El terror cerval de PRI y PAN a López Obrador

‘El simpatizante’, el único que podría parar a Morena; el supuesto de que, sólo por ser inmaculado, Meade sea el candidato constituye una ofensa a otros aspirantes (Osorio, Beltrones, Eruviel, Nuño o Narro) que sí son militantes priístas y que, por declarárseles corruptos, sin acusación ni proceso de por medio, al menos merecen una disculpa

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El Presidente Peña Nieto insiste en engañarme con la verdad, y yo en robarle la señal.

Hasta ayer, todos pensábamos que seleccionaría a su sucesor entre su hijo, su amigo, su competidor leal o quien no tiene escándalos que lo persigan, todos ellos priístas.

Sin embargo, todo indica que, al final, está cediendo al “default”, es decir, el no tienes otro al que puedas presentar al país tan inmaculado como Andrés Manuel López Obrador y que, además, sea experto en todo, pues sólo le falta ser secretario de Marina y de la Defensa Nacional, aunque debe tener cartilla del servicio militar. Chance y hasta juega beisbol.

A la clausura de la XXII Asamblea Nacional del PRI, el Presidente se hizo acompañar ayer por los militantes priístas que aspiran a sucederlo (Miguel Osorio, Aurelio Nuño, Manlio Fabio Beltrones, José Narro y Eruviel Ávila), pero también por “El simpatizante”, José Antonio Meade.

Según explicó Pepe Toño, como lo llama el grupo de amigos que comandan Luis Videgaray y Ernesto Cordero, es simpatizante priísta porque su padre, Dionisio Meade, milita en el partido. No dijo que esta condición no le impidió ser subsecretario de Gobernación en el sexenio de Vicente Fox después de que echó al PRI de Los Pinos; siguiendo el ejemplo familiar, su hijo tampoco tuvo empacho en trabajar para Peña Nieto cuando, a su vez, sacó de la casona presidencial al PAN.

En contraste, la otra “simpatizante” a la que beneficia la novedosa apertura priísta, la ex perredista Rosario Robles, no asistió a la clausura de la Asamblea. Con seguridad, la titular de Sedatu es simpatizante priísta, dado que su hija, Mariana Moguel, dirige al extinto partido en la Ciudad de México, y para el PAN y el PRD fue sospechosa de operar recursos de Desarrollo Social a favor de candidatos del PRI, por lo menos en Veracruz; no por otra cosa Peña Nieto tuvo que ceder el adéndum en la Reforma Política después de recomendar a la señora Robles “aguantar”.

A diferencia de Meade, el problema es que “la simpatizante” Robles tiene algunos eventos en su vida que escandalizarían a los puritanos electores priíistas, como su antigua relación con Carlos Ahumada, el que corrompía a perredistas como René Bejarano.

En 40 años de reportear sucesiones presidenciales nunca imaginé que llegaría el momento en que una figura, en este caso Andrés Manuel López Obrador, condicionaría las estrategias electorales de las más importantes fuerzas políticas del país, al extremo de unirlas en un pacto de facto, no escrito ni reconocido públicamente, para acabar con sus ansias mesiánicas de casi dos décadas.

Seamos claros: Las uniría, más que su preocupación discursiva del riesgo del retroceso de lo ganado en pactos legislativos que fructificarán en el futuro, el temor a la previsible venganza del tres veces candidato presidencial, que podría traducirse en cárcel o destierro para lo que genéricamente llama “la mafia del poder”, culpable de que en dos ocasiones consecutivas le impidiera tomar lo que considera suyo, y de nadie más: La silla presidencial.

También se unen para enfrentar el linchamiento mediático, que se repetirá como ocurre cada seis años. Para esto, nuestra gran prensa se pinta como ninguna otra, sea cual sea la facción que detente la Presidencia. No es un fenómeno reciente; en las ocasiones que López Obrador buscó la Presidencia, algunos de los cabezales más influyentes, así como las cadenas televisoras y ciertas de la radio, hicieron lo que creyeron conveniente para convencerlo de no haber participado en el complot en su contra, sino al contrario. Hoy es más acusado el temor que le profesan, y no se preocupan por disimularlo.

Es un espectáculo único, sin antecedentes en casi medio siglo de presenciar la lucha por el poder político, y agradezco a la vida por poder ver al menos los prolegómenos.

EL TRIUNFO DE DON PEPE Y LAS FRACTURAS DEL PRI Y PAN

Una madrugada de 1976 salí, de emergencia, de la guardia nocturna de la redacción de El Universal para trepar al autobús de prensa del PRI y agarrar carretera tras José López Portillo. Aquel golpe de suerte me permitió presenciar en Morelia, la noche del 22 de febrero, la frustración y enojo del candidato priísta porque el PAN, fracturado por la lucha intestina cuyas cabezas fueron José Ángel Conchello y Efraín González Luna, se negó a presentar oposición, dejándolo solo en la contienda por la Presidencia.

Desde entonces ando metido en esto del periodismo político (dos años antes, precisamente en esta fecha de agosto de 1974, había llegado del periódico Oriente de Teziutlán a El Universal diciendo que era reportero ¡y me lo creyeron!); en aquella gira por cuatro entidades, Estado de México, Morelos, Guerrero y Michoacán, conocí a quien sería fundamental en mi carrera profesional, Manuel Mejido, el gran reportero de Excélsior que cubrió para el mundo el golpe de Pinochet en Chile y que entrevistó, en exclusiva, a Hortensia, la viuda de Salvador Allende.

Ambas hazañas le granjearon la envidia y hasta el odio de sus compañeros que entonces lideraban el universo periodístico de la Ciudad de México; así fue como llegó de Subdirector a El Universal y, luego, a El Gráfico; pronto me confió, durante varios años, su nombre y su columna.

Aquella noche en Morelia, en la que López Portillo anunció a los reporteros que lo acompañábamos que se quedaba solo en las urnas, marcó su Presidencia. Los panistas, después de no otorgar, en su asamblea nacional, a Pablo Emilio Madero el 80 por ciento de los sufragios necesarios para ser candidato presidencial, se habían trenzado a golpes, derribaron e injuriaron a su jefe nacional, Manuel González Hinojosa, y se olvidaron de la contienda. Don Pepe ganó con el 91.90 por ciento de los votos.

Desde entonces he presenciado de todo en sucesiones y mantengo grabadas en papel y la memoria las fracturas sucesivas de panistas y priístas; las más significativas, las que ayudaron a que Vicente Fox echara al PRI de Los Pinos y la creación del Frente liderado por Cuauhtémoc Cárdenas, pero concebido por Porfirio Muñoz Ledo, que dio paso a la creación del PRD y a Morena.

En el otoño profesional observo y registro la enésima fractura de priístas y panistas con vistas a 2018. Y también la del perredismo, ahora en extinción, salvo que se cuelgue del PAN o de Andrés Manuel López Obrador.

La fractura panista ha colocado a Margarita Zavala en posición de tener que competir, formalmente, como candidata independiente, no como Pablo Emilio Madero, que lo hizo sólo de manera testimonial contra López Portillo; la ex esposa de Felipe Calderón (quien “robó” en 2006 la Presidencia a AMLO) aprovecharía la reforma constitucional que creó las candidaturas independientes.

La del PRI, con pretexto de asegurar la vigencia de las reformas estructurales del Presidente Peña Nieto, en especial las Educativa, Energética y de Telecomunicaciones, obligó a la imposición de la figura del “candidato simpatizante”, una rara especie de mexicano carente, en su ADN, del gen de la corrupción, ese factor cultural que caracteriza a nuestra sociedad (y a las del resto del mundo), como lo dijo alguna vez el Presidente Peña Nieto.

Es consenso que el beneficiario de esta enésima enmienda a los estatutos panistas sería el secretario de Hacienda, José Antonio Meade, que ha transitado del gobierno de Calderón al de Peña Nieto, manteniéndose inmaculado.

¿De qué otra manera se puede leer que Meade, “El simpatizante”, fuese el único no priísta en asistir ayer a la clausura de la XXII Asamblea Nacional del PRI, precisamente la que decidió abrirle el camino para culminar su carrera política como Presidente de la República?

Pero el supuesto de que, sólo por esa cualidad única, Meade sea el candidato constituye una ofensa a los aspirantes que sí son militantes priístas, pues sin acusación ni proceso de por medio se les declara corruptos sin posibilidad de defensa.

Si alguno de ellos, Osorio, Beltrones, Eruviel, Nuño o Narro, no es el candidato, al menos merecen una disculpa.

SOBREVIVIR EN LIBERTAD, LA CONSIGNA

En realidad, todo gira en torno al temor cerval a López Obrador de algunos priístas connotados (y también del panismo, por lo menos calderonistas), que ha obligado al partido en el poder a modificar sus estatutos para dar cabida a un “simpatizante” con fama de honorable, ya que, por lo visto, no encuentra en sus filas a un militante con esta cualidad extraterrestre.

Se trataría de una alianza de facto del priísmo con el panismo disidente por el agandallamiento del líder nacional, Ricardo Anaya, pero también con algún porcentaje de electores atemorizados por la repetición en México de la tragedia de Venezuela.

La consigna es sobrevivir en libertad el tiempo que López Obrador decida permanecer en la Presidencia (bien podría proponer e imponer al Congreso la reelección presidencial o mantener el control a través de uno de los suyos) porque a muchos priístas y panistas no les queda duda de que serán perseguidos sin piedad, bajo pretexto de su corrupción, cierta o no, y a otros no les perdona, ni perdonará, que en 2006 le robaran la Presidencia, haya ocurrido o no.

Entre los perredistas, que entrarían también a esta alianza tomados de la mano con Anaya o inflando a otro personaje, como Juan Zepeda, del Estado de México, más que temer a López Obrador, les aterroriza el anunciado retorno de Marcelo Ebrard. En el equipo de Miguel Mancera angustia que, de nuevo en el poder, el ex jefe de Gobierno del DF cobre la traición de que fue objeto.

Nadie de esta supuesta alianza soterrada, imaginada por mí y de la que no se habla en los discursos oficiales, pero sí en las mesas de restaurante, está dispuesto a vivir seis años bajo el terror de tener que enfrentar la persecución de Andrés Manuel.

No se entiende de otra manera que los comensales que el 6 de julio pasado presenciaron el encuentro entre Manlio Fabio Beltrones y su sucesor en la presidencia del PRI, Enrique Ochoa Reza, se sorprendieran de la vehemencia de éste cuando explicaba, con el ardor de Pedro “El Ermitaño” en su convocatoria a los pobres de Europa a rescatar Jerusalén, la necesidad de evitar que López Obrador llegue a la Presidencia no sólo por el país, sino por “nuestras familias”, supongo que las de los priístas y las de los periodistas a quienes identifica como sus “enemigos” al servicio de la mafia del poder.

Andrés Manuel encabeza las encuestas, por encima de Margarita y el priísta Miguel Ángel Osorio Chong, y parece inalcanzable. En los conteos, el PRD no existe y el jefe de Gobierno de la Ciudad de México no decide si será candidato del partido o irá por la vía independiente.

El PAN no encuentra la manera de conciliar las ambiciones del líder Anaya o el regreso al poder del ex Presidente Calderón vía su esposa Margarita.

En el PRI parecía que, meses atrás, el sector económico que rodea al Presidente Peña Nieto había perdido su posición de privilegio a favor de los políticos, pero el equilibrio del poder se modificó una vez más a raíz del triunfo de Donald Trump en Estados Unidos; esta circunstancia empujó, de nueva cuenta, a primer plano nacional a Luis Videgaray por encima del resto de colaboradores de Peña Nieto.

Más aún, el protagonismo que le dio su cercanía a Jared Kushner se ha incrementado por su impecable posición ante los aberrantes acontecimientos venezolanos.

Sólo así se entiende que lo único a destacar de la XXII Asamblea Nacional del PRI sea la implantación del “candidato simpatizante”, Meade, que, a nadie escapa, es la pieza oculta de Videgaray, como Ernesto Zedillo lo fue de José Córdoba Montoya cuando a Carlos Salinas le crearon, una vez muerto Luis Donaldo Colosio, el escenario del “default”.

Meade sería el único capaz de representar al PRI sin ser militante en la lucha por la supervivencia de algunos, en detrimento de priístas consolidados, como Osorio Chong, Beltrones, Nuño, Eruviel y José Narro, culpables de haberse afiliado al PRI, de hacer talacha y exhibir su militancia cuando lo único en que debieron afanarse era dejar hacer y pasar, brincando como chapulín, de un gobierno a otro sin importar sus siglas e ideología, pero, eso sí, sin hacer olas, sin que sus personas dieran de qué hablar, lo que hoy se llama prestigio.

El cálculo del ideólogo de la genial estrategia es que muchos panistas votarán por “El simpatizante” porque lo consideran suyo; la pregunta es cuántos priístas votarán en su contra o emigrarán a Morena o al PRD.

Y que quede claro: Culpa no es de Meade, sino de los tiempos y de los priístas que desperdiciaron, miserablemente, los últimos cinco años en mantenerse en su partido y no construir prestigio.

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