Embestida contra el Ejército

A considerar la proliferación de la sospecha de que su desgaste responde a una estrategia cuya finalidad nadie se atreve a mencionar

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Preocupa la velocidad en que se deteriora la imagen del Ejército Mexicano en la Cuarta Trasformación.

Incluso antes de la guerra de Felipe Calderón, y de su continuación por Enrique Peña Nieto, se le temía, pero también se le respetaba; hoy se le sigue temiendo, pero es objeto de mofa, sobre todo a partir de que su Comandante Supremo dijera que si por él fuera lo desaparecía, pues México no es país belicista.

Más aún después de los malabares a los que el secretario de la Defensa Nacional, general Cresencio Sandoval, debió acudir para que otras dependencias no cargaran, como merecían, pero sí el Ejército, con la vergüenza de la debacle, en Culiacán, de la política gubernamental en seguridad.

Del encuentro del gabinete de seguridad con los periodistas la conclusión es que, verdad o no, el único culpable del operativo fallido fue el oficial al mando de la fuerza militar.

Confieso, tengo profundo respeto por el Ejército. En mi vida profesional tuve la suerte de gozar de la confianza de secretarios de la Defensa Nacional como mi general Antonio Riviello y mi general Enrique Cervantes Aguirre.

Podría presumir aún más, pero aprendí de aquel agarrón del pelo en la nunca de quien me preguntó si sabía guardar un secreto y se contestó a sí mismo: “¡Yo también, cabrón!”; así que lo guardo.

Tuve oportunidad de ver al general Riviello soportar durante la rebelión, en Chiapas, del subcomandante Marcos la deslealtad de su colega de la Marina, que no le prestó helicópteros aduciendo inexistencia de refacciones.

Ya retirado, una tarde, en IMPACTO, me habló de su agradecimiento a Manuel Camacho por haber convencido al Presidente Carlos Salinas de desactivar el operativo militar que tenía listo para acabar con el movimiento. En ese momento se encabronó, pero con el tiempo entendió que de no haberse impuesto el comisionado para la paz “estaríamos siendo juzgados por genocidio”, me dijo, pero también supe por él de su respuesta al comisionado Nacional de Derechos Humanos, que le comunicó la decisión presidencial de que efectivos zapatistas inspeccionaran los puntos de vigilancia del Ejército Nacional: “Dígale que acepte mi renuncia”.

Cuando pregunté al general Cervantes Aguirre cuál sería la actitud del Ejército si Vicente Fox ganaba las elecciones presidenciales, como ocurrió, me contestó: “¡El Ejército no es el IFE!”.

Y así fue como el Ejército se comportó en ese momento histórico, igual que durante el triunfo de Andrés Manuel López Obrador.

En octubre de 2006, Juan Ramón Bustillos escribió, en su columna “El Hijo desobediente”, sobre la presunta rebelión del secretario de la Defensa Nacional, general Clemente Vega, quien habría exigido al Presidente Vicente Fox órdenes por escrito para liberar Oaxaca de Flavio Sosa y sus huestes.

La Defensa Nacional dedicó un comunicado oficial especial para responder a Juan Ramón: “Yo no podría insubordinarme al Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas… en estos momentos, las instrucciones las recibo del señor Presidente de la República, y de nadie más”.

Así fue en el comunicado, pero, en la vida real, la Marina Armada de México acudió en auxilio del gobernador Ulises Ruiz.

Podría escribir mucho más, como del problema en que un funcionario lenguaraz metió en líos al general Cervantes y al gobierno al revelar a la prensa internacional la identidad del informante que quitó la máscara al subcomandante Marcos, o como cuando el general Guillermo Galván reveló a generales de División que no estuvo enterado del operativo de la aprehensión de Jorge Hank en su casa en Tijuana, o de….

En realidad se trata sólo de externar mi preocupación porque es un hecho incuestionable del malestar en el Ejército, no sólo de altos mandos, sino de la tropa y oficiales de todo tipo, por el deterioro de su imagen.

Preocupa aún más la proliferación de la sospecha de que su desgaste responde a una estrategia cuya finalidad nadie se atreve a mencionar.

En el desayuno, de este martes, con generales, el secretario de la Defensa debió advertir el malestar y quizás en un acto de lealtad con su Comandante Supremo lo comunicó.

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