El proyecto de nación es la Constitución

Objetivo fundamental del proceso electoral que se avecina es el de reconstruir la legitimidad de un gobierno capaz de gobernar y de restablecer un Estado eficaz

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Para el Dr. José Antonio Meade Kuribreña, con afecto y gratitud

 

El proyecto de nación es uno, y está plasmado en la Constitución. Ese es, por principio, el proyecto que debe asumir públicamente, y sin rodeos, quienquiera que aspire a suceder a Enrique Peña Nieto en la Presidencia de la República. A partir de esa base, el objetivo fundamental del proceso electoral que se avecina es el de reconstruir la legitimidad de un gobierno capaz de gobernar y de restablecer un Estado eficaz que consiga, primero, restaurar la concordia y la paz con la vista puesta en el porvenir de la patria. En el porvenir de ésta, la única patria que tenemos los mexicanos. Porvenir luminoso y de esperanza, como lo demandan, y merecen, nuestros jóvenes. Porvenir de prosperidad, de crecimiento y de oportunidades que sólo puede ser obra de una nación en paz y de un gobierno legítimo y con gobernabilidad, expresión de un Estado eficaz que despliegue, con acierto y responsabilidad, políticas públicas y proyectos que nos devuelvan a todos los mexicanos un horizonte de progreso y bienestar.

La definición de una estrategia eficaz para recobrar el crecimiento sostenido habrá de ser, necesariamente, el resultado de un vasto proceso político de construcción de amplios consensos nacionales. Es, por tal razón,  indispensable que de las  elecciones federales de 2018 resulte un gobierno con legitimidad y márgenes de maniobra suficientes para ponerla en práctica con éxito. Sólo la restauración de la concordia nacional y un gobierno legítimo, y con amplio sustento democrático, permitirán a México recuperar el crecimiento y la esperanza.

Ni catastrofismo ni milenarismo. En el 2018 no se va a “acabar el mundo”. Vamos a seguir en este mundo obligados a construir, con esfuerzo y en concordia, un porvenir mejor. En el 2018  tampoco se va a acabar México, a menos que, irresponsablemente, lo permita la generación que hoy detenta el poder y que está, histórica y moralmente, obligada a entregarle a las generaciones siguientes un país soberano, libre, democrático y próspero. Y para asegurar ese resultado es urgente asumir, todos, un compromiso con la normalidad democrática.

Ni el catastrofismo ni el milenarismo son posturas o estrategias aceptables frente a los procesos políticos que han de desarrollarse a lo largo del año siguiente. Al hablar de “catastrofismo” quiero referirme a las visiones que quieren hacer del 2018  un “parteaguas histórico” y hacer de las elecciones dramáticos referendos binarios: Avance o retroceso, cambio irreversible o restauración del “antiguo régimen”, encontronazo a muerte entre los buenos patriotas y los malos corruptos. Lo que México anhela es recobrar la armonía para poder volver a prosperar en paz y libertad. Al hablar de “milenarismo” quiero referirme a las posturas explícitas o subrepticias de quienes, desde el poder o desde el liderazgo de esta o aquella fuerza política, quieren presentar a las elecciones como oportunidades dramáticamente irrepetibles para conquistar o preservar el poder en nombre de este o aquel “proyecto de nación” llamado a perdurar indefinidamente y a resolver como por arte de magia todos los problemas de México. No sobra reiterarlo: El proyecto de nación es uno, y está en la Constitución.

Miremos hacia adelante. Que se olviden, ya, los “operadores políticos” tradicionales de sus oscuras guerras de espionaje y de sus obscenas y vulgares campañas de mutuo desprestigio. Para qué hacer de la arena política un lodazal si, a final de cuentas, todos seguiremos actuando en ella. Lo que quieren los electores, sobre todo los jóvenes, que decidirán el rumbo en el 2018,  son propuestas eficaces y liderazgos creíbles, no vulgaridades de nota roja. México está harto de sangre y de inmundicias. Es hora de darle vuelta a la página. México está listo para recobrar el sendero de la luz y de la esperanza.

 

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