Enroques sin explicar nada y sin perfilar nada

La política y la corrupción terminan por suplantar lo trascendente, herencia maldita de la administración pasada que se repite

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Al inicio de la 4T, y bajo el argumento de la necesidad de acercar los servicios financieros y de banca a las zonas más pobres y marginadas del país, se planteó el cambio del Bansefi, que, ciertamente, era parte de una banca de desarrollo inocua, intrascendente y de poca penetración social, y poca capitalización financiera, a un banco social de mayores recursos, con una más amplia red de presencia financiera y con mayores recursos de atención a la población socialmente vulnerable; esta era la idea del Banco del Bienestar, a cargo del ex senador de la República Rabindranath Salazar.

La idea no era mala, e incluso necesaria; ciertamente, el Bansefi era una anomalía en el compendio de los instrumentos financieros bajo la tutela de la concepción neoliberal de Hacienda en nuestro país; era parte de la banca de desarrollo que no tenía ni los recursos suficientes ni la infraestructura necesaria ni la voluntad política para hacerla útil. Solamente se utilizaba como caja de dispersión de los programas sociales, sobre todo de Prospera, pero aun así era insuficiente, dado que no cubría las zonas mayormente vulnerables.

En los temblores del 2017, que causaron daños estructurales a regiones marginadas del país, como Chiapas, Oaxaca, Morelos y Puebla, quedó de manifiesto la frágil estructura bancaria y de apoyo financiero de Bansefi; de allí surgió la necesidad de replantear su presencia, objetivos y atribuciones en un gobierno con perfil eminentemente social. En palabras de López Obrador, sería el Banco de los Pobres, cumpliendo tareas no sólo de dispersión monetaria, sino de inclusión financiera, inversión social y de presencia física en las zonas marginadas del país; se le dotó de recursos; se le ideó una planeación financiera e incluso se le indilgaron tareas de operación política, dado que concentraría operaciones relevantes en diversas comunidades de difícil acceso.

Todo iba bien, al menos en papel, hasta que aparecieron los recursos y, con ello, la necesidad de licitar procesos, obras, instrumentos, infraestructura financiera y todo aquello indispensable para darle forma de un verdadero banco de desarrollo social. Y es aquí donde empezaron lo problemas, con un gobierno en el que el combate a la corrupción no tiene nada de sistémico ni estructural, sino de mera voluntad presidencial; empezaron a emerger las especulaciones sobre licitaciones amañadas, dirigidas, expresamente, a determinadas personas, y alianzas con personajes de la vida financiera del país muy cuestionables.

Para empezar se adjudicó a una sola empresa, con origen en el Estado de México, la adquisición de los cajeros automáticos, comprados en Corea del Sur a un sobre precio; se adjudicó, de igual manera, la construcción de las instalaciones financieras al ejército nuevamente, y a una sola empresa se adjudicó lo compra del proceso de administración de información financiera. Todo esto bajo un manto de opacidad y escasa rendición de cuentas.

Todo bajo la especulación de que la mano que mece la cuna de todo este proceso de transformación de la banca de los pobres está en Palacio Nacional y cumple la fundamental tarea de construir la estructura operativa territorial de Morena en el país. Difícilmente, y es algo que ya está comprobando este gobierno, estas operaciones pasarán desapercibidas; todo, tarde o temprano, saldrá a la luz pública por una u otra razón. Y, con ello, el escándalo.

Frente a esto, y dado que podría ser un tema que alcanzaría a la propia oficina del presidente, se decidió cambiar al responsable y hacer un enroque entre la Secretaría de Gobernación y la Secretaría de Hacienda sin justificar la decisión, hablar sobre el proceso y evolución del Banco de los Pobres, sin especificar la tareas encomendadas, sin hablar sobre el objetivo en sí y dejando todo a la especulación sobre la decisión del enroque.

¿Y el proyecto? Nada. Simplemente nada. Ese será el adjetivo que vendrá a la mente cuando hablemos de los proyectos socialmente relevantes de este gobierno: NADA.

La política y la corrupción terminan por suplantar lo trascendente, herencia maldita de la administración pasada que se repite.

 

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