El Cristo de la Cuarta Transformación

Lopezobradorismo es mucho más que un movimiento; se trata de una religión sincrética

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Y yo que llegué a pensar que Porfirio Muñoz Ledo deliraba cuando definió a Andrés Manuel López Obrador como cruzado e iluminado, y, en extremo, como el hijo único laico de Dios.

Me equivoqué; Porfirio no estaba en modo Muñoz Ledo; simplemente reveló lo que hoy parece un hecho: El lopezobradorismo es mucho más que un movimiento; se trata de una religión sincrética que une el pensamiento de los años 70, cuando, en nuestro país, el Estado atendía a los indígenas, al de Solidaridad de Carlos Salinas de Gortari, con el humanismo del cristianismo enfocado en los pobres, etcétera.

En esta mezcolanza me resisto a comparar la doctrina de la Cuarta Transformación con el cristianismo porque tendría que caer en análisis obligado sobre el Jesús histórico y el divino, al que respeto profundamente, con Andrés Manuel López Obrador, al que, por ser mi Presidente, guardo respeto objetivo, no reverencial, que me permite estar en desacuerdo no en todo, pero sí en mucho.

Sin embargo, la tentación es casi irresistible porque fue el líder de la 4T quien hizo la similitud en Etchojoa, Sonora:

“El propósito, repito, es que (los más necesitados) tengan mejores condiciones de vida y de trabajo…; esto es humanismo; esto es justicia y es cristianismo. Me van a criticar, pero lo voy a decir. Miren: ¿Por qué sacrificaron a Jesús Cristo? ¿Por qué lo espiaban y lo seguían?, por defender a los humildes; por defender a los pobres; esa es la historia”.

¿Debemos concluir, entonces, que Andrés Manuel es una especie de Cristo reencarnado?

¡Anatema!, me gritarán los sacerdotes de uno y otro culto, pero la idea ha cundido. Por ejemplo, la senadora Lilly Téllez ya compara la coincidencia del discurso del Papa Francisco, representante de Jesús en este mundo, con el del Presidente de México.

La verdad es que acostumbrado a la grilla, y no a cuestiones tan profundas, por más que releo las palabras presidenciales dirigidas a los sonorenses, más me pierdo.

Si sólo se trata de ser espiado y seguido, como lo fue Jesús, entonces, hay lugar para cierta comparación porque, conforme a las últimas noticias pregonadas por él en su púlpito del Palacio Nacional, también espían y siguen, pero nadie lo ha crucificado, como ocurrió al cordero de Dios que quita los pecados del mundo, pero que al tercer día resucitó para reinar por siempre.

Además, la visión sobre los pobres es un tanto diferente entre uno y otro personaje.

Andrés Manuel está determinado a acabar con la pobreza y los lujos de los hombres públicos. A los que en Sonora lo oían con devoción similar a la de quienes escuchaban las prédicas de Jesús les platicó que en su última plática con Donad Trump se le pasó ofrecerle en venta el avión que Felipe compró a Enrique Peña para quedar bien.

No profundizó en el tema, pero quizás quería platicarles que con él se acabó el disfrute del poder, como ocurría antes del triunfo de la 4T, y que, ahora, la misión es que no exista más pobreza en el país.

Jesús no se atrevió a tanto; era un poco menos ambicioso.

Mateo, Marcos y Juan relatan que en Betania, en la casa de Simón, llamado el leproso, María tomó medio litro de aceite de nardo, un perfume muy caro y lo derramó sobre los pies de Jesús, cansados y maltratados de tanto andar predicando de pueblo en pueblo. Después, en una escena magnífica, los masajeó y secó con su cabello.

La reacción de los apóstoles no se hizo esperar, en especial la de Judas. Adujeron que el caro perfume se pudo haber vendido para dar el dinero a los pobres, como el que López Obrador obtendrá de la venta del avión, de lo robado al pueblo, de los recortes a las dependencias, de la austeridad y del combate a la corrupción.

San Juan explica la reacción de Judas: “Dijo esto no porque se interesaba por los pobres, sino porque era un ladrón, y como tenía a su cargo la bolsa del dinero, acostumbraba robarse lo que echaban en ella”.

Es curioso que Juan se percatara de los robos de Judas, y Jesús, Dios, no se diera cuenta, pero la reacción de Jesús ante el debate entre los suyos es un tanto desconcertante y suena a maldición para los pobres: “… siempre los tendrán con ustedes y podrán ayudarlos cuando quieran, pero a mí no me van a tener siempre”.

Andrés Manuel habría reaccionado distinto: Habría metido a Judas en prisión, vendido el aceite de nardo y trabajado no 16 horas, sino 24, para luchar por los pobres no por un sexenio, sino por tres, porque no lo tendrán siempre.

Jesús, en cambio, seguramente ordenó: ¡Más aceite!, pero esto es conjetura mía; no está en el Testamento.

Lo cierto es que, con el tiempo, Judas lo traicionaría y vendería por 30 monedas, Pedro lo negaría 3 veces antes de cantar el gallo y San Pablo haría el rediseño de sus enseñanzas hasta convertirlas en el cristianismo de hoy, pero desde luego que hay muchas similitudes.

Mucho después de su resurrección, el nombre de Jesús se usaría para todo, incluida la creación de la Santa Inquisición, que se dio gusto quemando a quien se atrevía a pensar distinto. Ejemplos de los perseguidores de herejes sobran, pero quedémonos con Savonarola, cuyo celo lo llevó a ser consumido por su propio fuego.

Hoy, una nueva Santa Inquisición está imponiendo la pureza en México para desterrar los 36 años corruptos de neoliberalismo. Quien se mueve, estorbe u opine diferente es conducido al potro a confesar su maldad.

Siguiendo al Testamento, después de la traición de Judas, Jesús fue crucificado para resucitar al tercer día y reinar por toda la eternidad, pero, como dijo, los pobres siguen aquí. En México, el Presidente López Obrador se ocupa de anular la maldición bíblica de que por siempre estarán.

Que me perdone Porfirio. No deliraba; estuvo frente a Él.

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