Entre la pluralidad y el pluralismo

Individuos que forman una misma sociedad tiene una distinta valencia dependiendo del enfoque y del punto de asimetría

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Desde hace años, mucho se habla de pluralismo, y muchos lo confunden con pluralidad. Yo no dudo que nuestros gobernantes sean expertos en los conceptos de pluralidad y en otros muchos de la agenda política del mundo actual, pero sí sé que a la gran mayoría de nuestro sufrido y tolerante pueblo, la idea de la pluralidad le resulta críptica. No sabe lo que es. No sabe si es buena o mala. No sabe si sirve o no. No sabe si la poseemos o tan sólo la anhelamos. No sabe si con ella viviríamos en un país más seguro, más justo, más sano, más escolarizado, más urbanizado y más esperanzado, o si seguiríamos igual de jodidos que como hasta ahora.

Quiero suponer, sin embargo, que muchas veces se quiere decir pluralismo y dijo pluralidad. Que en la mente se relaciona con un sistema, no con una calidad. Que les parece positivo que el mexicano sea un sistema político con capacidad para procesar y asimilar las diferencias de opinión y las divergencias de criterio. Eso se llama pluralismo, no pluralidad, porque la pluralidad como atributo de calidad indica que algo se compone por varios, y no por uno solo.

Desde ese ángulo, nuestra pluralidad se refiere a que somos muchos, pero no creo que eso sea lo que se quiera decir. También en una acepción de extensión política, hoy se llama pluralidad a aquella calidad de algo compuesto por varios elementos distintos y diferentes, pero tampoco creo que lo que haya querido festinar fuera que somos muchos y, además de muchos, muy distintos, porque las diferencias que existen entre los individuos que forman una misma sociedad tiene una distinta valencia dependiendo del enfoque y del punto de asimetría.

Si lo observamos desde el ángulo de lo meramente político es, precisamente, cuando estamos hablando de pluralismo. Este tiende a ser un factor positivo dentro de las sociedades modernas y, muy particularmente, dentro de aquellas que  aprecian la democracia y que se encuentran en procesos de estabilización, porque la democracia concebida sin las tolerancias y los respetos del pluralismo es precaria y perentoria, pero también las naciones en proceso de Revolución instalan peligros innecesarios cuando apresuran sus tolerancias incluyentes y divergentes.

Ahora bien, si a esa misma sociedad le observamos sus diferencias desde el ángulo de lo económico estaríamos hablando de desigualdad. Esta suele ser un factor de injusticia, de atraso y, eventualmente, hasta de desestabilización, porque, como nos sucede a muchos mexicanos, me avergüenza que en nuestro país tenga que existir hasta un ministerio destinado a la atención de la pobreza.

A corregir o a medio atenuar lo que, a través del tiempo, ha producido nuestra imprevisión, nuestro egoísmo, nuestra indolencia, nuestra irresponsabilidad y nuestra deshonestidad.  Que un país tan rico tenga tantos miserables.  Que un país con tantos pobres tenga ricos tan ricos.  No me duele que existan ricos.  Ojalá hubiera más.  Me duele que existan pobres, porque la pobreza es un tema esencial de la política, y es un tema eminente de la justicia.

Considerarla tan sólo como un tema de la economía sin conexión con la política ni con la justicia es condenarla a ser un tema del mercado, y no a ser un tema del Estado.  Lo anterior sería, y ha sido, particularmente grave entre nosotros porque si en algún lugar la pobreza está indisolublemente ligada con la política es en México.  Y aquí aparece otro parámetro de nuestras diferencias.  En lo social se llama heterogeneidad.

En México, más que en otros países de occidente, ser muy pobre es, además, ser muy débil, así como ser muy rico acarrea, casi invariablemente, ser muy poderoso.  Para los mexicanos pobres es difícil hasta acceder a los privilegios mínimos de la ley, mientras que los mexicanos ricos están asociados hasta con el proyecto nacional de destino.  Para nadie familiarizado con nuestro sistema político escapa la realidad de que el Presidente mexicano habla con los 10 hombre más ricos del país más veces y más tiempo al mes que con lo 10 subsecretarios y con los 10 gobernadores más relevantes e influyentes.

De esto se desprende una consecuencia gravísima, y no suficientemente acometida.  El proyecto mexicano de repartos es muy complicado porque  repartir la riqueza en México no solamente implica repartir dinero, sino repartir también poder.  No es un tema de repartición económica, sino también de participación política.  No sólo implica distribuir privilegios, sino también compartir decisiones.

Por eso, la democracia mexicana al estilo neoliberal es un mero embuste porque la redistribución del poder requiere hacerse desde o hacia los centros neurálgicos del poder.

En fin, muchos mexicanos desearían que nuestras diferencias fueran transitorias y declinantes.  Que cada vez se requiriera, en menor medida, su operación a base de haber remitido gradual, pero definitivamente, la pobreza, la marginación, el desamparo, la desigualdad y la debilidad.  Que la pobreza fuera el recuerdo de una época mexicana oscura y pretérita en la que había mexicanos sin empleo, sin vivienda, sin escuela, sin salud y sin esperanza, donde algunos mexicanos creían en la equivocada fórmula de Donald Trump de que “al final de la vida, quien tenga más juguetes gana el juego”.

 

 

Abogado y político.

[email protected]

twitter: @jeromeroapis

 

 

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