El perro y las pulgas

La vida se ensaña con los más desvalidos, está lleno de crueldad, pero, también, está pleno de verdad Traigo a cuento algunas de las enseñanzas de mi amigo Francisco Galindo Ochoa, sobre todo con su humor directo y grato

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En estos días en los que las tristezas nacionales nos han acometido, es bueno recurrir al bálsamo que nos brinda el recuerdo de los amigos que se ausentaron hace tiempo.

Por eso traigo a cuento algunas de las enseñanzas de mi amigo Francisco Galindo Ochoa, sobre todo con su humor directo y grato.

Decía Don Pancho que no cabe duda que el viejo refrán mexicano que se refiere a cómo la vida se ensaña con los más desvalidos, está lleno de crueldad, pero, también, está pleno de verdad.

Si lo observamos en la vida individual nos damos cuenta, por ejemplo, que cuando no tenemos chamba se nos vienen más gastos. O, por lo menos, nos enteramos de todo lo que tenemos que pagar.

Quizá por eso, un amigo suyo le platicó que, cuando salió de sus empleos en el gobierno, después de muchos años de disfrutar uno tras otro, aprendió o recordó muchas cosas que ya se le habían olvidado.

La primera, que la gasolina cuesta. La segunda, que en los restaurantes se paga. La tercera, que las putas cobran.

Así es. Su cuate llevaba como veinte años “al hilo” en que lo surtían de vales de gasolina, que el gobierno le pagaba sus comidas hasta con whisky y que sus lambiscones lo invitaban a suculentas fiestas con bailarinas, cantadoras, vedettes, actrices o suripantas.

Pero al terminar su gestión, perdió sus ocho automóviles oficiales, sus treinta guardias de escolta, sus cuatro teléfonos celulares, sus dos jets asignados en exclusiva, sus suites hoteleras de lujo, sus bonos presidenciales de gratificación, sus cortesías en los clubes de golf, sus 1,500 regalos de cada Navidad y hasta los 200 de sus amigos más cercanos.

En otras palabras, cuando su leal amigo se volvió perro flaco, el pobre jodido se llenó todo de pulgas.

Pero así pasa también con las naciones. A los americanos, que sólo excepcionalmente han tenido épocas de miseria, resulta que cuando la Gran Depresión, misma que comenzó por una depresión muy sorda en la producción, también les vinieron unas oleadas de polio muy fuertes.

A los japoneses, después de su derrota guerrera, nadie quería recibir a sus vendedores porque se corrió la infamia de que portaban radiación atómica.

Y no se diga de nosotros los mexicanos. Cuando estábamos más jodidos nos azotó el terremoto del 85. En tan sólo tres años nos cayeron la hiperinflación, la superdevaluación, los mexdólares, la suspensión de pagos, la expropiación de bancos, la pérdida de todas las reservas internacionales, el “sanjuanicazo”, el barril de petróleo a tan sólo cinco dólares y, para rematarla, el temblor con sus miles de muertos y damnificados.

Pero allí no pararía todo. Después vendrían el avionazo de Mexicana, el “camarenazo”, los efectos de los escándalos Durazo y Díaz Serrano, la “corriente democrática”, la pasarela priísta, el derrumbe de la bolsa y la “caída del sistema”.

Lo bueno, como dicen, es que Dios aprieta, pero no ahorca.

Ahora, de nueva cuenta, nos vuelven a azotar los fenómenos sísmicos junto con otras calamidades que nos hacen recordar el viejo refrán que nos relataba Don Pancho.

En fin, pobres de los pueblos que sufren de todo. La pobreza, el hambre, la enfermedad, la desesperación, el desorden, el dolor, la tragedia y la muerte.

Ojalá la vida y el destino fueran un poquito más parejos con su infame pulguerío y no se lo empujaran todo al “chucho” más tilico.

 

**CARGOS

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