Hay que generar riqueza antes de distribuirla

Oferta política debe estar a la altura de los grandes problemas que enfrenta el país

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José Francisco Ruiz Massieu. Sapiencia

Con la sapiencia de haber acumulado una vasta experiencia en su recorrido por la función pública y legislativa; persistentemente inmerso en la actualización de los conocimientos propios de la abogacía y, de  la política de la que siempre se declaró como un  apasionado insaciable; así como,  de la capacidad  que revestía como académico y  escritor de referencia; José Francisco Ruiz Massieu nunca se cansó de recomendar equilibrio y honestidad para los futuros promotores de la captación de votos electorales en sus promesas de proselitismo o campaña.

En estas batallas imprescindibles para cualquier político, recomendaba a todo aquel personaje que se le acercaba, ya que le gustaba oír y hacerse oír, que, en la búsqueda afanosa por allegarse simpatizantes o adeptos, se caía regularmente en una estrategia equívoca al prometer lo que desconocían cómo resolver, o peor aún, lo que conociendo, sabían que era de difícil su consecución, resumiendo estas actuaciones con la siguiente alocución: “Para distribuir riqueza, primero hay que producirla”.

 

CAUSA Y EFECTO

En este proceso de causa y efecto, que no se logra en el corto plazo, y un sexenio a veces es insuficiente, aun contando con todos los elementos para su consecución. Las primeras víctimas al acreditase el engaño o la poca efectividad de cumplimiento de los ofrecimientos, serían los ilusos que depositaron su confianza y la transformaron en voto de elección, produciendo el ya continuo y lamentable distanciamiento entre sociedad y gobernantes.

Actuaciones carentes de tacto social y ético, rayando en la egolatría y deshonestidad, en la ilusión y fantasía, muchas de ellas revestidas en forma distante de una consecución realista, pero que son atractivas para una población que ha vivido en la postración y la desilusión, donde los votos ganan elecciones, pero no cambian políticas.

Acciones injustificadas y hasta intolerables, que han producido en forma sistemática un daño irreparable para el sistema político y la gobernanza, así como, para los organismos que los cobija, traduciéndose en un descrédito, desconfianza y rechazo de gran parte de la sociedad, que hoy, se traduce en ese enojo social tan presente en nuestros días contra las instituciones y los políticos que cohabitan en ellas, independientemente de su credo y filiación política.

Bien lo mencionara en su tiempo Winston Churchill con alusión al colectivismo: “El socialismo, es la filosofía del fracaso, el credo de los ignorantes, el evangelio de la envidia, y su virtud, es el reparto igualitario de la miseria”.

 

INVASIÓN DE PROMESAS

Bajo este mismo contexto, y con la invasión de ofrecimientos que nos inundan, saturan y nos vuelven incrédulos, los precandidatos en campaña; unos más inverosímiles que otros, más pragmáticos que realistas, más belicosos que generosos con su función pública, más audaces y aventureros: No acaban por darle forma de credibilidad a todo lo que quieren transformar, porque no dicen cómo.

Coincidiendo los ajenos a la administración en el poder  y como bandera de sus campañas, que el principio de esta transformación es un “cambio de régimen”, donde ha sido más fácil exhibir los errores, omisiones o corruptelas, que, demostrar cómo  transforman un sistema viciado de origen del que forman parte, cómo se solventan los gastos de tantas promesas, muchas de ellas justificadas para los desposeídos o marginados que desde hace mucho tiempo no ha sido posible integrarlos al proceso productivo del país, y que hoy, son enganchados con ofrecimientos sin sustento.

Sobre estas adecuaciones, en su largo periplo de enseñanza, Ikram Antaki manifestó: “Todas las revoluciones son funcionales, quieren reemplazar un equipo por otro, un orden por otro, pero la descendencia sólo ha dado enanos a partir de unos padres gigantes”.

Una mutación política que ya la experimentamos con la alternancia presidencial y en los órdenes de gobierno estatal y municipal, así como, la pluralidad en el Legislativo como contraparte del Ejecutivo, que, en los hechos y restando contadas excepciones, sólo han producido más corrupción y una parálisis funcional en detrimento de la democracia en México, que no acaba por detonarse en el proceso civil que incorpore a todos sus componentes para la conformación de un mejor país.

Transformación política que ha producido una sociedad que deambula en medio de esas adecuaciones, que no percibe la retroalimentación que merece de sus políticos y gobernantes; pero que no ha hecho lo necesario para su corrección, apreciándose una ruptura entre estos segmentos vitales para cualquier convivencia social, generando malos gobernantes, corrupción e impunidad permanente, una inseguridad lacerante que cada vez deteriora a esa célula fundamental que es la familia, destruyendo esos vasos comunicantes de asociación, proyectando una destrucción paulatina de unos a otros, lamentablemente ya presente bajo el accionar de mano propia, ante el resquebrajamiento del Estado de derecho.

 

PARTICIPACIÓN CIUDADANA

Cuánta falta hace que los diversos sectores de la sociedad se manifiesten con razón y fundamentos, sin tendencias ni inclinaciones partidistas; con el firme propósito de alimentar el cambio que se requiere para aspirar a una nación igualitaria, justa, en un marco de desarrollo permanente.

Una representación que exalte el arte de argumentar como un auténtico e irrefutable valor de la democracia.

Una participación que venza y transforme nuestra apatía por dialogar, convencer o reconocer; donde se obtengan consensos de mayoría que reditúen en mejoras y nuevas disposiciones de legalidad, equidad, seguridad, educación y trabajo digno, que abone en la reconstrucción del tejido social maltrecho que padecemos.

Intervenciones que nos alejen del suburbio de la inteligencia que siempre ha sido aprovechado por los políticos para su beneficio personal y partidistas, abusando del anclaje de nuestra nula participación.

Frente a la pobreza de pensamiento combativo en nuestro país, sólo hemos presentado desnudez y miseria con nuestra raquítica participación y defensa de nuestros derechos, que nos ha postrado permanente ante los insaciables e incorregibles gobernantes.

La nación necesita rehabilitarse, dejando atrás la crisis política, el descrédito y desconfianza por gobiernos malos y corruptos.

Construir un proyecto de desarrollo viable del país para que sea más incluyente, restaurando la confianza de los ciudadanos en las instituciones públicas a través del combate sin cortapisas de la corrupción.

Promover y exigir en los tres niveles de gobierno administraciones eficaces en la solución de los problemas nacionales, dentro de un marco de transparencia y rendición de cuentas.

 

INOPERANTE SÓLO DENUNCIAR

No basta denunciar lo malo, sino construir lo bueno, pero sin demagogia y hasta ignorancia en lo propuesto.

Porque el país no es sólo una comunidad, una región, una ciudad, un conglomerado de mexicanos que han sido marginados o expuesto al subdesarrollo y hasta la miseria.

A México lo conforman todos sus habitantes, de todas sus comunidades, de todos sus estratos sociales, de todas condiciones de género.

La oferta política debe estar a la altura de los grandes problemas que enfrenta el país, y resolver en su medida y tiempo la pobreza indigna que padecemos, la profunda desigualdad, la corrupción, la impunidad y la inseguridad que está destruyendo al país.

Porque siempre es más fácil denunciar que resolver, prometer y engatusar, con la distribución de una riqueza que no se ha generado, contribuyendo al engaño permanente y sistemático que ha sido objeto el pueblo mexicano.

Hay que evitar ser presa de la sensación de coraje que están promoviendo hacia las autoridades y evitar con conciencia que esta se acentúe, ya que contribuye para favorecer un discurso antisistema, porque no todo ha sido malo, y hay mucho que rescatar y darle continuidad.

Acertadamente señalaba Henry David Thoreau: “Se ha dicho, y con razón, que la sociedad en sí misma no tiene conciencia; pero una sociedad formada por hombres conscientes es una sociedad con conciencia”, y nuestra conciencia es la que debe marcar las campañas y elegir acertadamente a nuestros gobernantes: Evitando la elección por sentimientos, donde es fundamental que prevalezca  la razón, porque está en juego el futuro de los mexicanos.

Porque como señalara nuestro referente Ruiz Massieu: “En épocas de crisis, la voz del cambio llama a todos”.

 

 

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