El principito y el rey

Historia ‘negra’ entre España y lo que luego se denominó Virreinato de la Nueva España, incluido lo que hoy es México, no inició con Hernán Cortés, sino con Cristóbal Colón, es decir, en 1492

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En todo caso, dirían algunos, no toda la culpa la tiene Layún, sino que parte de ella es de Cristóbal Colón.
Esto porque, el 1 de marzo pasado, el Presidente Andrés Manuel López Obrador decidió colocarse el penacho de Moctezuma y enviar sendas cartas al Rey de España, Felipe VI, y al Papa Francisco, jerarca de la Iglesia Católica, en las que los conmina a dar una disculpa pública por los estragos, saqueos y abusos contra pueblos originarios durante la Conquista.
La historia “negra” entre España y lo que luego se denominó Virreinato de la Nueva España, incluido lo que hoy es México (porque, además, abarcaba casi la mitad de Estados Unidos y gran parte del resto de América), no inició con Hernán Cortés, sino con Cristóbal Colón, es decir, en 1492.
Veintisiete años después, desde Cuba (en 1519), que ya estaba en manos de los españoles, bajo la jettatura de Diego de Velázquez, Cortés, como hicieron los españoles en tantos territorios, arrasó con Tenochtitlán, bajo el imperio de Moctezuma.
En realidad, cuentan las crónicas, Cortés tuvo la suerte (y varios grupos indígenas de entonces la desgracia) de encontrar un territorio en el que ya se exterminaban entre ellos.
Por ello, la decisión de López Obrador de reclamar una disculpa a la Corona Española y al Vaticano, ahora que se cumplen 500 años de la llegada de los españoles a México, sorprendió a muchos.
Y más en el tono, o el deseo de convertirse en el reivindicador de un pasado que cambió circunstancialmente, como tocó a otras zonas del mundo, en el que lo hace el Presidente López Obrador, pues pareciera que el acto se suma a la lista de sorpresas con que ha nutrido sus primeros cuatro meses de administración.
En principio, señala uno de tantos estudios que navegan por Internet, “¿qué hubiera pasado si los Reyes Católicos no financiaban la aventura de Cristóbal Colón? Tarde o temprano, otro navegante hubiera cruzado el Atlántico. El encuentro de civilizaciones era inevitable”.
En este inicio de un quizá largo epistolario, el Gobierno español reaccionó ayer con un contundente “no”. “Rechazamos con toda rotundidad su contenido (de la carta)”, advierte.
El entorno de la discusión que inicia se da en un contexto extraño, pues la Carta (que no de Relación) la envió López Obrador a sus dos destinatarios el pasado 1 de marzo, pero hoy, precisamente en que el Presidente y su esposa, Beatriz Gutiérrez Müller, encabezan el aniversario del desembarco español, y una “atroz batalla”, en Centla, Tabasco, se revela el documento, lo cual lamenta el Gobierno español.
Para muchos, que no creo que fuera la iniciativa primordial de Colón o de Cortés, la colonización traía, implícitamente, la idea de “europeizar” las tierras conquistadas. De hecho, las diferencias ultramarinas eran notables tan sólo en vestimenta y armas. Pero a la vista nada de eso ocurrió y sólo algunos países, sobre todo de Norteamérica, por circunstancias posteriores, han logrado dar alcance al tramo cultural y de desarrollo social del Viejo Continente.
Cierto, como dice López Obrador, hubo saqueo, abusos, tan abominables como irremediables, como ocurrió en otras épocas con la esclavitud. Vaya, hasta en lo que el Presidente reclama a la Iglesia Católica hay razón, pero igual de irremediable: “Enterraron los templos prehispánicos”.
El trueque fue injusto, ni quien lo dude; oro por viruela.
Me supongo que, ya encarrerado, el Presidente abolirá en las escuelas, como lo ha hecho con reformas y obras, aquella canción que el “neoliberalismo” y los “conservadores” no metían a chaleco cada 12 de octubre: “Un 12 de octubre llegó a nuestras tierras un gran marinero, de júbilo lleno, con tres carabelas y un gran corazón…”.
O prohibirán mencionar a “La Niña”, “La Pinta” y “La Santa María”, a menos que a Colón sí lo alcance la amnistía.
Y quizá la culpa no es ni de Layún, ni de Colón, ni de Cortés, sino de los marinos que acompañaban al conquistador, y que la mayoría no quería entrarle al toro porque en número no eran ni la centésima parte de los pueblos indígenas, pero sucumbieron a la locura de Cortés de quemar sus naves.
No les quedó de otra, pero de haber podido utilizar las embarcaciones quizá otra historia se estaría contando.
Y, en todo caso, el perdón debería ser múltiple y desde todos los tiempos. La humanidad se debe un abrazo, cierto, pero sin protagonismos.
Sabemos que como El Principito, personaje del escritor francés Antoine de Saint-Exupéry, López Obrador intenta explicar, desde hace cuatro meses, oficialmente, y más de una década, de manera extraoficial, a los mexicanos, y ahora al mundo entero, lo que el Zorro dijo al niño extraterrestre que se encontró con el piloto de avión extraviado, “la esencia, pero también las dificultades y costos de la amistad”.
Aquel Principito tenía su propia máxima: “Lo esencial es invisible a los ojos”.
Me canso…

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