Entre ‘Robin Hood’, ‘Chucho el Roto’ y mi Fedora pelo de conejo y castor

Antes de enfilar al Salón Tesorería, la voz fue clara: ‘Al pasar al salón se quita el sombrero’. La semana pasada no hubo problema, dije. ‘Sí, por eso le digo, porque lo vimos. Ante el Presidente quítese el sombrero’. Pensé en ‘Buckingham’, la ‘Zarzuela’

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Salvo el detalle de que por lo regular siempre quiere tener la razón en todo, las “mañaneras” del Presidente Andrés Manuel López Obrador son impredecibles.
Por algún lado, todos los días, saltará la liebre, que él la aplacará con un “me canso ganso”. Y si de ensalzar algún logro se trata dirá que “batea” arriba de 300 de porcentaje. Aunque de los atorones, retrasos o metidas de pata de sus colaboradores, culpará al “neoliberalismo”, los “conservadores” o los “fifís”.
Es terco, como él mismo dice. Pero respuestas, a todo, no le faltan. Trabajador hasta el cansancio y el asombro. Desde que tengo memoria, y vaya que ya hace rato, no sabía de un Presidente de la República que trabajara sábados, domingos y otros días de guardar. ¡Qué Guadalupe-Reyes ni qué ocho cuartos!
Bueno, ya toca; ayer, el Presidente anunció que “mañanera” hasta el miércoles, un descansito y el domingo a darle, con o sin Resurrección.
La de ayer fue mi tercera visita al Salón Tesorería de Palacio Nacional en plan del periodista, que siempre he querido ser. Una por semana, cada lunes. En las tres ocasiones intenté que el Presidente me diera la palabra y, con mi patita de conejo oculta, me tocó. Más bien, lo que se requiere es insistir, ser, como dice él, “terco”.
Pero, además, al que madruga, Dios le ayuda. El primer lunes fui el séptimo de la fila sobre la Calle Moneda. El segundo, el segundo. Y ayer el tercero.
Nada mal, comentaba con el periodista del moñito y Urbano Barrera, gran comunicador de Ovaciones, sentir el fresco colofón de la madrugada, aunque todo el día se arrastre la otra “desmañanada”, la de las 3:30-4:00 horas.
Por ello, la segunda semana se me ocurrió cubrir mi ya poco cabello con un sombrero mala copia de un Panamá o australiano que colgaba, desde hace tiempo, en el perchero de mi departamento.
Ese día pasé la aduana de la reverencia en Palacio Nacional. Con todo y mi sombrero barato, el Presidente me dio la palabra y el tema fue la Reforma Educativa. Mis jefes me dijeron que me parecía al Profesor Jirafales.
Ayer, entonces, me puse fino; quise estrenar mi Fedora negro pelo de conejo y castor ala recortada en el meritito Salón Tesorería. Antes de llegar a mi lugar de espera, la verdad, se disfruta la soledad, de las 5:00 de la mañana, del Zócalo capitalino, aun alumbrado, resplandeciendo la nostalgia de su Historia con cada edificio que lo rodea, como un museo de arquitectura al aire libre.
Media hora antes de enfilar al encuentro matinal, alguien de la logística (o Ayudantía, con maneras de Estado Mayor), con voz clara, me leyó la cartilla: “Al pasar al salón se quita el sombrero”.
La semana pasada también portaba uno y no hubo problema, dije.
“Sí, por eso le digo, porque lo vimos. Ante el Presidente quítese el sombrero”, insistió.
A la cabeza se me vinieron los nombres de “Buckingham” y la “Zarzuela”.
Primero me declaro incompetente de faltar el respeto a un gobernante (aun cuando no tenga ningún título de nobleza), pero, además, no aspiro a mucho, sólo acudir a la “mañanera”, con o sin sombrero, sin la ocurrencia de hacer un “pancho” al Presidente, como nombres reconocidos en el periodismo lo han hecho con actitudes irreconocibles.
Lo extraño era la reverencia exigida. ¿A qué templo acudía? ¿Al palacio de qué Rey?
Ante los saludos de etiqueta o cortesía, como los de respeto, se suele quitarse el sombrero y volverlo a la cabeza. Otras ocasiones, como escuchar un himno nacional o estar en un funeral, mantenerlo en las manos.
Bueno, quizá no me apellido Guadiana ni soy senador ni amigo del Presidente, y ante eso no puedo mantener mi Fedora negro sobre mi cabeza, durante la “mañanera”, frente al Ejecutivo.
Ya en el Salón Tesorería, el fresco es nada y el pelo de conejo puede estar en las manos.
Informativamente, el Presidente y sus colaboradores hablaron de los precios de la gasolina y los empresarios “gandallas”. De la nómina de la burocracia.
Fuera de los temas de primera línea (yo pregunté sobre su “sana distancia o cercanía” de Morena, por el pleitazo entre Yeidckol Polevnsky y Ricardo Monreal) estuvo jocoso el de la promesa de crear un instituto que devuelva de manera pronta y expedita todo lo que se le confisque a la delincuencia organizada y a políticos corruptos. Un instituto “Robin Hood” o “Chucho el Roto”, dijo.
Más allá de no poder portar mi Fedora en la “mañanera”, creo que nada trasciende a utilizar expresiones como “Alteza”, “Alteza Eminentísima”, “Excelentísimo Señor”, “Ilustrísimo Señor” o, como en Rusia, a los príncipes, “Su Serenidad”, aunque el término me suena, me suena.
Me basta con que cada lunes me dé la palabra. Que yo pregunte y él responda.
Porque, en fin, ya me descubrieron: Esperaba que pasara el sexenio para, sin reservas, sin que alguien de logística, de la Ayudantía (con gaje de Estado Mayor), me lo dijera, y viendo que la 4T fue realidad por sobre la bella utopía, expresarlo con do de pecho: “Presidente, ante usted me quito el sombrero”.

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@RobertoCZga

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