Idoneidad e identidad

Cada pueblo tiene que reconocer y aprovechar sus propios activos; fundamental no menospreciar sus aptitudes por obsesionarse con las de los demás

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Modelo italiano no es recomendable para los pueblos que no cuentan con instituciones alternas de excelente factura

Hemos dicho que existe una suerte de fetichismo legal que nos ha inducido a muchos aciertos históricos, pero que también nos ha orillado a peligrosos extravíos. Para bien, en unas ocasiones, y para mal, en otras, hemos considerado que, por la vía de la legislación, pueden resolverse nuestros problemas de orden político, económico, social y cultural, así como de cualquier otra naturaleza, siempre y cuando acertemos en  la fórmula jurídica adecuada.

Por si fuera poco -o quizá por eso mismo- hay voces, hoy en día, que proponen someter a una revisión integral y, consecuentemente, a un rediseño total la organización política mexicana.


Muchos de los apuntamientos en ese sentido muestran una tendencia a reducir las potestades públicas o, cuando menos, a amarrarlas a un ejercicio multitudinario.  Por eso se habla de mayores controles, de referéndums y hasta de un desplazamiento del poder -hoy presidencialista- hacia el Congreso, generando con ello una especie de régimen parlamentaroide. Una tendencia de esa naturaleza -que es peligrosa porque es seductora- puede llevar a una “italianización” de nuestro gobierno, dicho esto con todo respeto y afecto para esa noble nación.  Expliquémonos con más detalle:

Italia -república parlamentaria- es uno de los países europeos donde el gobierno es más inocuo. Los italianos, deliberadamente, han construido un régimen político muy distinto -en funcionamiento, aunque no en estructura- al de sus vecinos continentales. Así como los ingleses, los alemanes y, a su modo, los franceses y los españoles se preocupan -y en ocasiones se angustian- cuando su gobierno no es verdaderamente fuerte, los italianos se incomodan cuando su gobierno ha querido emular a aquellos.  De esa suerte, el gobierno italiano es  -si no débil- tenue.

Por eso, a los ojos de un inglés, de un alemán o de un francés -no se diga de nosotros lo americanos, impuestos al presidencialismo-, el gobierno italiano resulta casi inexistente.  En primer lugar, el Ejecutivo carece de presencia fuerte, tal en todos los sistemas parlamentaristas, pero -vaya paradoja- el parlamento también ha sido frágil y volátil.  El parlamento italiano -y, por ende, el gobierno- ha tenido una vigencia promedio de siete meses durante los últimos 50 años.  Es decir, un italiano ve cambiar su gobierno muchas veces -aunque los personajes retornan-, mientras que el gobierno inglés, el español y el alemán suelen durar 10 años y los presidentes franceses suelen desempeñar un mandato con la modesta duración de 14 años.

Sin embargo -y esto es lo trascendente-, el pueblo italiano marcha tan bien como sus vecinos. El diseño que se han dado les ha funcionado. El país produce, es próspero y vive en un orden no menor que el de cualquier otro, pero ¿por qué, en Italia, el gobierno tenue no trasciende en anarquía?  No hay una respuesta exacta, y las conjeturas son hipotéticas. Me atrevo a creer que esto sucede así porque funcionan dos instituciones italianas de recio prestigio y de alta eficiencia: Su sistema de empresa y su sistema de justicia.

La empresa es el gran regulador del orden y la concordia en cualquier sociedad.  Dice Ikram Antaki que el orden y la concordia no son meta esencial de los políticos porque ellos pueden tomar el desorden como campo de acción, a veces como el mejor campo de acción. Que los intelectuales tampoco lo requieren; los poetas –dice- componen en medio de la guerra y de la desgracia, pero la empresa, salvo la bélica, sólo vive y crece en un entorno ordenado y pacífico que ella se afana en crear y en conservar.

La empresa italiana es de primera. Desde su industria textil, que exporta, anualmente, 15 o 20 mil millones de dólares de moda -entiéndase corbatas y camisas-, hasta su industria automotriz, que vende su altísima tecnología a la mitad del orbe, pasando por su producción de maquinaria y de diseño.  Es una empresa que produce, que vende, que gana y que contribuye a la estabilidad y al progreso de la nación, de Italia, no de otras.

El otro elemento de este sistema binario es el sistema de justicia.  La abogacía italiana no sólo está preparada con una de las mejores tecnologías jurídicas del mundo, sino que también está acondicionada con ética, con responsabilidad social, con adecuada conducta y con una valerosa reciedumbre. Ser magistrado italiano es divisa de orgullo y de honor en toda Europa, y en todo el mundo.  Lo mismo se puede decir del litigante italiano, del fiscal italiano y del catedrático italiano.

Quizá una de ellas heredadas de Venecia, y de Roma la otra, estas dos bien formadas instituciones suplen, para el orden y el progreso, a un gobierno diseñado para actuar de manera sui géneris.  Sin ellas no sería lo mismo.  El modelo italiano no es recomendable para los pueblos que no cuentan con instituciones alternas de excelente factura.

Por ello, cada pueblo tiene que reconocer y aprovechar sus propios activos, y no menospreciar sus aptitudes por obsesionarse con las de los demás.

 

Abogado y político

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