El péndulo del nacionalismo

Reloj político no mueve sus manecillas en el mismo sentido para todos; mientras algunos pueblos se confederan, otros se balcanizan

Compartir:

Hace mucho tiempo dije, en estas mismas páginas, que hace casi 90 años José Ortega y Gasset dijo (¿o predijo?) que la configuración y la instalación de un Estado supranacional europeo estaba más cerca de la realidad que de la fantasía.  Hoy podemos corroborar la certeza de tal augurio.  En su clásica obra “La Rebelión de las Masas” sustentó esta hipótesis a partir de la tesis de que Europa era una realidad histórica y social que evolucionaría en una realidad política a la que sólo habría que agregar el ingrediente de una realidad jurídica y ya se tendría cocinado y sazonado un Estado paneuropeo.

Quiso Ortega insinuar que los pueblos europeos son, desde hace mucho tiempo, una colectividad en el mismo sentido que tienen estas palabras aplicadas a cada una de las naciones que integran aquélla. Esa sociedad manifiesta todos los atributos de tal: Hay costumbres europeas, usos europeos, opinión pública europea, derecho europeo, poder público europeo. Todos estos fenómenos sociales se dan en la forma adecuada al estado de evolución en que se encuentra la sociedad europea.

Por esto recomendó la afirmación de una posible y probable unidad estatal de Europa. No negó que Estados Unidos de Europa era una de las fantasías más módicas que existían, y no se hizo solidario de lo que otros han pensado bajo estos signos verbales, pero siempre le pareció sumamente improbable que una sociedad tan madura como la que ya entonces formaban los pueblos europeos no andara cerca de crearse su artefacto estatal mediante el cual formalizara el ejercicio del poder público europeo ya preexistente.

“No es, pues, debilidad ante las solicitaciones de la fantasía, ni propensión a un idealismo que detesto y contra el cual he combatido toda mi vida, lo que me lleva a pensar así. Ha sido el realismo histórico quien me ha enseñado a ver que la unidad de Europa como sociedad no es un ideal, sino un hecho de muy vieja cotidianeidad”. Por eso sentía que la probabilidad  de un Estado general europeo se imponía necesariamente.

Dijo que la ocasión que llevara, súbitamente, a término el proceso podría ser cualquiera.  Puso como ejemplo “la coleta de un chino que asome por los Urales o, bien, una sacudida del gran magma islámico”. En esto, la realidad instaló un pequeño diferéndum muy positivo. La unidad europea se dio por evolución, y no por convulsión, pero recuérdese que Ortega escribió “La Rebelión de las Masas” en el periodo de entreguerras, precisamente, cuando no terminaban los europeos de sufrir las consecuencias de la Primera Guerra mundial y ya se anunciaba la preparación de la Segunda Guerra Mundial.

También negó, rotundamente, que el poder público decisivo actuante en cada una de las naciones de Europa consistiera, exclusivamente,  en su poder público interior o nacional.  Conviene caer de una vez en la cuenta de que desde hace muchos siglos viven todos los pueblos de Europa sometidos a un poder público que por su misma pureza dinámica no tolera otra denominación que la extraída de la ciencia mecánica.  Se le ha llamado “el equilibrio europeo”.

Ese es el auténtico gobierno de Europa que ha regulado, históricamente, al pueblo.  La unidad de Europa no es una fantasía, sino la realidad misma, y la fantasía era, precisamente, lo otro: La creencia de que Francia, Alemania, Italia o España son realidades sustantivas e independientes. Se comprende, sin embargo, que no todo el mundo perciba con evidencia la realidad de Europa porque Europa no es una “cosa”, sino un equilibrio que, en el siglo XVIII, Robertson llamó el gran secreto de la política moderna.

Gran  paradoja porque el equilibrio o balanza de poderes es una realidad que consiste, esencialmente, en la existencia de una pluralidad.  Si esta pluralidad se pierde, aquella unidad dinámica se desvanecería.  Este carácter unitario de la magnífica pluralidad europea es lo que Ortega llamó la buena homogeneidad y la que hizo decir a Montesquieu que Europa no es más que una nación compuesta de muchas.

Otra paradoja es que este gran francés inspiró a los americanos dos siglos antes que a los europeos.  Quizá sus propias palabras inspiraran a los fundadores de los Estados Unidos de América para diseñar el lema de su nación.  E pluribus unum.  De muchos, uno. En fin, esa multitud de modos europeos, que brota constantemente de su radical unidad y revierte a ella manteniéndola, ha sido uno de los mayores  tesoros  de Occidente.

La globalización ineludible del planeta hará que todas las naciones aprendan a insertarse, de la mejor manera, en el contexto universal, tanto aquellos que ya han avanzado en ello como los que nos encontramos en otro tramo del proceso.  Creo que los europeos han encontrado su camino.  Hoy son una confederación.  Estoy seguro de que mañana serán una federación plena.  Siempre me he sentido orgulloso de la federación mexicana y siempre he admirado el diseño de la federación norteamericana.  También estoy convencido de que la hoy confederación europea ya ha superado más limitantes que todavía no logran quienes ya han llegado al nivel federalista.

Pongo un ejemplo en lo jurídico. Hoy existen más intenciones y más concreciones en homologar el sistema jurídico de Francia, España e Italia que el que pueda darse entre California, Texas y Nueva York.  Pongo otro ejemplo en lo económico.  Más contribuye España  al desarrollo de Grecia que Nuevo León al desarrollo de Oaxaca.  Y es que el comunitarismo europeo hace que los españoles sientan los problemas griegos como comunes, mientras que la mayoría de los mexicanos siente los problemas oaxaqueños como ajenos.

Creo que sigue teniendo razón Montesquieu.  Hay nación donde hay comunidad.  Cuidado con ello.  Por eso, el reloj político no mueve sus manecillas en el mismo sentido para todos.  Por eso, algunos pueblos se confederan, mientras que otros se balcanizan.

 

 

Abogado y político.

[email protected]

twitter: @jeromeroapis

 

 

Compartir: