Gobernar a base de consultas

López Obrador está en su derecho; el que viene es su sexenio y podrá innovar como mejor le convenga

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Si fuera una consulta vinculante a la decisión, y no estuviera convencido de que al final se trata sólo de una estratagema política en la que los únicos ganadores serán Andrés Manuel López Obrador, Javier Jiménez Espriú y José María Riobóo, me habría prestado al experimento y acudido a votar en espera de que me hicieran caso y nos olvidáramos del nuevo aeropuerto en Texcoco, del de Santa Lucía y el resto de parches menores, y seguir el resto de nuestras vidas, al menos la mía, con las terminales 1 y 2 del Aeropuerto Internacional Benito Juárez.

En realidad vuelo poco; ya me resigné, como el presidente electo (reacio a usar, como le corresponde, un avión especial), a perder el tiempo en las terminales aéreas con el pretexto de la saturación del cielo de la Ciudad de México. Y a estas alturas de la edad, el ecocidio del que habla el sapientísimo Gerardo Fernández Noroña me viene valiendo madres porque, en caso de que tenga razón, sus efectos alcanzarán a mis tatataranietos (como el que sufrimos ahora por culpa de nuestro antepasado el neandertal) y, para entonces, la ciencia y la tecnología quizás habrán avanzado lo suficiente para mitigar sus efectos.


Javier Jiménez Espriú y José María Riobóo. Estratagema política

En cambio, me atormenta imaginar el tiempo que perderemos en llegar a Texcoco, a Santa Lucía o a Toluca, Querétaro y Huejotzingo, Puebla, dependiendo de la opción que gane en las ánforas, organizadas y cuidadas por las inmaculadas manos morenas, sin que el calificativo tenga que ver con el color de la piel, sino con el sustantivo que se refiere a los militantes del partido del presidente electo.

Porque si hoy, para llegar a la vieja terminal o a la hundida de Vicente Fox, hay que salir con tiempo más que suficiente de anticipación, dependiendo de la hora en que, en mi caso afortunado, me arriesgo a usar el Segundo Piso del Periférico y, luego, el Viaducto, es de imaginar el que invertiré de lo que de vida me queda en llegar a Texcoco, a Santa Lucía, a Toluca, a Querétaro o a Huejotzingo, dependiendo de la opción que triunfe en la primera de las consultas populares a las que, conforme a promesa-amenaza de Andrés Manuel, deberemos acostumbrarnos.

En mi caso particular me viene guanga la opción ganadora, pero soy sólo un individuo y ni siquiera me viene el calificativo de ser “prensa fifí” o de haber sido favorecido con un contrato o un local comercial en el NAIM, o de tener nexos con la industria turística; mucho menos se me puede calificar de adversario; cuando mucho de crítico.

Pero mi caso (si sobrevivo a la Cuarta Transformación me seguiré arriesgando a aventurarme en el Segundo Piso y el Viaducto para llegar a las terminales 1 o 2 en los 3 o 4 años que sigan en funcionamiento) no sirve de parámetro. La determinación de los consultados ni me viene ni me va, pero no es el caso del resto de la población y del grupo ganador de julio, que, sin tomar posesión, ya gobierna.

 

NI CONSULTAS NI DECRETAZOS

Es ocioso escribir sobre la consulta cuando aún están abiertas las casillas y la gente sigue votando, pero lo importante es la modalidad ya puesta en marcha por Andrés Manuel: Gobernar a base de consultas. El viernes nos advirtió que debemos acostumbrarnos.

Está en su derecho; el que viene es su sexenio y podrá innovar como mejor le convenga, como Enrique Peña Nieto hizo adelantándose con el Pacto por México a los gobiernos de coalición, que deberán esperar otros tiempos, cuando Morena no sea partido hegemónico.

¿Texcoco o Santa Lucía? He ahí el dilema

Está bien que AMLO gobierne a base de consultas, pero más allá de que proteja las fallas esgrimiendo la honestidad de quienes organizaron y operaron la del aeropuerto, está obligado a normar las que vengan para quitarles la sospecha de que sólo sirven para simular que se pregunta al pueblo cuando la decisión ha sido tomada de antemano.

La consulta ya existe en la ley y es cierto que, ante la urgencia de la toma de decisiones, no se puede esperar a que la organice el Instituto Nacional Electoral sólo cuando hay procesos electorales federales, es decir, 12 veces en el sexenio, amén de que, en efecto, las elecciones organizadas por la autoridad electoral pueden llegar a costar más que las obras en consulta.

Sin embargo, el Presidente Electo López Obrador no puede gobernar a base de consultas, como dice, ni a decretazos, como hace tiempo anunció Paco Ignacio Taibo II.

Ni uno u otro sistema son democráticos.

 

¿Y LOS TEMAS SIN OPINIÓN CIUDADANA?

Estoy muy lejos de la temeridad de afirmar que la consulta sobre el aeropuerto estuvo amañada para sostener la decisión ya tomada por López Obrador, pero nadie en su sano juicio puede meter las manos por quienes la operaron.

Digámoslo de otro modo: Si el PRI, PAN y PRD no estuvieran liquidados les habría resultado un juego de niños determinar el resultado de la votación.

Vaya, si el gobierno federal no estuviera pasmado desde julio habría enviado a millones de votantes a decidir la continuación de la obra en Texcoco.

Nada hay más fácil de manipular que una consulta sin vigilancia y sin normas mínimas.

De los decretos, a los que, por cierto, tienen derecho los gobernantes, ni hablar. Simplemente se emiten, sin tomar en cuenta la opinión de la sociedad.

Gerardo Fernández Noroña. Ecocidio

Pero conviniendo en que nos acostumbraremos a las consultas es válido preguntar, por ejemplo, si ya se consultó a los burócratas sobre el cambio de ubicación de sus sedes de trabajo.

No es nimiedad. La decisión es tan trascendental como la clausura o proseguimiento del NAIM; se trata del presente y futuro de miles de familias.  Igual pasa con la reducción de salarios y la extensión de la jornada laboral de 5 a 6 días. Y así con otros muchos temas.

Consultemos a los afectados para que nos digan qué piensan y si están dispuestos a cambiar de residencia para mantener el empleo.

Por lo pronto no necesitará vivir mucho quien quiera saber qué decidió el pueblo sabio sobre el aeropuerto; yo insisto: Me viene guanga la decisión. Para cuando el NAIM funcione, o estén listas las soluciones alternas, mi destino más lejano será la oficina en IMPACTO.

Pero el tema, al margen de consecuencias económicas, reacción de mercados, de calificadoras, de confianza de inversionistas, de generación de empleos, de dinero ahorrado o tirado a la basura, etcétera, es la democracia que viviremos los siguientes 6 años y, quizás, uno o 2 sexenios más, al menos.

 

 

 

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