El retorno de los porros a 50 años de masacre del 68

Los sucesos de este lunes frente a la Rectoría de la UNAM contra jóvenes del CCH-Azcapotzalco no tienen comparación con los hechos de hace cinco décadas en Tlatelolco (o de Iguala en 2014), pero sí al inicio de esos dos lamentables episodios. ¿Quién busca un final parecido?

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La sapiencia y la prudencia empujan a tomar en cuenta las lecciones de la Historia, pero lamentablemente siempre hay quienes se empecinan en vivir en un pasado cada vez más decrépito.

El más grande de los desafíos que han tenido los últimos gobiernos nacionales, incluyendo el que habrá de arrancar el próximo 1 de diciembre, es el de contener la violencia en todas sus presentaciones.


Solemos hablar mucho y casi a diario de la delincuencia organizada, cuyo catálogo es amplio, enfrentamientos, secuestros, extorsiones, tráfico de armas. Pero la violencia toca muchos otros puntos.

Desde hace meses (si no es que años), por ejemplo, se intenta acabar con la violencia contra la mujer, la violencia doméstica, los feminicidios, el robo de menores, la trata de blancas.

Apenas la semana pasada ocurrieron dos hechos de terror mayúsculo en Puebla e Hidalgo, ambos fueron hechos horrendos, pero el primero fue casi tomado como festejo por quienes lo llevaron a cabo. Gritos de júbilo y tomas de video de por medio. Turbas ávidas de dolor y sangre rociaron gasolina a inocentes previamente acusados de robarse a menores. Los quemaron vivos.

Pero no llenamos. Desde hace años no nos espantan las decapitaciones por cualquier rincón del país.

Recuerdo que hace cerca de 30 años, cuando a la redacción del periódico en donde comencé a laborar llegó un servicio fotográfico de aquellos que recibíamos por las máquinas receptoras de AP o Reuter, con sus consabidos magenta, amarillo y azul, se comenzó a dibujar la imagen de una cabeza ensangrentada sobre una mesa. El hecho había ocurrido en un país africano, y no recuerdo si se trataba de un desertor o un criminal. Publicar la foto obligó a una ardua labor de consulta. “Sí, pero pequeña”, fue lo más que se consiguió.

Bueno, pues, en México tenemos ahora un abanico muy abierto de signos de violencia política embarrado con delincuencia organizada.

El más lamentable recientemente ocurrió en 2014 en Iguala, Guerrero. Si la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa no desató otra revolución (¿la quinta transformación?) no fue porque Dios sea muy grande, sino porque quienes levantaron el teléfono para dar órdenes, quienes ocultaron información, quienes babearon su rabia contra los propios jóvenes de una Normal luchadora, era gente de la más reconocida Izquierda mexicana. Los mismos que hoy transforman su agravio en promesas democráticas.

Detrás de todo ese telón está el recuerdo inolvidable del 2 de Octubre de 1968 que, por cierto, este año cumple 50 años. Medio siglo de aquellos sucesos de los que se supone la clase política y gobernante aprendió mucho.

Sin embargo, la larva de la descomposición sigue latente. Su espectro se manifestó este lunes en las meras narices de la Rectoría de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Un grupo de “porros” -en el más claro significado del vocabulario mexicano: Golpeador, deshumanizado, bajo contrato- atacó a algunos de las decenas de estudiantes del CCH-Azcapotzalco que se manifestaban en la explanada universitaria.

El acto fue rápido, sorpresivo, pero con la violencia característica de quienes son utilizados para romper este tipo de manifestaciones. Con palos, piedras y artefactos explosivos hirieron a más de 10 alumnos. Dos de ellos se reportan graves.

El asunto derivó de un conflicto interno en el que los estudiantes exigían para sus planteles la asignación completa de profesores y horarios; la justificación del presupuesto asignado al plantel; el respeto al programa de egreso del estudiante; fomentar el mantenimiento de las instalaciones; que se permita que cualquier fachada del centro educativo sea utilizada para expresar mensajes a manera de murales; no represión a los eventos culturales organizados, y no represalias contra los estudiantes que participan en el movimiento.

Pero eso a alguien no le gustó.

Ahora el problema ha crecido en apenas unas horas. Veintidós planteles, entre facultades, preparatorias y CCHs, están en paro y organizan asambleas. Se preparan más marchas. Exigen la intervención del rector Enrique Graue con respuestas y acciones claras para evitar el desbordamiento del caso. Es posible el apoyo de otras universidades. Es posible, también, nuevos ataques.

No está de más decir que toda tragedia inicia en minucias, por cuestiones a veces que nadie creería que puedan desatar un infierno, como ocurrió en 1968, o en 1971, o en Ayotzinapa (un “boteo”, una “fiesta” y unas ansias incontenibles de poder).

Increíble, a 50 años de uno de los acontecimientos políticos y sociales más aleccionadores históricamente -y en plena conmemoración de cinco décadas- muchos siguen pisando la Prehistoria.

 

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@RobertoCZga

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