Fuera del tiempo constitucional

Visos de extravío empiezan a desubicar a Andrés Manuel López Obrador; ilícito y desbordado poder que detona ganador de la elección presidencial

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Andrés Manuel López Obrador. Incontrolable ansia por tomar las riendas del país

En política: el lugar vacío se ocupa. Y esta versión acuñada en su tiempo por Jesús Reyes Heroles, cómo refleja la situación que se vive actualmente con respecto a las funciones del Ejecutivo Federal, donde no se asimila, pero se comprende la posición que guardan Enrique Peña Nieto y todos los miembros que conforman su gabinete, ante las actividades desplegadas por Andrés Manuel López Obrador, una vez que se confirmó su triunfo como candidato presidencial.

Acciones y hechos distantes del protocolo político que marcan un relevo administrativo de este tipo, que nunca se había apreciado en el México democrático moderno, donde el aspirante vencedor, sin contar con su constancia oficial que lo acredite como candidato electo, y fuera de tiempo institucional, llena los espacios noticiosos, generando día con día una agenda que marca la discusión nacional, nulificando de facto al presidente en funciones.


Bien se dice que en política la forma es fondo, y, con ese actuar, se está inaugurando un discutible proceso que marca nuevos tiempos de poder presidencial o el regreso del “presidencialismo” tan satanizado por nuestra democracia, que nos traslada a esa añeja doctrina llamada “Materialista” que, al arribar al poder buscaban llenar espacios para no ser sorprendidos por personajes ajenos a su cofradía.

 

ESTRATEGIA

Estrategia o repliegue involuntario es el que aplica o padece Peña Nieto, obligado ante un poder ilícito y desbordado que detona su sucesor, beneficiándolo a fin de cuentas por el acotamiento mediático que le propicia y lo aleja de los reflectores públicos, y, por consiguiente, del desgaste natural ante la problemática sin tregua que vive sistemáticamente el país.

Un poder ejercido a destiempo, avasallador en su accionar, que detona presencia, posicionamiento y proyección pública; pero en su efecto contrario, poco a poco mina su capital político.

Un ansia incontrolable por tomar las riendas del país fuera de tiempo, no recomendable por los expertos en política, ya que genera un desgaste prematuro, cuestionable e innecesario antes de tomar posesión del cargo, que sólo destaca un ego incontrolable impropio de un futuro jefe de Estado, y un agravio innecesario para el presidente en funciones.

Un tiempo que, por su edad, y lo que subsiste una gestión presidencial, parece insuficiente para solventar su proyecto de gobernanza denominado “La Cuarta Transformación”, donde se ha marcado seis años para instrumentarla, ejecutarla y cumplimentarla, ya que en sus planes no se vislumbra la reelección.

Un tiempo que lo regula como al “narco”, donde importa el día a día, porque su legado como el de “los capos”, se mide por el tiempo en que operan.

Un tiempo restringido para cubrir el amplio espectro de compromisos con los que pretende cambiar a México, que lo traslapa de inicio a la burocracia a la que hará trabajar los sábados, derogando el beneficio de la “semana inglesa” que les otorgó en su mandato Luis Echeverría Álvarez; sin garantizar un resultado eficiente para la administración pública, provocando un descontento entre los afectados que tarde que temprano se hará sentir en las urnas.

 

EXPERIENCIA POLÍTICA

Nadie puede poner en duda los conocimientos y experiencia que ha asimilado en su largo peregrinar en la arena social y política López Obrador.

Aprendizaje que se traduce en capacidad, talento y sagacidad, tan indispensables para subsistir en el medio que eligió como sustento de vida.

Atributos revestidos de “terquedad” como él mismo la califica, que le han permitido coronar en su tercer intento acceder a la máxima representación política en México.

Una Presidencia de la República que siempre fue su obsesión, que, al empezar disfrutarla, que no disponerla, ha dejado visos de extravío que lo empiezan a desubicar, porque como político avezado que es, sabe de sobra que: “quien habla de más pierde la tranquilidad” y que: “las cosas buenas para los que saben esperar”.

Principios y actitudes que se debe observar para evitar los cuestionamientos prematuros y descalificaciones naturales de sus oponentes y de sus creyentes, que observan fisuras e inconsistencias en sus proyectos, nombramientos de sus acompañantes de administración, así como, sus defectos y virtudes propios de cualquier ser humano que en un ente público se sobredimensionan, máxime que se ha convertido en la figura pública del momento, con todos los reflectores de los medios que difunde hasta la minucia de sus actos.

Un actor político que no se debe embelesar con el poder y equilibrar ese poder, ya que la sociedad actual está muy lejos de lo que alguna vez le criticó Octavio Paz: “Una nación sin crítica, es una nación ciega”.

 

EL CAMBIO

Señalaba Napoleón: “Los hombres que han cambiado el Universo nunca lo han logrado convenciendo a los líderes, sino movilizando a las masas. Abordar a los líderes es el método de la intriga y sólo conduce a resultados secundarios. Trabajar sobre las masas en cambio, es el golpe del genio que cambia la faz de la Tierra”.

Sin escudriñar a detalle su predilección por la plaza pública y el contacto directo con la gente que él denomina “pueblo”, donde se siente a sus anchas y con pleno dominio de los escenarios que le permite desplegar a plenitud su liderazgo personal, López Obrador ha explotado de sobra este segmento de población, donde ha germinado ilusos, soñadores, resentidos, pero sobre todo adeptos convencidos, y a plenitud, estos últimos que no lo califican o cuestionan y que casi lo veneran.

Idolatría que lo compromete y obliga adquiriendo una responsabilidad indisoluble con éste sector, ya que, para muchos, es la última oportunidad de incorporarse al bienestar por mucho tiempo postergado, en un México donde existente brecha tan distante como incomprensibles de equidad.

Conoce de sobra los últimos lustros de la historia, donde ha quedado demostrado que los reformadores mexicanos como: Porfirio Díaz, Lázaro Cárdenas, Miguel Alemán Valdés y quizá, con la benevolencia de la historia Carlos Salinas de Gortari, nunca estuvieron a la altura de las circunstancias históricas en que ellos mismos se insertaron, por su escasa relación con la sociedad que los circundaba.

Esa historia que nos recuerda que la inconsistencia es la marca de la casa, porque cuando se entregó la tierra a los campesinos, la producción se desplomó; cuando defendieron el peso como “perro”, el peso de devaluó; cuando entramos en la modernidad, Chiapas ardió.

Una relatoría abundante de uno y otro evento que deja constancia de esa fragilidad para gobernar.

Un México donde ha persistido la idea política de que el progreso es subir únicamente para doblar y regresar al principio.

Comportamientos repetitivos de nuestros políticos y gobernantes, que aun cuando entran con elementos sinceros de que quieren hacer algo por la comunidad, caen en una vorágine que les cambia la mentalidad y sus costumbres, conformando una historia que se ha repetido sexenio tras sexenio.

 

EL RETO

Un México de grandes retos, donde las formas de estilos de ayer, son la indignación de hoy.

Un México que desde el año 2000, en el que se hizo presente la transición o la alternancia política, se ha manifestado la sociedad con un signo distintivo que ejerce y castiga con su voto a los malos gobernantes, donde ha quedado de manifiesto que los partidos políticos ya no son el garante de representación de una sociedad demandante y actuante que reclama sus derechos.

 

NACIÓN DEMOCRÁTICA

Una nación democrática, donde más de 30 millones de ciudadanas y ciudadanos, se manifestaron por un candidato que les prometió un cambio para generar un México en paz, de equidad, de justicia, de oportunidades para acceder a una educación de calidad y trabajos dignos.

Un México en donde nuestros hijos y familia en conjunto puedan recorrer las calles, visitar un parque, utilizar el transporte público sin temor a ser asaltado, secuestrado o asesinado.

Un México donde los jóvenes no sean asediados y seducidos por las drogas, que acaban por enviciarlos o acribillarlos.

Un México donde la posición de género o la diversidad sexual, no sea factor de discriminación o defenestración.

 

OPORTUNIDAD

Un México que da la oportunidad de gobernar al personaje que, con sus mejores cartas de presentación de honestidad y compromiso social, promete eficiencia, transparencia y rendición de cuentas, para iniciar la reestructuración que la población demanda.

Esos elementos de transformación tan diagnosticados, pero tan distantes de llevarse a la práctica, cuyo objetivo fundamental se encamina a sacudirse ese enjambre de corrupción, impunidad e injusticia que nos envuelve y que ya es inconcebible tolerar.

 

LÍDER

Un líder que deje atrás las promesas y compromisos, para que mida lo que ofrece y construya lo que sea factible de realizar, para que se traduzca en bienestar para el país.

Un líder que difunda sus proyectos y los defienda, pero que los reconsidere cuando la utilidad no ofrece los mejores dividendos para la amplia pluralidad que constituye a la nación.

Un líder de fortaleza emocional, de temperamento, pero con la inteligencia necesaria para poder controlarse sin caer en provocaciones, porque es un representante de todos los mexicanos, que como señalara José López Portillo, un presidente debe estar preparado para tomar las decisiones menos malas, porque cualquier decisión que se tome, siempre beneficiará y perjudicará a algún sector.

Un líder como lo describiera Richard Nixon que lo diferencie de un administrador, donde el segundo piensa en el hoy y mañana, y el primero en el pasado mañana con una dirección hacia la historia.

Un líder que sea creador de riqueza, no un combatidor o asistencialista de la misma, que a final del camino no resuelve los problemas y solamente los administra y posterga para el futuro.

Un líder que comparta la filosofía de Deepak Chopra donde las ideas más grandes no son otra cosa que ilusiones hasta que son forzadas a convertirse en realidad.

Una realidad que solamente se podrá alcanzar cuando se logre organizar el espacio público en el que todos convivimos, aplicándose como un concertador por excelencia que logre articular para todos.

Un gobierno que refleje y equilibre bien las fuerzas sociales contrapuestas, que comprenda que la pobreza, la paz e injusticia, no sólo están para entenderla, sino también para solucionarlas.

Un líder que pueda trascender por sus acciones, no por su imagen o promesas.

 

 

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