Meade, candidato de Peña y del PRI, de nadie más

‘Elogios y aplausos’ despistados del secretario de Relaciones Exteriores en reunión con embajadores no estaban en el guión del destape

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Acabemos de una vez con el tema: José Antonio Meade es candidato de Enrique Peña Nieto y del PRI, de nadie más. Quien crea lo contrario se equivoca.

Los “elogios y aplausos” despistados del secretario de Relaciones Exteriores en la reunión con embajadores no estaban en el guión del destape; fueron iniciativa exclusiva del “despistado” Luis Videgaray.

También es cierto que Peña Nieto se encabronó (nunca ha sido tan preciso el término) al conocer, por las redes sociales, el oficioso ungimiento de Meade a cargo de su amigo de tres décadas, Videgaray.

De igual manera, es cierto que el Presidente a nadie puso al tanto de que al día siguiente daría un manotazo a su estilo, llamando “despistados” a quien o a quienes supusieron que con “elogios y aplausos” destaparía o destaparían al candidato.

En realidad se refería a sólo un “despistado”, y el remitente acusó el mensaje; de inmediato puso en marcha su maquinaria mediática para pasar a otros el golpe dirigido sólo a él. El argumento fue que la mano anónima que subió a las redes únicamente su desmesurada presentación de Meade omitió, con intención maliciosa, lo que había dicho de los otros ponentes, Ildefonso Guajardo y Enrique de la Madrid.

Asimismo, el Presidente está convencido de que Meade no estuvo al tanto de la puesta en marcha de tan grosera maniobra para hacer sentir, como se dijo aquí, urbi et orbi, que una especie de Su Santidad, que no es infalible porque no cuenta con el auxilio del Espíritu Santo en materia de doctrina partidista, fue comisionado para hacer el destape, o que lo hacía por su cuenta.

De igual manera, pecará de ingenuo quien crea a Videgaray que, en su rol de “El Chavo del Ocho”, lo hizo sin querer queriendo; que, como dice Juan José, “se le hizo fácil” o, como Hipólito, el asesino de Rosita Alvirez disparó sin intención.

Al final, la única víctima de esta anécdota es el secretario de Relaciones Exteriores, que de no estar de por medio la revisión del Tratado de Libre Comercio ya estaría sufriendo las consecuencias.

Videgaray deberá esperar a que Meade supere en las urnas a sus contrincantes; armarse luego de paciencia para saber si el nuevo mandatario está dispuesto a iniciar su gestión con la carga adicional de que el país esté convencido de que debe la candidatura a quien lo comparó con Plutarco Elías Calles cuando, en realidad, se refería a sí mismo.

En otras palabras, Videgaray seguirá ocupando su puesto porque sería absurdo realizar un cambio en Relaciones Exteriores estando en juego el futuro del Tratado de Libre Comercio con América del Norte; mantendrá influencia en el gabinete por su experiencia en el servicio público, la vastedad de sus conocimientos y porque, en efecto, es muy inteligente, pero deberá vencerse a sí mismo para acumular un mínimo de humildad si pretende aminorar en el ánimo del Presidente el efecto de su irrupción punitiva en el proceso de selección del candidato priista.

Pero si su aspiración es continuar en el servicio público en el próximo sexenio, debe esmerarse en convencer a Meade de que el público aval que  extendió  ante el cuerpo diplomático sobre su integridad personal, patriotismo, notable preparación y experiencia, no tuvo la intención de convertirlo en una especie de Pascual Ortiz Rubio, sino el espontáneo y sincero elogio de un amigo desinteresado.

El problema es que el primer día de diciembre de 2018, Meade dejará de ser Pepe Toño para convertirse en el jefe de Estado que cruza sobre su pecho la banda tricolor; entonces deberá comportarse como hombre de Estado al que no se puede engatusar con aquello de que hemos caminado juntos 30 años. El último que presumió de algo semejante terminó de embajador en las Islas Fiyi.

Por cierto, aún entre los amigos de mucha antigüedad suele haber desavenencias. Por ejemplo, en la Secretaría de Desarrollo Social, Meade llegó a encabronarse también porque Hacienda no entendía que sin dinero no caminarían algunos de los proyectos más importantes del Presidente Peña Nieto. Y en esa época, Hacienda se llamaba Luis Videgaray.

Y, para concluir el asunto, será Meade quien, al final, decidirá si le pone punto final, o sólo suspensivos, al abuso que su amigo de toda la vida hizo, incluso, de la fecha del destape usando a sus aliados de los medios.

 

 

 

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