El PRI no traiciona su naturaleza

Crasa ingenuidad creer que cambió en los últimos meses, que aprendió la lección

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Antes de poner uno de los últimos clavos al ataúd del PRI con su renuncia a seguir luchando por la presidencia de su Comité Ejecutivo Nacional, el doctor José Narro condenó lo que calificó de “simulación” en el proceso sucesorio de Claudia Ruiz Massieu y, antes de echar por la borda su militancia de 46 años, acusó al ex Presidente Enrique Peña Nieto de interferencia en el proceso electivo.

De pronto parece sólo una rabieta para justificar el previsible resultado catastrófico de su causa, producto, más que de un error de cálculo, de la crasa ingenuidad de creer que el PRI cambió en los últimos meses, que aprendió la lección y que, camino a la democracia, traicionaría su naturaleza para convertirse en el partido que el país necesita.

La repentina decisión de Narro de retirarse de la contienda culpando a Peña Nieto de interferir causa un inmenso daño a su partido porque lo exhibe como un ente que nació y morirá antidemocrático, pero deja al ex mandatario y a él mismo en problemas porque para mantener sus niveles de popularidad, el Presidente López Obrador recurre con frecuencia, en las conferencias de prensa mañanera, a la supuesta o real corrupción en la compra de medicina y el abandono de varios centenares de hospitales a media construcción en el sexenio pasado.

Todo esto, sobra decirlo, se refiere al sector salud, cuya cabeza era el doctor Narro, que contaba con todo el apoyo del Presidente Peña Nieto.
Lo cierto es que el gobernador con licencia de Campeche, Alejandro Moreno, se perfila como el seguro sucesor de Claudia Ruiz Massieu, pues cuenta con el apoyo de los gobernadores que aún tiene el PRI, del ex mandatario oaxaqueño José Murat, pero también, conforme a Narro, del ex Presidente de la República, Peña Nieto, y el de Andrés Manuel López Obrador.

Sólo porque Narro lo dice, y porque uno de sus principales apoyos, Manlio Fabio Beltrones, anunció que no votará a causa del padrón “irregular” atiborrado de militantes cooptados en Oaxaca, Chiapas, Campeche y Coahuila, puedo creer en la existencia de este extraño cocktel que empuja el liderazgo de Moreno, conocido en el pasado reciente como “Alito”, pero hoy rebautizado como “Amlito” porque se le considera proyecto de AMLO, el Presidente de México.
Cosas veredes, cosas estamos viendo y, como diría “El Meme” Garza, las que veremos.

Es cierto que Narro, el entrañable “Cuatrero” de la Prepa Nacional en Tacubaya, no es muy reconocido por la militancia priísta, pues la mayor parte de su vida la pasó en la academia, hasta llegar a ocupar la Rectoría de la UNAM, y en la administración Pública, en la que fue Secretario de Salud, pero, sin duda, representaba la mejor señal, para los mexicanos, de que el PRI está dispuesto cambiar.

Hoy, sólo Ulises Ruiz podría realizar la hombrada de parar a Amlito, pero carga una leyenda negra que le construyeron sus paisanos oaxaqueños y poco podrá hacer contra las fuerzas de los poderes fácticos priístas aliados en torno al campechano, que menguados y todo aún cuentan con recursos para ganar elecciones organizadas y vigiladas por ellos mismos, pero, además, deseosos de agradar al Presidente López Obrador.

Lamentable que el PRI se quede sin el doctor Narro porque a menos que Manlio Fabio esté dispuesto a un esfuerzo más por su partido, o que Miguel Ángel Osorio Chong y René Juárez Cisneros logren mantener el liderazgo de sus bancadas en el Congreso de la Unión, López Obrador habrá logrado, con ayuda de priístas, destruir al partido que lo parió y al que amó, a grado de inspirarle un himno.

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