Foritos de seguridad y el monstruo que descuartizó a 20 mujeres, o más

El caso Ecatepec; el asombro del Fiscal del Estado de México, Alejandro Gómez: ‘Nunca nos habíamos enfrentado a una cosa así’… Y el desilusionante descubrimiento de Alfonso Durazo: ‘Las Policías Municipales se deben fortalecer’  

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Desde hace días, durante el programa “MESA DE REDACCIÓN, Impacto TV”, he tenido en lista de espera el caso de la pareja multihomicida detenida, en el Estado de México, por el asesinato de, cuando menos, 20 mujeres, un hecho que, en horror, empareja cualquier acción del crimen organizado, pero una u otra gracia de la actual política mexicana siempre absorbe nuestra casi media hora de comentarios.

El tema, ocurrido en Ecatepec, tiene, ya, más de una semana que medio asoma entre los medios de comunicación; incluso ayer, ya con cierta tardanza, lo aborda, en El Universal, Héctor de Mauleón. Lo digo así porque si alguien conoce y comenta los vericuetos del terrible mundo del crimen (organizado o no) es él.


Y mientras se realizan esfuerzos no sé qué tan funcionales, o con qué tanta sustancia, para arrojar, si así se pudiera, un ínfimo resultado que avance contra el salvajismo que nos rodea, hemos ido perdiendo el asombro.

Entre los foritos de paz, justicia, perdón, olvido o amnistía del equipo de Andrés Manuel López Obrador, y los esfuerzos del Gobierno federal para dar con casi 37 mil desaparecidos, como el Sistema Nacional de Búsqueda de Personas, instalado ayer por Alfonso Navarrete, Secretario de Gobernación, ocurren horripilantes casos que ni siquiera alcanzan a rozar la mínima mención en tales niveles.

Para no ir tan lejos, ni siquiera la detención ayer, en la Ciudad de México, de una célula de seis integrantes del Cártel de Pacífico, sorprendida con armas, drogas y casi un millón de dólares, nos hizo cosquillas. Como si ya nos hubiéramos tragado, por completo, el cuento de que en la Capital no opera el crimen organizado.

Tampoco quita el sueño a los foros y a los planes de la actual administración federal la larga lista de linchamientos, en algunos cuyas víctimas son confundidas con delincuentes y en no pocas ocasiones quemados vivos.

Si habláramos del frío matiz de la nota roja de aquella publicación, de todavía hace algunos años, Alarma!, el caso protagonizado, ahora, por los homicidas seriales Juan Carlos y Patricia no daría tregua a las reediciones ante la revelación de lo inaudito del caso y del nivel en el que estamos en investigación policiaca.

Ambos, la pareja que enganchaba mujeres jóvenes desde el 2012, padecen, según las propias autoridades, perfiles que van desde demencia psicótica hasta trastorno de personalidad, aunque, se afirma, “los dos distinguen entre el bien y el mal”.

Ante lo descubierto, y seguros de que el caso escalaba en algo sumamente escalofriante, el Fiscal del Estado de México, Alejandro Gómez, reaccionó: “Nunca nos habíamos enfrentado a una cosa así”.

El caso de Juan Carlos y Patricia, seguramente, supera aquellos también espeluznantes expedientes de “La Mataviejitas” y “El Caníbal”. Las evidencias recolectadas, hasta ahora, contra la pareja de Ecatepec, mas sus propias confesiones, superan cualquier texto de imaginación, periodístico o de ficción, al estilo de Édgar Allan Poe o Truman Capote. Sobre el caso de José Luis Calva Zepeda, “El poeta caníbal” de la Guerrero, recuerdo que en el 2007, cuando se investigaba su delirante costumbre de comerse a sus novias, un funcionario de la Procuraduría capitalina me mostró, para un reportaje que IMPACTO realizaba, un esqueleto de hule como uno de los “juguetes” preferidos del acusado que después moriría en la cárcel. Nada para lo atroz que han descubierto a los asesinos seriales de Ecatepec.

Pues el caso que hoy apenas comienza a conmover, por encima de foritos y otros eventos de seguridad, se descubre, potencialmente, cuando, al ser cuestionados por policías en plena vía pública, Juan Carlos y Patricia transportaban en una carriola, y en bolsas, trozos de cuerpo de una o varias de sus víctimas.

Y de ahí para adelante, todo fue conmoción:

Partes humanas, todas de mujeres, dentro de un refrigerador, en cubetas con cemento, en un predio y en al menos dos casas.

Cuando, ya en interrogación, preguntaron al conocido ahora como “El monstruo de Ecatepec” por qué había asesinado a 10 mujeres, la respuesta los dejó atónitos: “No son 10; he matado como a 20”.

Y el interrogador narra: “Con un arma punzocortante las degollaba, abusaba de ellas sexualmente, las descuartizaba y colocaba sus órganos en frascos con formol”.

Y él, sin remordimiento alguno, confesaba: “Prefiero que mis perritos coman carne de estas mujeres a que ellas sigan respirando mi oxígeno. Mil veces que coman los perritos y las ratas a que ellas sigan caminando por ahí”.

“Yo estoy bien; lo que hago está bien, patrón, porque estoy limpiando el mundo de porquería. Estoy completamente sano y bien”.

Recién detenidos, Juan Carlos reveló que odiaba a las mujeres desde que vio a su madre tener sexo con varios hombres.

Las desapariciones de mujeres en el Estado de México, entre 20 y 30 años en promedio, se hacían públicas, pero, como otras veces, los expedientes iban amontonándose y perdiéndose en el cúmulo de casos.

Juan Carlos y Patricia tomaron, sin organización alguna y con padecimientos psiquiátricos, una ventaja de seis años a la autoridad.

El lunes, Alfonso Durazo, próximo Secretario de Seguridad nacional, dio una desilusionante primicia: Una de las mesas de trabajo en los foros concluyó que lo primero que debe hacerse es “fortalecer a las Policías Municipales”.

¿A poco? ¿En serio?

Vaya, entonces, la esperanza que tenemos de, si no es pedir mucho, prevenir el horror.

 

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@RobertoCZga

 

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