Entre los prodigios y los resultados

En la política, como en todo espacio del acontecer humano, existe la buena suerte y, ¿por qué no?, los milagros

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Felipe Calderón ganó la elección presidencial, entre otras razones, porque tuvo buena suerte

El otro día escuché decir a una dama devota, pero desesperada, que ya no sabía a cuál santo rezarle para que nos remediara. Por otra parte, todos los días oigo decir a ciudadanos agnósticos, pero decepcionados, que ya no saben por cuál candidato votar para que nos resuelva.

Ello, de inmediato, me llevó a pensar que en la política, como en todo espacio del acontecer humano, existe la buena suerte y, también, ¿por qué no?, existen los milagros.

Un viejo chiste cuenta que un creyente le rezaba a su dios para que lo socorriera con el premio de lotería que ya mencionamos. Su altísimo lo escuchó y quiso complacerlo, pero antes le ordenó que comprara un boleto del sorteo.

La distinción entre una y otros es de naturaleza causal, y no resultante. Es decir, tiene que ver con la causa eficiente de lo que se produjo, aunque lo producido haya sido lo mismo en uno y en otro caso. La buena suerte sería sacarse la lotería comprando el boleto premiado. El milagro sería sacársela sin siquiera comprar boleto. La consecuencia es la misma, pero el origen es el distinto.

Traslademos este ejemplo al acontecer político mexicano de los años recientes. Felipe Calderón ganó la elección presidencial, entre otras razones, porque tuvo buena suerte. Primero, que Vicente Fox no supiera tejer la trama para la sucesión de su favorito. Segundo, que Santiago Creel encontrara dificultades para triunfar ante el panismo interno. Tercero, que un PRI dividido hasta el encono facilitara su propia y estrepitosa derrota, transfiriendo votos gratuitos a Calderón. Cuarto, que López Obrador no contara con la suficiente estructura de representación y vigilancia. Quinto, que el Doctor Simi le quitara al “Peje” los pocos, pero determinantes, votos de victoria.

Sin embargo, además de esos prodigios, Calderón había comprado su boleto. Determinó su estrategia, formó sus cuadros, se apartó de Fox, se deslindó del gabinete, trabajó su elección interna, financió su campaña, propuso un discurso electoral sencillo, ganó el primer debate, pudo sortear el golpe del hildebrando y hasta otras cosas que se dicen, pero que a mí no me constan. Todo eso muestra que quería ganar. Y ganó.

A diferencia de ello, la victoria de Ernesto Zedillo fue un auténtico milagro. No era un salinista genuino. Sus cargos en el equipo de Salinas se debieron, siempre, a José Córdoba, no a Carlos Salinas, quien, incluso, llegó a sospechar y, más tarde, a comprobar su deslealtad. Murió Luis Donaldo Colosio, la Constitución se interpuso a los deseos salinistas en cuanto a suplencias, los opositores que siempre fueron alcahuetes con el presidente le voltearon la cara cuando más los necesitaba, su temperamento le traicionó el pensamiento y  se decidió a favor de lo impensable. Zedillo no compró ningún boleto, sino que el destino se lo llevó a las manos.

¿Qué conclusión podemos sacar de este tema? Que el político de verdad tiene que saber distinguir, con toda claridad, cuando requiere de la buena suerte y cuando requiere de un milagro. Francisco I. Madero necesitaba de buena suerte para tirar a Porfirio Díaz. Nicolás Zúñiga y Miranda necesitaban de un milagro. Plutarco Elías Calles necesitaba de buena suerte para imponer a Pascual Ortiz Rubio. Venustiano Carranza necesitaba de un milagro para imponer a Ignacio Bonillas. De los que lucen para el futuro, algunos necesitan buena suerte y otros requieren milagros. Cada lector clasifíquelos en el grupo de su parecer.

El verdadero político suele tener una noción muy clara de su realidad y de la de los demás. Sabe a quién tiene que asociar, comprar, vencer, separar, elogiar, criticar o destruir. Sabe en qué se debe aplicar y en qué no se debe desperdiciar. Sabe en qué tiempo debe hablar y en cuál callar. De qué manera avanzar y de qué modo esperar. Esto significa, tan sólo, propiciar su buena suerte.

Por eso, el político debe comprar-el-boleto para, con algo de suerte, vencer a la pobreza, la delincuencia, el desempleo, la injusticia y la desesperanza, pero no puede esperar los milagros necesarios para, sin hacer nada, remitir la corrupción, la ingobernabilidad o el desprestigio.

Todo esto nos lleva, en el terreno de la política real, por cierto, la única en la que creo, a facilitar nuestras decisiones ciudadanas y hasta las gubernamentales. Nunca vamos a recuperar Texas ni California, pero sí podríamos recuperar Monterrey y Acapulco. Nunca llegará una nave mexicana a la Luna, pero sí podemos llegar a la reforma política, económica, social y cultural. No vamos a ganar el mundial de futbol, pero sí podríamos ganar dignidad, seriedad y credibilidad.

Y, al final de cuentas, es más importante lo que podemos ganar, con  nuestro boleto y algo de buena suerte, que lo que podríamos esperar de los milagros.

 

 

Abogado y político

[email protected]

twitter: @jeromeroapis

 

 

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