El PRI pierde tiempo y terreno

Es cierto que en cuanto Peña Nieto dé color, le lloverá tupido al posible candidato a sucederlo, pero eso no es tan peligroso como el desencanto que se empieza a notar en algunos priístas

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Unas cuantas semanas, quizá días, nos separan del destape del candidato del PRI a la Presidencia de la República, y ya son muchos quienes creen haber robado la señal al Presidente Peña Nieto.

No soy de ellos; he confesado una y otra vez que desde la competencia entre Miguel de la Madrid y don Javier García Paniagua, esta es la primera sucesión en la que lo único que tengo cierto es que Andrés Manuel López Obrador será candidato de Morena y Ricardo Anaya del PAN. ¿Del PRI? Nada.

Sin embargo, muchos analistas y políticos de diferentes partidos y corrientes ideológicas dan por sentado que el candidato priísta será el secretario de Hacienda, José Antonio Meade.

Por muchas razones: su seriedad y capacidades profesionales que le han permitido ser miembro del gabinete en cinco ocasiones en dos sexenios; por su relación antigua con el panismo; por la confianza que inspira a los mercados y, sobre todo, por el apoyo de Luis Videgaray, el personaje más poderoso del gabinete y cuya influencia es irresistible.

La presunta candidatura de Meade ya ofrece la impresión de ser una situación de hecho para ser anunciada apenas pase la reunión de hoy del Consejo Político Nacional del PRI que será rutinaria pues, como anunció IMPACTO, el método de selección de candidato no está en la orden del día.

Sin duda el secretario de Hacienda reúne las características que requiere un buen Presidente, pero, como diría Perogrullo, primero necesita ser postulado y después ganar las elecciones.

La postulación de Meade o de cualquiera de sus competidores, Miguel Osorio Chong, Aurelio Nuño y José Narro, no significará problema para Peña Nieto, aun cuando sólo sea un simpatizante y no milite en el partido.

En el ADN de los priístas no existe la insurrección al Presidente. Murmuran y rumian en restaurantes y reuniones privadas, pero nada más; hoy no tienen a un Cuauhtémoc Cárdenas al que un Porfirio Muñoz Ledo empuje a la fractura.

Se concretarán a aceptar la decisión y buscar candidaturas al Congreso y al resto de puestos de elección popular en disputa, que serán más de tres mil; si las consiguen, apoyarán a quien sea; si quedan fuera, se cruzarán de brazos en espera del resultado electoral.

Si el PRI sufre la gran derrota, dirán ufanos: “se los dije”.

También es cierto que a Peña Nieto le resultará tan complicado hacer ganar a Meade como a Osorio Chong, Nuño y Narro.

Que el PAN esté fracturado, que Margarita Zavala sea candidata independiente o que, conforme a algunas encuestas, López Obrador haya perdido un poco de terreno, no mejoran las posibilidades priístas.

Quizá la situación está más difícil que cuando, a causa del asesinato de Luis Donaldo Colosio, Carlos Salinas echó al ruedo a Ernesto Zedillo que empezó su campaña 3 meses después que Cuauhtémoc Cárdenas y Diego Fernández de Cevallos.

Aunque parezca apresurado, el Presidente tal vez debería empezar a enseñar su juego y cortar de tajo las especulaciones; en algunas dependencias se empieza a notar el desánimo porque, conforme a las señales que suponen haber captado, sus jefes no están en la jugada.

Es cierto que en cuanto Peña Nieto dé color, le lloverá tupido al posible candidato a sucederlo, pero eso no es tan peligroso como el desencanto que se empieza a notar en algunos priístas.

Nada peor hay que un ejército que va a la batalla sin razón para pelear.

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