el 2012. Que hicieron, incluso, que un candidato como Ricardo Anaya, con empuje político, obtuviera menos votos que Josefina Vázquez Mota en 2012, y José Antonio Meade menos que Roberto Madrazo en 2006.

Y, si me apuran, pesó más la repulsión social que lo estrambótico de las propuestas, pues el ciclónico resultado se refleja, además del presidencial y gubernaturas, no sólo en el Congreso nacional (Senado y Cámara de Diputados), sino en los locales.

Tanto que comienza a provocar pánico, como el expresado ayer por Damián Zepeda, líder nacional del PAN, quien pidió al Instituto Nacional Electoral evitar que Morena quede “sobrerrepresentado” en el Congreso de la Unión, tras la asignación de diputados y senadores por la vía de representación proporcional, y no se atente contra “el principio del equilibrio de poderes”.

Ayer, en el cuarto aniversario de Morena (el 9 de julio de 2014 obtuvo su registro), López Obrador, que no destella arrogancia, porque el propio golpazo electoral lo hace por él, afirma que el partido y lo que ha hecho es “un fenómeno mundial”. Con 30 millones de votos puede decir hasta que él es Batman o El Chapulín Colorado.

Porque, cierto, en la campaña Andrés Manuel vendió arcilla amarilla como oro molido que a algunos deslumbró y enloqueció, pero de que los vientos calientes y húmedos del hartazgo de la gente hacia gobiernos anteriores le ayudaron, también es cierto.

 

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@RobertoCZga

 

 

 

 

 

 

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