Honor al Colegio Militar

Gestas nos siguen inspirando; no son motivo de mero festejo; lo son también de meditación, de reflexión y de orgullo

Compartir:

En estos días hemos podido comprobar, una vez más, la alteza y la calidad de nuestros institutos armados.  Apreciamos, con orgullo, su preparación frente a los desastres de la naturaleza, que es la mejor preparación para acometer los desastres producidos por el hombre, pero también son estos los días de la evocación de nuestras lealtades.

Chapultepec, el 13 septiembre.  No sólo caen los Niños Héroes, sino que se establece una lección que no puede prescribir.  El país, al borde de su desintegración, mutilado, humillado y con la bandera extranjera ondeando, ese 15 de septiembre, en el asta central de Palacio Nacional.  Todo ello, producto de la ambición desmedida de otro pueblo, pero también de nuestro escaso celo de nacionalidad.  En 1847, no lo olvidemos, no nos interesaban los territorios del norte; no creíamos en el federalismo; éramos  sobreregionalistas, más leales a nuestro partido que a nuestra nación; no teníamos organización nacional y carecíamos de liderazgo político.  Total, no se nos dio el sentimiento  ni la sensación de patria.

Son estos los días de las celebraciones patrias.  Una vez más se repite el ritual cívico.  Por conocido pareciera rutina, pero en ocasiones es provechoso prestarle mayor atención que la ordinaria.  Es conveniente asumirlo cuidadosamente.  Seguir, fielmente, el canon.  Observar, puntualmente, la liturgia.  Son días de guardar.    Son días de reflexión histórica que, en los términos de Burckhardt, es narración presente y  proyecto del porvenir.  Nos conviene, aunque sea por unos cuantos días   -acaso por unas cuantas horas, si más no es posible-   pensar en nosotros mismos porque eso, y no otra cosa,  es la patria.  El que crea que existe patria, que la procure.  El que no pueda creer en ella, allá él.  De todos modos, estos también cuentan con nosotros si la patria lo demanda.

Somos, queriéndolo o no, sintiéndolo o no, sabiéndolo o no, más que un país   -que es mucho-,  y más que una nación, que es mucho más.  Somos    una patria, que es más que todo lo que nos pueda acontecer o lo que nos pueda interesar.  Que es más que todo lo que tengamos en dineros y más de lo que podamos perder o ganar.  Que es más que todo lo que detentemos en poder, hoy o  mañana, pero es, pongámoslo en claro, un concepto íntimo y voluntario.  Como la fe, como el honor, como la lealtad y como el amor, se tiene o se carece de él, más allá de lo que nosotros mismos podemos aportar o restar.  No se es patriota a fuerzas, como no se es leal, honorable o amante por obligación.  Se es o no se es.  No hay en ello progresividad ni regresividad, ni gradualidad ni, mucho menos, eventualidad.  No hay de que a veces sí y a veces no.  No hay de que en ocasiones mucho y en otras menos.

13 de septiembre.  Ineludiblemente pensamos en el Colegio Militar.  Luego, inevitablemente, pensamos en nuestro Ejército.  Nos encontramos en medio de un escenario que no a todos nos resulta fácil de entender y de comprender.  Este tiempo ha sido difícil en torno a estas cuestiones.  Las evocaciones sobre Tlatelolco y sobre la “guerra sucia”.  Se abren historias e historietas.  Se amaga al Ejército.  Por momentos da la impresión de que se busca culpables en lugar de buscar desaparecidos, pero estamos en días de recuentos cívicos destinados a recordar y a enaltecer la fidelidad del Ejército.  La tradición obliga a que el discurso militar ratifique su obediencia al poder político de los civiles, pero el instituto armado parece solo y abandonado.  Muchos políticos se deslindan.  El discurso militar se mueve en un muy estrecho espacio de maniobra.  Las fechas destinadas para que los civiles honremos a los militares parecieran invertirse.  Hoy parecieran destinadas a que el Ejército honre al poder civil.  El tiempo actual no ha sido fácil de entender ni de comprender.

México ha tenido la ventura de contar con un ejército incuestionable.  Originado en el pueblo, e invariablemente leal a las instituciones, ha sido una reserva nacional de virtudes.  Ejército formado por el pueblo, que no se distingue de él y que a él está plenamente asimilado.  Su perfil ha sido modelado como una síntesis de nuestra geopolítica y de nuestra historia.  Nuestras vecindades, los reacomodos de la política posrevolucionaria y otros factores más, han determinado su profesionalismo, su clasismo, su institucionalidad, su lealtad y su patriotismo.  En los tiempos actuales son incontables los méritos que acumula de manera cotidiana.  La lucha contra el narcotráfico.  La participación en momentos de desastres.  Su concurso en campañas sanitarias, alfabetizadoras y reforestadoras.  El auxilio a la población  en diversas circunstancias.  Todo ello  lo ha hecho un muy apreciado y muy respetado ejército de paz.  Su disciplina, su organización, su sistema educativo y su desarrollo tecnológico, lo han hecho  un muy reconocido  y muy confiable Ejército de guerra.

Cavilar sobre la historia es tarea que obliga. Los requerimientos prácticos que laten bajo cada juicio histórico dan, a toda la historia, carácter de historia contemporánea y están en relación con las necesidades actuales y la situación presente.  Las gestas nos siguen inspirando.  No son motivo de mero festejo.  Lo son también de meditación, de reflexión y de orgullo.  Están presentes los insurgentes,  su epopeya y su martirio. Disponemos de su herencia, una patria independiente, pero están también presentes en la memoria la invasión y la mutilación.  Tacubaya, Churubusco, Molino del Rey.  Al final de cuentas, Chapultepec es una lección monumental de la historia que bien distingue la diferencia que hay entre el honor y los honores.  Entre lograr la victoria o alcanzar la gloria.  Entre ser vencedor o ser invencible.  Nos evoca a un colegio militar.   No a cualquiera, sino al nuestro.  La cuna de un Ejército.  No de cualquiera, sino del de México, lleno de honor y de gloria.  Es decir, invencible.

Los tiempos actuales son complejos y comprometedores para todas las instituciones.  El Ejército no escapa a ésta circunstancia.  Lo acosan responsabilidades como la lucha contra el narcotráfico, donde, todos los días, se libra una batalla que involucra, en ocasiones, a una importante parte de los efectivos militares en un esfuerzo mexicano que en dinero, en sufrimiento y en sangre sólo la justificarían otras naciones en un estado de guerra.  Esfuerzo aportado por nuestro país, con sentido humanista y no sólo nacionalista, para tratar de preservar la salud y la moral, o lo que de ella queda, de otros pueblos  y que muchas veces, lejos de ser reconocido y agradecido, es criticado y mal recibido.

En esta lucha, por razones obvias, más eficaz contra la producción doméstica que contra el tráfico de paso se  libra un combate contra un enemigo anónimo e incógnito que no va a ser vencido con helicópteros ni con morteros, sino con otras armas que, por fortuna, también tiene nuestro Ejército.  Los riesgos son grandes para nuestra institución armada.  La corrupción es un virus que no distingue ni discrimina.  Ha habido casos de inoculación en las Fuerzas Armadas.  Se ha tenido que actuar en forma terminante.  Con tratamientos dolorosos. Con amputaciones.  Al final de cuentas se trata de preservar a la institución depositaria de la seguridad nacional.  La hemos arriesgado apostándola en esta ruleta durante cerca de tres décadas. Cuidémonos de no perderla.

Lo acosan también los escenarios de lo que serán en el mundo futuro, no solamente en México, los perfiles de la guerra.  La conflagración no declarada, la anónima, la incógnita, la soterrada, la expósita, la encubierta, la que hace cómplices lo mismo a criminales y mercaderes que a partidos políticos, a facciones y a cúpulas, para colocar y detonar las consecuentes cargas de profundidad en la estructura misma de la seguridad nacional y de la soberanía y que, hasta ahora, le conocemos solamente tres rostros fundamentales nada gratos: El terrorismo, la guerrilla y la conspiración.

En fin, convivimos con riesgos.  Ellos están en nosotros mismos.  La patria es inalienable por voluntad ajena, pero es renunciable por voluntad propia.  Es indeclinable por la fuerza de otros, pero es remitible por nuestras debilidades.  Por ello, y por mucho más, son estos   -por lo menos estos-   nuestros días de guardar.  Para los que podemos y sabemos guardar, no para los que no pueden o no saben.

Es esta la semana mayor de la patria.  Unos podrán creer en ella.  Ellos serán felices.  Otros, también hermanos nuestros,  no saben de qué se trata.  Es el mayor, el más lujoso y el más brillante de nuestros patrimonios, pero además el más indeleble.  No se pierde, no se embarga y no prescribe.  Nos podrán quitar todo, menos la patria.

 

 

Abogado y político

[email protected]

Twitter: @jeromeroapis

 

 

Compartir:
Comentario anónimo
Comentar vía Facebook

is loading comments...