El PRI y la elección del cambio

Severa reflexión a la que está obligado; inevitable su regreso ‘a la fría banca de la oposición’

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A Luis Antonio, hermano, a un mes

de que emprendió su viaje, su sueño


 

ARTURO ORTEGA *

 

El triunfo de López Obrador, para llegar a la silla presidencial, este 1 de julio fue un trabajo de muchos años de tenacidad y persistencia. Los años recientes se dedicó a recorrer toda la República; visitó ciudades, municipios y localidades, un trabajo de “tierra” que lo llevó a sumar simpatizantes y a establecer alianza y acuerdos con liderazgos locales; fue así como fortaleció y apuntaló su candidatura una vez obtenido el registro de su partido político: Movimiento Regeneración Nacional (Morena), una lección para la clase tecnocrática en el gobierno de que una candidatura no se construye en siete meses. No basta con el perfil de un hombre honrado y con “experiencia”; José Antonio Meade fue un candidato ciudadano impulsado por el PRI, pero con corazón panista.

José Antonio Meade  dejó la élite burocrática del gobierno federal para ser postulado como candidato ciudadano a la Presidencia de la República por el PRI; similar método fue el que llevó a Enrique Ochoa Reza a lograr asumir la dirigencia nacional del tricolor en 2016. Es decir, mediante acuerdos cupulares, sin amarres ni consensos con liderazgos y dirigentes locales, así como con distinguidos militantes, pero sobre todo el desprecio hacia la base priísta, hacia los militantes de a pie, pues. Un destacado priísta comentó: Hay lealtad al partido, pero no hay compromiso con Pepe Meade, un candidato que no cuajó, que no generó empatía con la militancia priísta. Meade logró solamente el 16.4% de los votos.

Una gran mayoría de los espacios en el Revolucionario Institucional, a la llegada de Ochoa Reza (apoyado por el círculo cercano de Peña Nieto), fue ocupada por compadrazgos y burócratas advenedizos que, sin duda, tenían escaso conocimiento del PRI. El relevo de Ochoa Reza a mitad de la campaña, a raíz de las diferencias y desacuerdos con gobernadores y dirigentes priístas locales, debilitó y fragmentó al tricolor y fueron factores que pesaron en la campaña de Pepe Meade. El Revolucionario Institucional no logró ni un triunfo en las nueve gubernaturas disputadas.

Por otra parte, el enojo y el malestar de los ciudadanos que se manifestó en los comicios de 2015 y 2016 (5 millones de votos perdió el PRI en esos dos años) alertó de que algo no estaba funcionando en las altas esferas del poder, sin embargo, estos indicios no modificaron para nada las estrategias y los programas de la gestión gubernamental. Por el contrario, la alta burocracia, con poco tacto y escasa sensibilidad política, aplicó, en enero del 2017, el famoso “gasolinazo” y, con ello, alimentó más el hartazgo social.

Lo cierto es que miles de mexicanos consideran a José Antonio Meade uno de los artífices de tan lamentable decisión de política pública (si se puede llamar así); el gasolinazo fue un duro golpe a los bolsillos de los mexicanos, y en ese contexto se anticipó un voto de castigo. Con ese tipo de decisiones era obvio que el malestar social iba a llegar a las urnas; así fue como el PRI, con Pepe Meade, logró un lamentable tercer lugar en la pasada elección presidencial.

Por ello, la ciudadanía demandó un cambio: En el modelo económico, en el terreno educativo, en el ámbito laboral y en cambiar la estrategia de seguridad, pero sobre todo en combatir  la corrupción y la impunidad. Nuevas formas de hacer gobierno, de implementar políticas públicas que atiendan, efectivamente, los graves problemas que aquejan a los ciudadanos. Era paradójico que José Antonio Meade promovía “un gobierno cercano a  la gente” cuando la clase política, en estos tiempos, y, por supuesto, la partidocracia están muy alejados de la sociedad. Pactos cupulares y acuerdos en las altas esferas del poder sin diálogo ni consensos con sectores y organizaciones de la sociedad civil sólo generaron mayor encono social.

Por otra parte, destacan el desprestigio por actos de corrupción de los gobernadores priístas del llamado “nuevo PRI” (Javier Duarte, César Duarte, Roberto Borge, Rodrigo Medina y Roberto Sandoval, entre otros), así como una élite burocrática insensible y arrogante que en la presente administración ha echado, sin empacho alguno, a más de 120 burócratas (muchos honestos y con experiencia), así como maestros que se sintieron lesionados en sus derechos laborales y, muy particularmente, miles de petroleros que quedaron desempleados por la Reforma Energética.

Está claro que tales decisiones afectaron al partido y la ciudadanía volcó su “voto útil” hacia la opción de cambio representada por el ahora presidente electo, Andrés Manuel López Obrador.  De acuerdo con el 90 por ciento de las actas computadas por el Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP) del Instituto Nacional Electoral (INE), el PRI contará, escasamente, con 42 diputados federales.

El cambio llegó porque la clase política y la élite burocrática no entendieron que era urgente poner un alto a los actos de corrupción e impunidad y, sobre todo, que los nuevos tiempos del Internet, de las nuevas herramientas tecnológicas y de los nuevos actores de las redes sociales, han permitido que la ciudadanía esté mucho más informada, sea más exigente y, principalmente, más participativa.

El PRI y su dirigencia tendrán que hacer una reflexión muy severa sobre lo acontecido este 1 de julio. Frente a ello, el senador Emilio Gamboa, hace días, manifestó que “la debacle se debió a los cambios en los estatutos del partido que permitió la participación de candidatos externos; con esa modificación nos metimos un balazo en el pie”; a ello se suman voces hacia el interior del partido que señalan no más “externos”.  Un partido que regresa, como lo señaló el poeta J. M. Asai, “a la fría banca de la oposición”. Que conste.

 

* Licenciado en Derecho con posgrado en Derecho

Parlamentario y Procesos Electorales

 

 

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