Esencias, apariencias y nombres

Tridimensional mundo de la política; sistemas y protagonistas tienen forma, fondo y mensaje

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Todo lo que conocemos se ubica en tres dimensiones de apreciación. Una es como son en su realidad. Otra, como las apreciamos sensorialmente. Por último, como las conceptualizamos mentalmente, dicho todo esto de manera muy esquemática, y hasta muy primitiva.

El mundo de la política también se ajusta a esa tridimensionalidad. Los sistemas y los protagonistas de la política tienen forma, fondo y mensaje. Por ello, una decisión de gobierno puede ser buena o mala, pero eso es distinto a si se ve bien o mal. Y ambas calificaciones también son diferentes a si nos gusta o nos disgusta.

Ante ello, un primer impulso de racionalidad nos induce a pensar que lo importante es que la gestión de gobierno sea buena, aunque no se aprecie ni nos guste. Por eso pensamos, llegado el caso, que un incremento tributario o una medida de seguridad pueden ser benéficos, aunque nos desagraden. Que lo importante es el fondo, y no la forma. Que lo esencial es que el gobierno y el gobernante sean eficientes, y no simpáticos. Que sirvan, no que luzcan. Que funcionen, no que adornen.

Sin embargo, una segunda reflexión nos anuncia que la forma no es tan trivial. Que hay grandes decisiones nacionales que dependen de la apariencia del gobernante, y hasta de la mera percepción que se tenga de él. Sigamos con mi ejemplo de una reforma impositiva. Estas nunca son gratas, pero pueden sazonarse si no en suculento, por lo menos en insípido. Un buen requisito de apariencia y percepción sería que el ciudadano creyera que sus gobernantes son eficientes y honestos. Que los dineros que le van a extraer serán aprovechados y respetados. Que su gobierno no es estúpido ni ratero.

Por la misma razón, una reforma petrolera con matices privatizadores sólo puede concretarla un gobierno con buena fama de nacionalista. Una reforma policial con mayores potestades sólo puede definirla un gobernante con prestigio de legalista. Y una reclamación a las grandes potencias sólo puede presentarla un estadista con aura de patriota.

He ahí la similar importancia que tiene la esencia de una decisión, la apariencia de su autor y la conciencia que se tenga de ambos, pero además el cálculo de tiempos y circunstancias. Una reforma se lleva tres años. Un prestigio se logra en tres sexenios, o en tres generaciones. Tocaré algunos episodios, desde luego pretéritos, para no ser alusivo.

Adolfo López Mateos fue muy buen presidente y, además, muy querido. Gustavo Díaz Ordaz fue casi tan buen presidente como su antecesor, pero muy odiado. Si los calificáramos, López Mateos fue de 10 y Díaz Ordaz fue de 9, pero el juicio político en su momento y el juicio histórico para la eternidad les son totalmente distintos. A López Mateos se le ha exculpado hasta de algunos desaciertos, que los tuvo, como cualquier hombre. Hoy se le recuerda, se le venera, se le imita y hasta se le extraña.

A su vez, Díaz Ordaz fue el discreto y eficiente continuador de la obra de López Mateos. Siempre he dicho que tuvo un buen sexenio, pero un mal día. Y ese mal día es el único que la historia le recuerda, y le reclama. Con ese solo día se califica a toda su gestión. La diferencia entre ambos presidentes no fue tanto la esencia de su gestión, sino la apariencia de sus estilos y la conciencia de sus virtudes.

En otra latitud, pero en el mismo tiempo. John F. Kennedy fue un presidente agradable, gallardo, elegante, atractivo y carismático. Desde luego, escribió episodios que emocionaron a su pueblo, como la crisis de los misiles, el inicio de la conquista espacial y su intervención en el sur racista. Sin embargo, en un análisis frío resultaría difícil ranquearlo entre los 10 o 15 mejores presidentes de su nación, pero el cariño legendario hizo que casi se olvidaran páginas como Bahía de Cochinos, complicaciones en la Guerra Fría o el recrudecimiento de la Guerra de Vietnam.

Por el contrario, Richard M. Nixon fue uno de sus mejores presidentes, pero era arrogante, antipático, áspero, brusco, y se dice que hasta repugnante. Por eso casi nadie recuerda que logró la apertura con China, que realineó al Medio Oriente, que aprovechó el embargo petrolero, que capitalizó el abandono del patrón-oro y que sacó a su país de Vietnam, causa perdida y dolorosa. Incluso, que en su mandato se llegó a la Luna, pero sólo se recuerda que se rasuraba mal, que bebía mucho, que espiaba rivales, que grababa conversaciones y que no tenía amigos.

Es que todo puede ser muy importante en la política. No sabemos si una mueca solucione una crisis o si una sonrisa desate una guerra. Todo depende de muchos factores. Alguna vez Nixon dijo, ante el retrato de Kennedy, “cuando te ven a ti, piensan en lo que ilusoriamente quieren ser, y cuando me ven a mí, piensan en lo que realmente son”. Es cierto. En mucho, para los estadounidenses, Kennedy era un paisaje, y Nixon era un espejo. Y, a veces, a nuestros paisajes queremos lucirlos, mientras que a nuestros espejos deseamos romperlos.

 

Abogado y político. Presidente de la Academia Nacional A. C.

[email protected]

twitter: @jeromeroapis

 

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