Fusilan a Lozoya con chinampinas

A despecho de lo publicado en la prensa escrita y difundido en radio, televisión y redes sociales, en las últimas semanas, contra el ex director de Pemex, la única nota es que la PGR no tiene nada en su contra en el caso Odebrecht

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Emilio Lozoya es culpable de echarnos a perder el día.

Cuando se esperaba que, no obstante el nuevo sistema procesal acusatorio, pagara la osadía de presentarse en la PGR sin amparo, saliendo con las manos esposadas, y en un vehículo oficial, con destino a un reclusorio, se trasladó, en cambio, a un lugar tranquilo a concluir la redacción del comunicado que leyó a los periodistas antes de colocarse ante el pelotón de fusilamiento y descubrir que las balas de sus ejecutores, en realidad, fueron chinampinas.

Estoy de acuerdo que en periodismo, en especial el político, la conspiración vende ejemplares, gana auditorios y construye prestigios con facilidad; también que los desinformados, fáciles de manipular, se tragan con facilidad cualquier sarta de medias verdades o mentiras absolutas, pero, diría Perogrullo, la verdad suele ser vulgar, nada glamorosa y no vende; no obstante, al final siempre se impone.

Todo esto porque Lozoya y sus abogados, los Coello, Javier, padre e hijo, ayer se concretaron a conducirse con verdad y, a despecho de lo publicado en la prensa escrita y difundido en radio, televisión y redes sociales, en las últimas semanas, contra el ex director de Pemex, la única nota es que la PGR no tiene nada en su contra en el caso Odebrecht.

Nada, ni pruebas ni evidencias, por lo que, conforme a la carpeta de investigación, si no recibió sobornos de los ejecutivos empresariales brasileños, mal podría haber ayudado a financiar con dinero ilegal la campaña presidencial de Enrique Peña Nieto.

Desde luego, no fue la noticia que querían publicar algunos colegas, en especial quienes creyeron tener en las manos el caso del siglo, el que ayudara a ganar premios nacionales de periodismo o, de jodida, el Pulitzer, pero la verdad, al día de ayer y hasta que la PGR no obtenga pruebas en otro sentido, nada hay que vincule a Lozoya con los supuestos o reales sobornos de Odebrecht.

En un riguroso examen de conciencia, los periodistas debemos aceptar que lo ocurrido prueba que en este, como en otros casos, no basta justificarse usando “fuentes bien informadas”, “documentos confidenciales a los que tuve acceso” y toda la sarta de lugares comunes con los que cierta prensa, en especial un porcentaje del columnismo político, consigue llamar la atención.

Es probable que los datos “duros”, los soportados en hechos y documentos, no en sueños febriles, dichos de terceros o productos de una imaginación fértil, proclive a la conspiración, no seduzcan al lector, pero son lo único válido y da sentido a nuestro oficio.

Mucho tendrán que trabajar quienes tragaron su amargura ayer porque la carpeta de investigación está prácticamente vacía y porque, en la conferencia de prensa, Lozoya y los Coello tuvieron respuesta para todo y porque las preguntas, todas retóricas, sin soporte documental, no produjeron la nota esperada por la afición.

Esto no significa que el caso esté cerrado; la PGR deberá seguir sus tiempos y protocolos procesales, y quienes se quedaron con las ganas de crucificar a Lozoya y a Peña Nieto deberán indagar más y seleccionar mejor a sus fuentes. Fue evidente que quienes los colocaron al borde del ridículo ya demostraron que no son fiables.

Y en esto de las fuentes no fiables debemos incluir a los servidores públicos trenzados en luchas palaciegas que no terminan de entender que por aniquilar a quienes no tienen o perdieron su afecto terminan por darse un balazo en el pie y, en última instancia, dañan a su jefe, el Presidente, y ponen en riesgo la permanencia del PRI en el poder.

Porque (y ahora estoy metido en lo que critico, el síndrome conspirativo) es probable, que conste, sólo probable, que el linchamiento de Lozoya fuese inducido desde del interior de lo que queda de la Corte que inició el sexenio, pero, insisto, esto sólo es producto del contagio del virus de la conspiración.

Lo único cierto es que, por ahora, Lozoya dejó sin argumentos a sus detractores en el tema de Odebrecht, pero hará mal si se confía y baja la guardia porque en cualquier momento se reanudará la embestida.

Por lo pronto ya conoce el contenido de la “carpeta” y tiene oportunidad de recopilar la documentación necesaria para defenderse cuando se reanude el tiroteo.

Por hoy pecará de soberbia quien no reconozca que el ex director de Pemex ganó el primer episodio y que, como el buen boxeador que es, ya estudió a sus contrincantes y sabe lo que traen en los guantes.

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