El estilo Nixon y el estilo Clinton

Costosos para la vida colectiva, fertilizar los escándalos

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Continuando con nuestra reflexión sobre los estilos políticos comentaría que no me gusta fertilizar los escándalos porque son muy costosos para la vida colectiva. Además, la política real nos obliga a centrarnos tan sólo en el cui malum, a quien se dañó. Si lo sucedido no me daña, y si lo solucionado no me sirve, entonces, ¿en qué me preocupa o me concierne? No nos distraigamos de la verdadera política nacional.

Tengo dos casos en la memoria. Para los jóvenes de menos de 50 años les platicaré Watergate, y para los menores de 30 años les referiré Lewinsky.


Richard Milhous Nixon, llamado “Dick” a propuesta de Pat Ryan, se vio envuelto en una escandalera de espionaje electoral. Durante 2 años se paralizó la vida política estadounidense. El presidente fue requerido para entregar las grabaciones que hizo de todas sus conversaciones durante seis años presidenciales. Ventilarlos le pareció catastrófico para la nación. Allí había secretos de China y de Arabia Saudita; de Vietnam y de Rusia; del patrón-oro y del embargo petrolero; de Israel y de Palestina; del Congreso y de la Suprema Corte; de los partidos y de las fuerzas armadas; del servicio de inteligencia y del arsenal atómico; de los Kennedy y de los Castro; de México y de Cuba; de la CIA y de la maffia.

Después de una larga batalla política, jurídica y mediática, sólo le quedó renunciar a la presidencia de Estados Unidos. Como presidente quedaba obligado ante el requerimiento congresional. Como ciudadano común, la Constitución lo protegía de cualquier intromisión del Congreso. Con esa solución logró proteger a su país. Entregó las grabaciones a su sucesor presidencial, no a los legisladores ni al conocimiento público. Son 4 mil horas de conversación grabada. Han pasado 40 años, 7 presidentes y 20 legislaturas. Todos los gobernantes han decidido dar a conocer tan sólo 90 horas. Las otras 3910 prosiguen en la secrecía.

Sin embargo, el precio fue carísimo porque, en la maniobra, cometió 10 errores. Uno, se enojó. Dos, reaccionó sin reflexión. Tres, negó los hechos al inicio. Cuatro, tuvo consejeros muy inútiles. Cinco, no evitó la contaminación de la vida nacional. Seis, se dejó engañar. Siete, negoció tarde. Ocho, se deprimió. Nueve, confió en la pureza de lo que tenía de inocente. Diez, confió en el cinismo de lo que tenía de culpable.

William Jefferson Clinton, llamado “Bill” a propuesta de Hillary Rodham, se vio envuelto en un affaire sexual al aflorar una aventura con su empleada-becaria Monica Lewinsky. El bochinche fue abreviado por la confesión presidencial. Se sinceró con sus paisanos sobre una “relación impropia”, tecnicismo que usamos los abogados para referirnos a un tipo de perversión sexual que casi no se entiende fuera de la abogacía y que no es el caso explicar en esta nota.

Sin embargo, lo importante de su maniobra fue que logró el perdón público, el de su esposa y que, a partir de ello, no habría nadie con derecho a reprocharle algo. La bancada congresional de su partido lo respaldó de inmediato. El precio fue baratísimo porque aprovechó 10 aciertos. Uno, no se enojó. Dos, reflexionó antes de actuar. Tres, confesó. Cuatro, tuvo buenos operadores. Cinco, no  permitió que la política contaminara su vida personal. Seis, no permitió que su vida personal contaminara la política. Siete, actuó a tiempo. Ocho, no se deprimió. Nueve, pidió perdón. Diez, lo obtuvo.

Creo que ninguno de los dos hizo nada tan grave que dañara a su pueblo, a su país o a su nación. He allí, de nueva cuenta, el cui malum. Nixon pagó más que Clinton no porque fuera culpable, sino porque a él no le creyeron. Esto nos lleva a una reflexión final sobre jamás utilizar las recetas extranjeras en la casa propia porque pueden ser contraproducentes. A Clinton lo exculparon porque les pareció sincero. A Nixon lo condenaron porque les pareció embustero.

Sin embargo, no los copiemos porque el tema, la verdad, no funciona igual en todos los países. Para los sajones, por su protestantismo anglicano, la verdad vale más que la virtud. Para ellos, todos son pecadores, y no hay santos. Por eso no distinguen entre santos y pecadores, sino entre sinceros y embusteros. Su sistema político se sustenta en la verdad, no en la virtud. Para los latinos, por su catolicismo romano, la virtud vale más que la verdad. Hay santos y pecadores más que sinceros y embusteros. Su sistema político se sustenta en la virtud del gobernante, no en su sinceridad. En Estados Unidos, el gobernante puede fallar mientras sea sincero. En México, al gobernante eficiente no se le considera  muy grave que sea mentirosillo.

No me gusta apostar a los argüendes porque no tienen nada de bueno. Distraen a los gobiernos, confunden a los pueblos, suspenden la política, postergan las soluciones y casi nunca reditúan en beneficios nacionales.

 

Abogado y político.

[email protected]

twitter: @jeromeroapis

 

 

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