Ebrard y el aliento del dragón

Tendrá que echar mano de toda su inteligencia, sagacidad y experiencia, para navegar las procelosas aguas del conflicto comercial y político entre Estados Unidos y China

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Marcelo Ebrard Casaubón fue uno de los coordinadores regionales del Presidente Andrés Manuel López Obrador durante la transición. El ex jefe de Gobierno de la Ciudad de México es, ahora, el titular de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE). Sin duda, Ebrard tiene experiencia internacional, entre otras razones, por coordinar, en la ONU, la iniciativa de Red Global de Ciudades Seguras y haber vivido varios años en París, Francia. Ebrard Casaubón fungió como presidente de la Red Global de Ciudades Seguras de la ONU de septiembre de 2012 a febrero de 2014; dicho cargo terminaría en 2016, pero el 3 de febrero de 2014 renunció al cargo para contender por la dirigencia nacional del PRD en México. En julio de 2013 fundó una expresión dentro de ese partido, a la que denominó Movimiento Progresista. En febrero de 2014 se constituyó como asociación civil Movimiento Progresista A. C., con el fin de abrirse a los ciudadanos que no pertenecían al PRD. El 27 de febrero de 2015 renunció a dicho instituto político. Tras diversas indagaciones en su contra, la suspensión de una candidatura a un cargo electivo por el partido Movimiento Ciudadano y la polémica suscitada por la suspensión de operaciones de la Línea 12 del Metro de la Ciudad de México, Ebrard se mudó, en 2015, a Francia. Ahora, desde el 1 de diciembre de 2018 es Secretario de Relaciones Exteriores.
Ebrard Casaubón nació en la Ciudad de México el 10 de octubre de 1959. Es el segundo de ocho hijos del arquitecto Marcelo Ebrard Maure y Marcelina Casaubón. La familia vivió como clase media, sin grandes lujos, en un barrio de Coyoacán. Pasó su infancia rodeado por el idioma y la cultura de Francia, pues sus abuelos paterno y materno eran originarios de ese país. En 1977 ingresó al Colegio de México, de donde se tituló, en 1984, en Relaciones Internacionales con la tesis “Congreso y Democracia en México”. Después viajó a París, Francia, para hacer una especialidad en Planeación y Administración Pública. En las aulas del Colegio de México, Ebrard conoció a quien sería su “padrino político”, Manuel Camacho Solís. El entonces priísta y cercano colaborador de Carlos Salinas de Gortari enseñaba a Ebrard Introducción a las Ciencias Sociales y, en 1978, lo invitó a unirse a las filas del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Ebrard Casaubón fue secretario general del PRI capitalino y colaborador en la Secretaría de Relaciones Exteriores. En 1992 fue nombrado secretario de Gobierno en el entonces Distrito Federal y, en 1993, subsecretario de Relaciones Exteriores. Ambos cargos, mientras Camacho Solís era regente del DF. En 1997, Ebrard Casaubón llegó a la Cámara de Diputados con el apoyo del PVEM, pese a que no militaba en ese partido. En el 2000 siguió a Camacho Solís en la fundación del Partido de Centro Democrático (PCD). El PCD lo postuló como candidato a jefe de Gobierno, pero declinó por el entonces candidato del PRD, Andrés Manuel López Obrador. El partido perdió su registro y Ebrard Casaubón se unió a las filas del sol azteca. López Obrador lo designó como secretario de Seguridad Pública capitalino, cargo del que fue removido en 2004 por el entonces presidente Vicente Fox luego de que tres elementos de la Policía Federal Preventiva fueran linchados por habitantes de Tláhuac. En 2005, el entonces jefe de Gobierno lo incorporó, de nuevo, a su gabinete, ahora como secretario de Desarrollo Social. En ese momento inició su campaña para gobernar la capital del país.
Desde su importante responsabilidad como canciller, Ebrard Casaubón ha tenido, en las últimas semanas, un importante papel en la postura política del gobierno mexicano frente a la crisis de Venezuela, la que se ha basado en una rigurosa aplicación de los principios tradicionales de la política exterior mexicana fundados en la Doctrina Estrada. La Doctrina Estrada (nombrada, por su autor, como Doctrina mexicana) es el nombre del ideal central de la política exterior de México desde 1930. Su nombre se deriva de Genaro Estrada, secretario de Relaciones Exteriores durante la presidencia de Pascual Ortiz Rubio, que la redactó y publicó, mediante un comunicado de dicha secretaría, el 27 de septiembre de 1930. La doctrina se manifiesta en contra de que los países decidan si un gobierno extranjero es legítimo o ilegítimo, especialmente si proviene de movimientos revolucionarios. La Doctrina Estrada contradecía la costumbre de su época, que cada país debía reconocer al gobierno de otra nación para que esta fuera considerada válida o legítima. Igualmente, se mostraba en contra del intervencionismo.
Más allá de cuál sea, finalmente, el desenlace del drama venezolano, Ebrard Casaubón tendrá que echar mano de toda su inteligencia, sagacidad y experiencia, para navegar las procelosas aguas del conflicto comercial y político entre Estados Unidos y China, en tanto éste poderoso país asiático parece más dispuesto que nuestro vecino del norte a facilitar la participación de sus empresas e inversionistas en algunos de los más ambiciosos proyectos del gobierno del Presidente López Obrador. Ebrard Casaubón deberá cobijarse en “el aliento del dragón” chino, sobre todo si el escenario se complica a la luz de lo que amenaza con ser una desaceleración del formidable crecimiento que ha tenido la economía China en las décadas recientes. Las acciones chinas se están desplomando por la desaceleración del crecimiento en la economía nacional y la guerra comercial con Estados Unidos. El principal regulador de valores de China intentó proyectar cierta confianza en una reunión, a puerta cerrada, el pasado otoño. “La primavera no está lejos”, dijo, el pasado octubre, Liu Shiyu, presidente de la Comisión Reguladora de Valores de China, a más de una docena de grandes inversionistas de capital privado y acciones. Sin embargo, desde entonces, los principales índices de China se han enfriando y está claro que, incluso, si hay un relajamiento en las tensiones comerciales, en la segunda economía más grande del mundo se está desarrollando un crudo invierno.
El crecimiento económico de China, aunque todavía es elevado, de acuerdo con los estándares de algunos países, se ha desacelerado a tasas no vistas en un cuarto de siglo y se espera que siga bajando este 2019. Algunos economistas proyectan tasas entre 6 y 6.3%, por debajo del 6.6% de 2018; otros dicen que el crecimiento real se ha reducido a la mitad, o menos. Una gran razón de la disminución de la perspectiva: Beijing está tratando esta desaceleración de manera diferente que en el pasado reciente. Se acabaron las drásticas medidas de estímulo, como las que se implementaron durante la crisis financiera mundial hace una década. En ese entonces, el gobierno chino gastó alrededor de 4 mil millones de yuanes (580 mil millones de dólares), o, aproximadamente, 13% del Producto Interno Bruto en ese momento, en infraestructura, vivienda y otros proyectos, con el objetivo de prevenir el desempleo masivo y alentar el crecimiento. En esta ocasión, el liderazgo está operando con más cautela, adoptando una estrategia gradual en su expansión monetaria y fiscal, mientras que elude lo que se denomina “estímulo de irrigación por inundación”, una referencia a las agresivas políticas de crecimiento del pasado. Después de décadas de uno de los ascensos económicos más rápidos de la historia, una desaceleración sostenida en China se resentiría en todo el mundo. También en manos de los líderes, al menos por ahora, está la incertidumbre sobre el conflicto comercial entre Estados Unidos y China. Los asesores del gobierno chino establecieron que Beijing necesita mantener algunas medidas de estímulo en reserva en caso de que las dos principales economías del mundo no logren llegar a un acuerdo y vuelvan a imponer aranceles a los bienes de la nación contraparte.
“China debe estar preparada para el peor de los casos”, dijo Wang Yiming, vicedirector del centro de estudios del gobierno chino, de Development Research Center. Si el gobierno de Trump cumpliera con sus amenazas comerciales contra China, dijo Wang, eso podría reducir tanto como 1.5 puntos porcentuales del crecimiento del PIB de China este año. Al mismo tiempo, indicó que el gobierno continuará sus esfuerzos por controlar los riesgos para el sistema financiero. “El objetivo general no será acelerar el crecimiento”, dijo el analista chino Chen Long en Gavekal Dragonomics, una firma de consultoría con sede en Hong Kong, “sino detener la desaceleración”. Una encuesta independiente que mide la salud del enorme sector de manufactura de China afirma que el mes pasado se hundió a su nivel más bajo en casi tres años. El vicepresidente Wang Qishan instó a los inversionistas a dejar de preocuparse por la economía. “Habrá mucha incertidumbre en 2019, pero algo que es seguro es que el crecimiento de China permanecerá y será sostenible”, dijo en un discurso presentado en el Fondo Económico Mundial, en Davos, el mes pasado.
Ante los ya expuestos preocupantes escenarios, el canciller Ebrard y su equipo tienen el reto de, más allá de los conductos y foros oficiales, convencer a los inversionistas privados chinos de las atractivas oportunidades de hacer en México inversiones seguras y lucrativas. Basten, como ejemplos, las nuevas plataformas petroleras y refinerías que México requiere con urgencia, sin contar con las posibilidades que ofrece nuestro sector automotriz.
En México, la industria automotriz genera más de 800,000 empleos, y es por eso, y por su importante participación en el PIB industrial y en los ingresos de divisas de nuestro país, que no es exagerado calificarla como “el motor de México”, pero en el horizonte de esta significativa industria se avistan ya cambios profundos que van a demandar del gobierno que encabeza el Presidente Andrés Manuel López Obrador un conjunto de políticas públicas innovadoras en las áreas financiera, industrial y económica; energética; de comunicaciones y transportes, y de política exterior, así como vastas inversiones en infraestructura carretera y eléctrica. Por estas razones, Carlos Urzúa, Graciela Márquez Colín, Rocío Nahle, Javier Jiménez Espriú y Marcelo Ebrard Casaubón deberían irse adelantando a diseñar los programas y proyectos pertinentes, así como a ir identificando el origen de los fondos públicos y privados, al igual que las tecnologías de que deberán echar mano. Estamos justo a tiempo para que AMLO y sus principales asesores y colaboradores revisen sus proyectos y se preparen para un porvenir desafiante, pero promisorio para México.

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