¿Habrá nuevo PRI?

Actos y descontentos están dejando en el olvido los viejos axiomas que le dieron orden y control por muchos años

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Miguel de la Madrid Hurtado. Lejos se ven los aires de tempestad que padeció

Ahora que se espera el resolutivo de la XXII Asamblea Nacional del Partido Revolucionario Institucional (PRI), donde se definirá su nueva reestructuración de operación, los objetivos de visión a mediano y largo plazo,  pero no, al candidato presidencial de esta agrupación política con miras a las elecciones del 2018, cuya nominación no ha quedado exenta de ciertas controversias que puedan derivarse en resquebrajamientos de unidad, fomentados por un grupo reducido de militantes, principalmente de trayectoria partidista, que actualmente se siente desplazados de las decisiones cupulares y, por consiguiente, del acceso a cargos o funciones relevantes.

Vaivenes de poder clásico, previo a cada asamblea que se celebra cada tres años en forma ordinaria, para un partido histórico que tiene 88 años, donde participan miles de delegados de los estados, los sectores y las organizaciones para avalar las decisiones previamente acordadas por sus dirigentes, donde fracciones de conservadores en busca de ser reconsiderados han caído sobre una falsa candidatura militante, revelándose al procedimiento de elección identificado como el famoso “dedazo”, cuando esta agrupación siempre ha sido un partido presidencialista, máxime que el principal elector actualmente ostenta el poder.

Lejos se ven los aires de tempestad que padeció en 1988 Miguel de la Madrid Hurtado en la XIII Asamblea, cuya división interna culminó con la escisión de ese partido, propiciando la salida de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y Porfirio Muñoz Ledo entre otros referentes políticos, en una asociación que siempre se ha distinguido por su disciplina partidaria, donde el Presidente de la República en turno suele convertirse en el fiel de la balanza.

 

LA DISCIPLINA TRICOLOR

Actos y descontentos que están dejando en el olvido los viejos axiomas que le dieron orden y control por muchos años, tales como: “El que se mueve no sale en la foto”, “no se hacen cambios bajo presión”, “hay que respetar los tiempos” y “hay que cuidar la investidura”.

Reglas no escritas, pero siempre vigentes que, en un entorno de incuantificables intereses y marcadas pluralidades, siempre fueron un factor de equilibrio para su permanencia prolongada, generando una militancia subordinada con plena conciencia de que en política solamente se comete un error, y todo lo demás, es consecuencia, ya que una casa dividida no puede sostenerse, principalmente cuando su aceptación electoral observa un declive sistemático.

En espera de que los vientos no se conviertan en tormenta, un cuestionamiento de mayor envergadura se hace presente en el imaginario de los entendidos de las políticas públicas nacionales, y en muchos de los adeptos de este partido que los siguen percibiendo como su mejor elección electoral.

 

¿Y EL NUEVO PARTIDO?

¿Qué pasó con el nuevo PRI que se apuntaba con grandes expectativas para enfrentar el siglo XXI, después de una alternancia en el régimen presidencial que lo alejó del poder por 12 años en forma consecutiva, sacudiendo un sistema de gobernanza que perduró definiendo el camino y destino mexicano por más de siete décadas?

Una organización que no nació para representar, sino para facilitar la conducción política, pero que culminó gobernando hasta el límite de saturación ciudadana que lo depuso, pero que fue factor determinante por décadas para crear un país de instituciones.

Una representación política que en su segunda vuelta se disponía a gobernar capitalizando errores y aciertos del pasado, con el firme propósito de combatir fehacientemente la corrupción y la inseguridad, generando desarrollo económico, para superar la pobreza, inequidad e inseguridad que se padece actualmente.

Una agrupación reclutadora de cuadros y formación de hábitos políticos en la sumisión del poder y el culto al jefe en turno, que culminó en su primera etapa en el poder como una expresión política de la cultura autoritaria presidencialista.

Como lo difundieran Héctor Aguilar Camín y Jorge Castañeda Gutman en su libro titulado “Un futuro para México”, refiriéndose a su tiempo de receso en el poder: “El PRI salió de Los Pinos, pero no del alma de México”.

 

SE NIEGA A DESAPARECER

Una sociedad donde todavía prevalecen rescoldos de su alianza social y regional, que lo mantuvo por mucho tiempo ostentando el poder y que se constituye actualmente en su voto duro que le ha significado en las últimas contiendas electorales un tercio de la votación total, aunque en un declive sistemático que no han podido detener.

Un partido político cuya historia le niega para bien o para mal el olvido, una plataforma de actuación PNR-PRM-PRI cuya ideología nacionalista, socialista, liberal-social, social demócrata en sus distintas etapas, lo mantiene vivo en los electores cautivos que todavía conservan, queriendo ensanchar esta plataforma de aceptación con acciones de credibilidad ante los males que lo estigmatizan.

Una representación política que desde hace décadas dejó ser el único eje del poder en México, manifestándose en sus derrotas inscritas en 1997, 2000 y 2006, pero que, en los avatares de la política nacional, le fue otorgada una segunda oportunidad por su legado histórico, su estructura política nacional que ningún partido tiene, pero, sobre todo, para evitar las improvisaciones y la larga ruta de aprendizaje de los gobernantes de partidos opositores, en una función tan importante como es la de gobernar un país tan complejo y de tantos requerimientos como el mexicano, donde ya no hay lugar para improvisaciones, errores, omisiones o corruptelas.

 

PUEDE SER LA ÚLTIMA

Un PRI que recuperó la Presidencia de la República en el año del 2012, con una imagen modernizadora a la que se le atribuía entre otros factores, recomponer la etapa fallida en las funciones públicas practicadas por la alternancia panista, y un resquebrajamiento de la izquierda combativa que no acaba por conformarse para representar.

Un PRI que regresó a Los Pinos con menos fuerza de la que tenía cuando se fue, ante un país que está muy lejos de seguir obedeciendo o apegándose a las estrategias electoreras para ganar posiciones como antaño, y que hoy, con su voto, exige que sepan gobernar para todas y todos, o en su defecto aplican su elección de castigo.

Un nuevo PRI, como se le empezó a promocionar con el arribo al Ejecutivo federal de Enrique Peña Nieto, cuya fisonomía principal irradiaba su disposición a tomar riesgos de popularidad a corto plazo, a cambio de beneficios reales para el país y sus familias, cuya máxima prioridad ha sido gobernar no sólo para ganar elecciones.

Una administración que comenzó con los mejores augurios al concretar lo que por años había estado proscrito por intereses partidistas y personales de la clase política gobernante, al lograr la autorización en el Legislativo de 11 reformas económicas y políticas, algo inconcebible dentro de la pluralidad democrática que padecemos, y que la historia tendrá que recoger en su momento para su evaluación correspondiente.

Estructura legislativa que le permitiera consolidar en la práctica, lo que Peña Nieto asumió como bandera de identificación de su mandato denominado: “Mover a México”, donde se convertiría en el gran reformador cuyo trazo de ejecución lo convirtiera en el transformador del México del siglo XXI, cuyos beneficios se empiezan a sentir y apreciar.

 

FALLAN LOS HOMBRES, NO LAS INSTITUCIONES

Qué acertado se pronunciaba siempre ante los errores u omisiones de las políticas públicas Jesús Reyes Heroles: “Fallan los hombres, no las instituciones”.

Filosofía y praxis que retomó Pedro Joaquín Coldwell en el ya distante 2012, que, como presidente nacional del PRI exigió a sus correligionarios electos por la ciudadanía para representación popular en los tres niveles de gobierno, responder con honradez, austeridad y rendición de cuentas, recordándoles que el PRI volvió al gobierno porque los electores están insatisfechos con lo que tienen y son migrantes electorales, enfatizando: “Nos otorgaron su confianza para ver si nosotros los priístas somos capaces de responderles”.

En el regreso del PRI, mejor perspectiva no se pudo apreciar al inicio de este sexenio.

Retomaba el poder un histórico de experiencia, que debió aprender la lección de la alternancia, debiendo vaciarse de los males endémicos que propiciaron su caída, y que habían sido más que detectados y analizados para erradicarlos en su totalidad.

Con cuadros de operación que irradiaban juventud, respaldo académico de excelencia, y un compromiso más que presente por servir a México que proyectara políticamente a su partido, y en forma personal a sus militantes, se esperaban acciones y hechos que les permitieran cimentar una larga estancia en el poder.

En esa etapa de construcción y definiciones,  apareció  la señal de Reyes Heroles: “Fallan los hombres, no las instituciones”, y empezaron a emerger los Rodrigo Medina de la Cruz (Nuevo León), Javier Duarte de Ochoa (Veracruz), Roberto Borge Angulo (Quintana Roo), César Horacio Duarte Jáquez (Chihuahua), entre los más difundidos por las rapacidades y corruptelas aplicadas en sus gobiernos estatales, y miembros indiscutibles de la nueva generación del PRI, con la que se pretendía dejar huella de buen gobierno, adicionándose de administraciones pasadas Andrés Granier Melo (Tabasco), Jesús Reyna García (Michoacán), Humberto Moreira Valdez (Coahuila), Tomás Yarrington Ruvalcaba (Tamaulipas), toda una pléyade de personajes, quienes en conjunto le dejan una reputación irreparable, y una marca de rechazo a toda su representación política, a la que se le suman muchos procesos de corrupción e impunidad que se les acreditan a miembros de este partido través del tiempo.

El punto álgido de esta descomposición para el PRI, sobrevino a una ejercicio pleno y justificado de libertad para ejercer su función del grupo de noticias de “Aristegui”, que detono el escándalo llamado “Casa Blanca”.

Un dardo que no solamente mancilló al primer mandatario y su consorte, sino a la investidura presidencial, dejándola trastocada para el resto de su administración e indirectamente con la implicación para gobernar que este factor conlleva, convirtiéndose a futuro para el actual jefe del ejecutivo en una huella que será difícil de erradicar en su historia política.

Acontecimientos injustificables que volvieron a dejar evidencia de que seguía presente la cultura de la complicidad frente a los abusos, la tolerancia frente a los errores del poder, la pasividad frente a las penurias, la complicidad frente los abusos.

Actuaciones de poder donde la corrupción y el enriquecimiento inexplicable llegaron a los límites de cualquier tolerancia, donde la primera víctima, además de la población afectada y la sociedad agraviada, se trasladó a su partido político que representan.

 

MIRA AL 2018

Para las elecciones del 2018, el priísmo se encuentra como una marca desgastada, cubriendo el adeudo de los errores de sus correligionarios que llegaron al poder y fallaron, con una aceptación presidencial con indicadores incomprensibles de aprobación, donde el factor del poder presidencial ha dejado de representar un apoyo sustancial para esta contienda.

Aunque las encuestas lo ubican en el tercer lugar de las preferencias, sigue siendo uno de los participantes a vencer.

Esta agrupación llegará a los comicios del 2018 como partido mayoritario, gobernando a 52.4 millones de mexicanos en 14 Estados, pero con un rechazo permanente de más de la mitad de los electores que lo asocian con todos los males en la fallida gobernanza y corrupción que padece el país.

La votación a favor del PRI ha caído en paralelo con la popularidad del Presidente de la República, y su mejor prospecto lo ubican en un lejano tercer lugar.

En sus asambleas, donde se analizaron sus estatutos y la visión del futuro, deberá reconstruirse una marca que sigue siendo referente en el sistema político mexicano.

Tendrá que reinventarse y apostarle a un verdadero nuevo PRI, porque si pierde de nuevo la presidencia, difícilmente habrá una fuerza que los aglutine, debiendo retomar lo que alguna vez señalo José López Portillo: “La historia sirve para no repetir los errores del pasado, pero cuando ésta se enseña dogmáticamente y sin crítica no sirve para nada”.

Habrá que esperar el resultado de su Consejo Político Nacional, de donde emanará su candidato.

Su estrategia para revertir el infortunio que los aqueja ante la sociedad que los conoce y no perdona; la forma de cautivar a los nuevos electores que no conocen su historia, pero sí sus males.

Tendrán que ser eficientes, pero sobre todo convincentes para desterrar un pasado y un presente borrascoso, generando otra oportunidad de confianza.

En su búsqueda sistemática por sumar ciudadanía, en su proceso de renovación como fuerza política, deberán hacer política de nivel, no politiquería, convertir problemas en oportunidades, tomar decisiones con lógica política y sentido social.

Deberán convencer con una política real y profesional que permita cambiar la realidad del país, porque para el PRI, posiblemente, no habrá un mañana si no emerge un nuevo PRI.

 

 

 

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