El descontento social

Pasiones están predominando en la percepción de los electores; mutismo del sabio no se manifiesta con propuestas y soluciones viables, tan necesarias para un país tan complejo, y de tantos requerimientos, como el nuestro

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William Shakespeare. ‘La conciencia es la voz del alma; las pasiones, la del cuerpo’

La opinión, es la ideología del momento, una minoría puede ejercer una presión intelectual y social sobre una mayoría, a través de los medios de comunicación actuales; sin los méritos sustentables de conocimiento y cualidades para convocar, representar o liderar. Y de conocido, se vuelve reconocido, aceptado y acreditado, donde ha sido más redituable repetir que demostrar.

Este es uno de los rasgos de la civilización mediática, que se reproduce en la contienda electoral que se escenifica actualmente, y que empieza a polarizar a la sociedad mexicana, donde no todos los candidatos a la Presidencia de la República han comprendido, incorporado y explotado éste fenómeno para sumar adeptos, convirtiéndose hasta el momento en un factor de diferencias sobre la captación de preferencias para los contendientes.

Época donde se están imponiendo y privilegiando personajes carismáticos que duermen la razón y exaltan la pasión, que fluyen sobre un entramado de convivencia civil detectable desde los tiempos de Carlos Salinas de Gortari que tipificó y llamó sin mayores detalles como: “Descontento social”.

Un disgusto que, en lugar de analizarlo, aislarlo y despresurizarlo con el tiempo, la clase política y nuestros gobernantes siguieron avivando, fomentando y acrecentándolo hasta límites intolerables, y que hoy, con este estigma, delinean sus perfiles de identificación, tasados por igual para una sociedad pensante, angustiada y victimizada, que en su horizonte inmediato no vislumbra un futuro digno a causa principal de esta elite.

Una comunidad receptiva que ya no tolera la corrupción, impunidad e inseguridad, y que quiere erradicarla con su voto de castigo, aunque en esta decisión transcendental para el presente y futuro de la misma, arrastre lo inaceptable con lo rescatable, el pasado y el presente; cuando estos son dos tiempos que se debe acompañar para fincar un adecuado porvenir.

Un proceder que nos aleja de nuestro flanco razonable, como alguna vez en una de sus obras literarias William Shakespeare señaló: “La conciencia es la voz del alma, las pasiones la del cuerpo”, y las pasiones, están predominando en la percepción de los electores para elegir a sus representantes.

 

PROVERBIO

Cómo no recordar aquel proverbio chino que nos sigue ilustrando: “El sabio no dice lo que sabe y el necio no sabe lo que dice”. Necedades que nos han inundado los candidatos en contienda, con sus promesas electoreras de campaña, como si el ciudadano que razona no tuviera conciencia de lo que sucede en su entorno, comunidad o región, y pueda dilucidar el puente de lo real y lo irreal.

Donde el mutismo del sabio no se manifiesta con propuestas y soluciones viables, tan necesarias para un país tan complejo y de tantos requerimientos como es el mexicano.

El presente y futuro del país nos exige más que nunca que expresemos nuestro voto, para elegir a nuestro gobernante en el 2018, en un proceso cívico que podrá a prueba al sistema democrático mexicano.

Un acto ciudadano irreversible, de ahí la enorme responsabilidad de este evento, ya que los electores que participen a través de este derecho, son los que ostentan la mayoría de edad; votantes que decidirán por todos los mexicanos; principalmente por los menores de 18 años que todavía no adquieren la calidad para elegir, y que podrían ser los principales perjudicados al comprometerse su futuro, por una elección errada en la que no participan.

 

EL CANDIDATO IDEAL

Cómo identificar, cómo valorar, cómo apreciar al candidato que reúna la personalidad, la preparación,  la experiencia, la capacidad de evitar ser seducido por el poder y la corrupción; que sea una garantía de su compromiso social y cívico y legal que adquiere al ser nominado para gobernar; que se conduzca con transparencia y con una sustentable  visión de los problemas y potenciales que tiene el país, y que, adicionalmente tenga la habilidad para conjuntar un equipo de trabajo que le auxilie, fortalezca y dignifique el azaroso quehacer político.

Conjunto de representantes que afronte en mejor medida la demanda de justicia, equidad, repartición de la riqueza, acceso a un espacio en la educación y que esta sea de calidad, creación de empleos suficientes y bien remunerados, pero, sobre todo, que tenga la habilidad y talento para disminuir en la medida de lo posible la inseguridad, corrupción e impunidad que está carcomiendo al país.

Séquito de dirigentes de probada capacidad y honradez, que no lleguen a improvisar o aprender, porque el país no está para experimentar o reformar sin visión de lo reformable, porque condenaría a una generación al estancamiento o retroceso en un tiempo sin retorno.

Cómo contribuir para generar una autoridad política que descanse sobre la legitimidad, donde la legalidad no basta con una sociedad crispada como la mexicana, que ya no tolera equivocaciones, ni malos manejos.

Una autoridad ungida por la mayoría en un proceso democrático que aspire a salvar a la sociedad, evitando que su incapacidad y carencia de oficio también pueda destruirla.

Cómo eludir una autoridad artificial que administre los problemas en lugar de resolverlos, y que no se ocupe por fortalecer su parcela y grupo de poder. Una historia que se ha repetido una y otra vez en México.

Un cómo, con signo de acción, puede comenzar por ejercer el voto, porque ahora cuentan y se cuenta, y esta elección debe ser razonada, alejada de un voto de castigo o un resentimiento que nuble la razón, porque están en juego seis años de progreso o en su defecto de estancamiento y hasta retroceso.

Bien lo señalaba el filósofo francés Alain: “Una verdadera autoridad democrática, debe buscar las mejores estrategias para la consumación de sus objetivos, evitando en la medida de lo posible la sanción porque lo que destruye la obediencia es la anarquía. Lo que destruye la resistencia es la tiranía”, y el México de hoy, ha dejado atrás a los tiranos y a la anarquía.

 

JOSÉ ANTONIO MEADE

Candidato presidencial por la coalición Todos por México, conformada por los partidos Revolucionario Institucional (PRI), Verde Ecologista de México (PVEM) y Nueva Alianza (Panal).

Tercero en las mediciones de preferencia electoral de precampaña, con una mácula de representar al PRI, el partido político con el mayor repudio de una sociedad que se ha sentido agraviada por la corrupción, por ser el de mayor tiempo en el poder, y, por consiguiente, de donde han emanado los peores personajes ligados a este flagelo, algunos de ellos exhibidos y encarcelados, donde no están todos los que debería estar, independientemente de su color partidista.

Un candidato cuidadosamente elegido para evadir las formas y estilos de ayer, que son la indignación hoy.

Un candidato que tiene el compromiso de demostrar que la política es un tema de honor y no es una puerta abierta a la corrupción.

Un candidato con las mejores credenciales académicas y la mayor experiencia en la administración pública, que carece del arraigo y presencia de los políticos, porque se ha dedicado al quehacer administrativo más que a la política, donde siempre ha presentado aceptables resultados.

Su brillo no se refleja en las plazas públicas, sino en la práctica y eficiencia con que se ha manejado en los encargos públicos de gran relevancia que ha desempeñado, que se significaron mayormente en las administraciones de Felipe Calderón Hinojosa y Enrique Peña Nieto, donde demostró su compromiso con el cargo, más que una militancia.

Candidato ciudadano que debe simbolizar la esperanza del cambio, aunque muchos entendidos de la política, y algunos enemigos políticos, lo quieren desbarrancar.

Un candidato que ha demostrado cómo actuar, sin improvisar e innovar sin sentido de realidad; acreditadas por su paso en las secretarías de Estado que ha dirigido desde hace más de 10 años en forma ininterrumpida.

Un candidato que es ajeno a la cultura de la tolerancia frente a los errores del poder, de complicidad ante sus abusos, que desecha la impunidad como compra de complicidades.

Su figura pública simboliza la estabilidad y el conocimiento con causa, ante los entretejes de la política nacional e internacional.

Personaje que negocia cada vez menos y actúa cada vez más, con la experiencia y capacidad que el tiempo y los cargos van cimentando.

Aunque carga con la mala aprobación del Ejecutivo en turno, y la corrupción asociada al PRI, una marca desgastada; su reto es convencer y ganar adeptos con la mesura y la capacidad técnica con la que han enfrentado las encomiendas en sus cargos públicos, revestido de la eficiencia y transparencia que lo dignifica.

Siendo apropiado traer a colación al político estadounidense Nicholas Murray Butler, quien señalara que, en la política hay tres grupos de personas: “Las que hacen que las cosas pasen, los que miran que las cosas pasen, y los que preguntan qué pasó”, y Meade en el servicio público ha demostrado que es de los personajes que hacen que las cosas pasen.

 

 

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