Guerra de palabras… la última batalla

Junio, el mes ‘D’. México, en un hilo; el voto, en el aire…

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Finalmente, ¿quién entonará mejor que las sirenas: Andrés Manuel López Obrador, Ricardo Anaya o José Antonio Meade?

Aunque la pelea es entre cuatro, nadie mejor que Jaime Rodríguez sabe que sus posibilidades de ser quien sustituya a Enrique Peña Nieto son verdaderamente nulas.

La seducción la encabeza hasta hoy, a 29 días para la elección, el candidato de Morena, quien, al menos en la última encuesta publicada por el periódico Reforma, la del 29 de mayo pasado, lideraba con un margen de 2 a 1 a su más cercano contrincante, con 52 por ciento de las preferencias electorales.

De acuerdo a la consulta del diario, el candidato del Frente registraba 26 por ciento de las preferencias, el del PRI 19 y el independiente un lejano 3 por ciento.

En el único parámetro válido, hasta ahora, para registrar una tendencia creíble, aunque en muchas ocasiones distintos factores la modifiquen, como son las encuestas, el tiempo para Anaya, como para Meade, está prácticamente concluido y nada ya tendrían qué hacer ante una ciudadanía decidida a ver un cambio real, así conlleven un posible riesgo que otros también desestiman.

A principios de abril, la esperanza todavía rondaba con más certidumbre entre los contrincantes de López Obrador, basada en que los debates darían la vuelta al marcador.

Con dos de ellos -el del 22 de abril en la Ciudad de México y el del 20 de mayo en Tijuana-, las posiciones no sólo se mantienen, sino que al morenista le ha ido todavía más “requetebién”, como suele decirlo él mismo.

Para partidos como el PRI y el PAN, que al menos del 2000 a la fecha han ocupado Los Pinos, una combinación de crecimiento de la violencia e inseguridad en el país, así como de una aguerrida corrupción, con el repetitivo discurso, por casi 12 años, de quien compite por tercera ocasión, ha resultado un arma letal.

Aunque también los han dañado los procesos internos para hacerse de sus respectivos candidatos.

Por el lado del PRI tuvieron que echar mano de un “simpatizante” del partido, como lo es Meade, para distanciarse de asuntos, principalmente, como la corrupción de varios de sus gobernadores. Esto no cayó bien en sectores priístas de cepa. Ocurrió también para la candidatura presidencial  como para la de la Ciudad de México (Mikel Arriola), e incluso para muchos otros puestos de elección popular, sobre todo para escaños en el Congreso.

En el PAN, las cosas no fueron muy distintas, aunque con otros matices. La confrontación entre el matrimonio Calderón-Zavala y el ascendente Anaya subió de tono cuando éste se hizo de la candidatura haiga sigo como haiga sido, al puro estilo de Andrés Manuel, y pataleara quien pataleara.

Al final, quizá el más idóneo para competir en un proceso donde dominan las “fieras” en un terreno de depredadores es Anaya. Vaya, Margarita tuvo su oportunidad, pero tan rebasada se vio que tuvo que abandonar el ring.

 

¿ARROZ RECOCIDO?

El margen de distancia entre el puntero y los otros tres no sólo en la medición de Reforma, sino en otras anteriores y de distintas empresas, se ha convertido en algo inédito, lo que hace prever una tendencia inamovible.

Aun así se debe hacer hincapié que, en lo que va del siglo, las encuestadoras no siempre han sido certeras con el resultado final, incluso en márgenes de ventana amplios. El de Andrés Manuel, repetimos, es casi inédito.

Pero ni en México ni a nivel internacional resultan confiables al 100 por ciento. Ocurrió en Francia y, recientemente, en Colombia, pero también en Estados Unidos, en donde Hillary Clinton iba, precisamente, adelante, dos a uno, sobre Donald Trump. Ocurrió con el referéndum del Brexit.

En México, del 2000 a la fecha, los propietarios de encuestadoras, incluyendo a las más “chipocludas” y profesionales, han tenido que salir a dar explicaciones de por qué sus números se movieron o se mueven de un mes a otro, o de una semana a otra.

Cosas, en definitiva, que no tienen que ver con el fallo de sus metodologías, sino con el temperamento momentáneo, o cambiante, de los ciudadanos. Por ello son específicos en los márgenes de error o en marcar con precisión el porcentaje de indecisos o de quienes rechazaron responder.

De cualquier forma, en casi un mes, las cosas se pueden poner color de hormiga.

Y, para colmo, dos temas pican el ombligo o la cresta al proceso, dependiendo del lado que se vea.

Uno interno, el desencuentro constante de López Obrador con el sector empresarial mexicano. En los últimos días de mayo fue constante la difusión de supuestas cartas en donde reconocidos empresarios de importantes firmas, como Grupo México, Vasconia, Herdez, FEMSA, Grupo Bal y Grupo Finsa, llamaban a colaboradores, algunos, y, otros, a empleados a “razonar” el voto y evitar la llegada de un modelo populista al país.

Con anterioridad, unas tres semanas atrás, fue también notorio el encontronazo de Andrés Manuel nada menos que con Carlos Slim, el más rico de México y del mundo, por la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.

Además del apellido Slim están Larrea y Bailléres, que no son cualquier cosa.

Al tira-tira han entrado, en defensa de la “libre expresión” del sector industrial, Gustavo de Hoyos, líder de la Coparmex; José Manuel Campos, de la Concanaco, y Juan Pablo Castañón, del Consejo Coordinador Empresarial

En su esquina, López Obrador tiene a uno también conocido, como es Alfonso Romo, quien, además, es uno de los importantes miembros de su equipo de campaña y prospecto a ser Jefe de Gabinete si gana las elecciones.

Romo ha intentado calmar las aguas, pero sin mucho éxito.

Por otro lado, el factor externo está de parte Donald Trump, Presidente de Estados Unidos, quien la semana pasada lanzó un dardo envenenado al mundo, pero con mucha dedicatoria a México y Canadá, con la imposición de aranceles del 25 por ciento al acero y de 10 por ciento al aluminio.

Su arrojo pone en alerta a más de un sector en México sobre quién de los candidatos es el idóneo para enfrentar en el futuro a esta especie de “tigre” blanco.

Y en el asunto, otra vez hacemos hincapié, a 29 días de la elección, muchos voltean a ver a José Antonio Meade por sus cartas en distintas carteras, pero principalmente en Hacienda, además de una preparación a prueba en cuestiones económicas.

Él mismo lo dijo el jueves pasado, apenas hizo Trump su anuncio: “Ante la posición de Estados Unidos, los votantes deben elegir entre certidumbre o riesgo”.

Al otro día, el viernes, la empresa POP Group, en una consulta pública obtuvo que el 39 por ciento de los entrevistados vía telefónica consideró que el abanderado priísta es el más preparado y capaz.

Los candidatos llegan a la última batalla cargando el respaldo de otras fuerzas políticas, incluso con ideologías contrarias a las que postulan sus partidos.

La Derecha con la Izquierda y viceversa. Otros, como el PRI, con la ayuda de “simpatizantes”, mientras que los independientes sesgados, regañados y disminuidos.

Pero las guerras se ganan hasta a pedradas y ésta es la última para López Obrador, Anaya, Meade y “El Bronco”.

En un terreno en donde todo parece “arroz recocido”, algunos fantasmas rondan.

Por eso, junio es el mes “D”.

 

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@RobertoCZga

 

 

 

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