El epitafio de Poncho Romo

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Podemos decir que el primer caído en el gobierno de la 4T por la pandemia del coronavirus es el jefe de la Oficina de la Presidencia Alfonso Romo, y no precisamente por el contagio sino por su efectos colaterales y devastadores entre los miembros del gabinete. Hay decirlo de manera clara y objetiva: hizo lo que pudo, pero es un muerto viviente y por poco tiempo.

Él mismo no estaba convencido desde un principio en formar parte del gabinete de la AMLO; le implicaba un sacrificio de tiempo y un costo de oportunidad muy alto que no estaba seguro de querer pagar, independientemente de la confianza fuera de toda duda que tenía en este proyecto de gobierno. Tan es así que desde tiempo antes de tener la seguridad de ser un proyecto ganador se la jugó con AMLO, le apostó fuerte, le acercó personas preparadas, empresarios acaudalados, pero sobre construyó una narrativa que ayudaría a construir puentes de confianza con aquellos sectores que desde tiempo atrás habían sido reticentes con la radicalidad ideológica del proyecto de la 4T.

Esa fue su principal tarea y la asumió con absoluta convicción y entrega: ser un puente generador de confianza con la iniciativa privada para fomentar la credibilidad y por tanto la inversión para generar empleos y crecimiento económico. Creyó firmemente en la encomienda y la ejerció a cabalidad.

Conocía de la fama de AMLO, respecto de su terquedad que raya en la obstinación para modificar sus ideas preconcebidas, pero tenía plena confianza de que ya en el ejercicio en el poder cambiaría, más por estrategia que por convicción o, mejor aún, más a la fuerza que de ganas asumiría un perfil más pragmático en su propio beneficio. Creía, bajo la lógica del pensamiento racional, que actuaría en beneficio de la maximización de su utilidad y que, por tanto, modificaría comportamientos y actitudes como un detonante de inversión. No fue así.

Más temprano que tarde choco con pared.

El primer golpe de realidad con el gobierno de AMLO sería en la cancelación del aeropuerto de Texcoco. Creyó firmemente que no lo haría o que, en su caso, crearía opciones alternas que no cancelarán el proyecto en su totalidad, como por ejemplo que fuera administrado por la iniciativa privada, pero no fue así. Nunca pensó que AMLO lo utilizaría como un símbolo para enaltecer su hegemonía de poder: “aquí el que manda soy yo, y con nadie compartiré el ejercicio de poder”.

Romo se dio por enterado y decidió dar vuelta a la pagina. Pensó en perspectiva y creyó que como era el principio de la administración tal vez tenía razón el Presidente y que más adelante sería diferente. Construyó confianza y espacios de interlocución con la IP para procesar el episodio y continuar con la tarea encomendada. No tardaron en venir los desencuentros.

Primero fue la cancelación de las rondas petroleras y los farmouts en materia de hidrocarburos, y posteriormente la cancelación de los contratos con empresas internacionales en la construcción de gasoductos para la CFE. La tónica era la misma, no dejar espacios a la IP en materia de inversión en sectores considerados estratégicos. Ante todo el interés nacional, era el argumento.

Poncho Romo, el Consejo Coordinador Empresarial (CCE) y el Consejo Mexicano de Negocios tuvieron que hilar fino y ni así. Tuvieron que venir posicionamientos enérgicos de los gobiernos que representaban a las empresas extranjeras en cuestión para contener las intensiones expropiatorias. Se revirtió con modificaciones en los contratos contraídos y la información se ha resguardo por 5 años por motivos de seguridad nacional.

Vendría la negociación del TLC con América del Norte, y en la parte final correspondiente a los acuerdos extraordinarios que presionó el Congreso de los EUA para su firma, se desoyó a la IP y finalmente se excluyó de la negociación. Para la firma final en Palacio fueron convidados de palo y aguantaron. Vendría la no rifa del avión presidencial y a cambio de una cena tamalera en Palacio Nacional se les invitaba gentilmente a ser parte del show presidencial financiando voluntariamente la no rifa. Aguantaron y Romo nuevamente apechugó.

Al parecer la gota que derramó el vaso fue la cancelación de una fuerte inversión de la empresa Constellation Brans en el estado de Baja California. Utilizando las ya conocidas prácticas de la 4T, se le aplicó una encuesta patito o gansito y simplemente, bajo el argumento incontrovertible de la voluntad general, con la participación de un 3% de la población local, se decidió cancelar las autorizaciones y detener el desarrollo de la inversión.

Fueron infructuosos los oficios y la interlocución de Poncho Romo para contener la voluntad presidencial; nuevamente sus argumentos cayeron en oídos sordos o más bien jamás se le prestaron oídos. El Consejo Coordinador Empresarial que se aplicó en la defensa legal de la inversión en la zona fronteriza del país se mostró enojado, frustrado y usado. Les quedó claro que fueron timados y decidieron romper amarras y declarar bajo un tono inusual que este gobierno no hace nada para procurar la confianza y dinamita la inversión privada en el país. En los hechos reconocía públicamente lo que ya conocían en su seno, no gozan de las confianzas del Presidente aun y cuando necesite de la inversión privada.

¿Qué pasará por la mente de Poncho Romo? ¿Se equivocó en su apuesta? Tal vez confió demasiado en AMLO; tal vez. Lo único claro es que ha dejado de ser funcional en una inexistente relación entre la Presidencia de la República y la Iniciativa Privada nacional; sabe en su interior que AMLO nunca cambia, que su esencia en el fondo es la misma, su resentimiento hacia la clase empresarial del país es profunda y siente que no los necesita, así como tampoco, en un sentido estricto necesite de los oficios de Poncho Romo. La primera víctima del COVID-19 del gabinete de AMLO sin estar contagiado.

Tal vez podrá utilizar la coyuntura para marcar su sana distancia.

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