Jugar con fuego

No es de desear que nuevo régimen fumigue a la Corte

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Tía Marce (Marcela, del lado paterno, una señora de quitar el hipo de guapa), fue muy inquieta y después de dos divorcios coleccionó “novios” y “amigos”. Era discreta pero todo se sabe. Un día, ya sesentona, platicando con la abuela Elena le contó que había armado un escándalo en una boda, porque un señor le hizo una “insinuación” irrespetuosa y se quiso “propasar”… la abuela no contestó nada, contra su costumbre, porque no podía hablar de las carcajadas. Pues sí.

Durante la época colonial, cuando éramos la Nueva España (300 años), en estas tierras benditas no había Suprema Corte, esa chamba la hacía el “Real y Supremo Consejo de Indias” –Indias, así se llamaba América Latina-, que estaba allá, en España, sin oficinas fijas (andaban acompañando al Rey por donde le diera su Real gana andar); fue fundado en 1503 con un Presidente y doce consejeros (pero el Rey mandaba: los sábados a las 10 de la mañana, el Presidente del Consejo se reunía con el señor de la corona, para informarle y tantear de qué humor estaba). No funcionaba tan mal y contaba entre su personal con un “Abogado de Pobres”… pero era muy, muy, pero mucho muy tardado (no había Internet, mensajería express ni aviones… ni copiadoras: todo a mano, por carreta y barco de vela… ¡tcht!).


La justicia de este lado del océano estaba a cargo de la “Real Audiencia” que tenía funciones de administración, gobierno e impartición de justicia, lo que supuestamente hacía con un Presidente, un Fiscal, cuatro oidores para los pleitos civiles y “alcaldes mayores” en las ciudades para los asuntos criminales. Acá sí era un batidero y era una lotería ganarle un pleito a un español o un rico.

Luego vino la Revolución de Independencia, pero en el Plan de Iguala, el Tratado de Córdoba y en el Acta de Independencia del Imperio Mexicano, a los insurgentes se les pasó incluir la impartición de justicia que siguió a cargo de los tribunales de la época colonial hasta 1825, ya promulgada la Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos, previo derrocamiento del emperador Iturbide (por cierto: don Agustín se fue a Europa, a donde tenía obligación de quedarse quietecito, con una pensión vitalicia de 25 mil pesos anuales, que era una fortuna; por eso le alcanzó muy bien para irse con su señora, sus ocho hijos… y 19 sirvientes). El caso es que la Suprema Corte se instaló el 15 de marzo de 1825, en Palacio Nacional (donde va a vivir el actual Presidente, ahí en el Zócalo de la CDMX, no hay pierde).

Esa primera Suprema Corte -de 11 ministros-, funcionó hasta 1836 (11 escasos años), cuando el Congreso la reformó porque el país pasaba de federal a central (largo de explicar… un despelote).

El 12 de junio de 1843, se reformó la ley que regía la Corte… y otra vez el 18 de mayo de 1847 (Acta Constitutiva y de Reformas), cuando se agregó el juicio de amparo (… no, no era una señora, es la iniciativa de Mariano Otero, nada original por cierto, no se ande creyendo cuentos de que México fue el pionero mundial en eso… de pena ajena, desde tiempos de la Roma clásica hay antecedentes -la “intercessio”, que invalidaba actos de la autoridad-, en España tenían los “Fueros” y el “Privilegio Real”, que incluía algo parecido al amparo, y en Francia e Inglaterra… en fin: para nada).

Ya llevamos dos reformas y apenas vamos en 1847.

La tercera reforma a la Corte fue en 1857, cuando se hizo una nueva Constitución. Luego vino la Guerra de Reforma, la intervención francesa, el Segundo Imperio (Max y Carlotita), total, era un desorden todo y funcionaban dos Supremas Cortes al mismo tiempo, o sea: ninguna.

El 1 de agosto de 1867, volvió a  funcionar la Suprema (cuarta reforma), pero otra vez escasos 10 años, porque don Porfirio Díaz se aplastó en La Silla en 1877 y la mangoneó a su gusto hasta el 25 de mayo de 1911, cuando mejor se fue a París. Nomás 34 añitos con la Corte a las órdenes de don Porfirio. ¡Sabor!

Mientras se resolvía la guerra civil que llamamos Revolución, la Corte existió nomás en el papel. Para 1917 se reinstaló (quinta reforma), cuando el 2 de noviembre, se promulgó la Ley Orgánica del Poder Judicial de la Federación, con 11 ministros. Poco nos duró el gusto, la reformaron el 20 de agosto de 1928, luego, en 1934, en 1951, 1957, 1967, 1988 y 1994, cuando ya tenía 26 ministros pero llegó Zedillo a la Presidencia y con el apoyo del Congreso, la desaparecieron nomás -jubilaron a los 26 ministros-, y se rehízo de arriba abajo, regresando a tener los 11 que sigue teniendo (más el Consejo de la Judicatura). Ya vamos en 12 reformas a la Corte.

Por favor, tómese nota de que la Suprema, de 1917 al 2000, funcionó bajo la mirada vigilante del Presidente de la República (¡s’órdenes jefeee!). Con Fox empezó a trabajar con autonomía ya en serio, a la fecha. Un día vea en el canal del Poder Judicial una sesión del Pleno: son sabios nuestros ministros. De presumir. De veras.

Si hace la cuenta, resulta que tenemos escasos 18 años con Suprema Corte ejerciendo a plenitud. Pero si la volvieran a reformar, no sería la primera vez ni como para tener sofocos y pedir las sales. En México, peores cosas hemos visto.

No es de desear que la fumigue el nuevo régimen, nuestras instituciones democráticas están muy tiernitas, pero si se ponen en mal plan, el Presidente les mete un calambre de urgencias en el sanatorio, aunque sería una proeza juntar la mayoría calificada (dos tercios de votos), en las dos cámaras y los congresos estatales. Pero, igual, el país no necesita un pleitazo en el que todos perderíamos y podrían tachar al presidente de “golpista” (que sería una exageración porque lo haría con el Congreso y… a la vista de la agitada historia de nuestra Suprema).

Uno no es nadie para ponerse a dar consejos a los ministros, pero bien harían en barrer bien su casa… y que no adopten la actitud de tía Marce, porque no sería ni la primera vez (ni la última, tarde o temprano), que se reforma la Corte. De cualquier modo, de verdad, es mucho mejor no jugar con fuego.

 

 

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