Ebrard con permiso de AMLO para placearse

No faltará quien diga que escenarios como el de la cumbre de la G20 le sacan un tanto lo ranchero a Andrés Manuel pues no se siente en su medio al lado de los poderosos del mundo, razón por la cual prefiere quedarse en las mañaneras en Palacio Nacional o a encabezar el festejo del primer aniversario de su triunfo histórico.

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No porque sea su intención, sino por delegación del Presidente López Obrador que no ignora la importancia de las ligas en las que lo está haciendo jugar, Marcelo Ebrard está en donde quería: posando con una gran sonrisa al centro de los jefes de Estado del G20 después de un efusivo apretón de manos con Donald Trump. Nada más y nada menos.

No faltará quien diga que escenarios como el de la cumbre de la G20 le sacan un tanto lo ranchero a Andrés Manuel pues no se siente en su medio al lado de los poderosos del mundo, razón por la cual prefiere quedarse en las mañaneras en Palacio Nacional o a encabezar el festejo del primer aniversario de su triunfo histórico.

Es posible, pero no lo imagino sintiéndose chiquito ante ninguno de los miembros del G20, en especial porque les lleva ventaja en la manera en que arribó al poder, por lo menos si se le compara con los más conspicuos, Donald Trump y Vladimir Putin.

Pero más allá de que si nuestro Presidente prefiere quedarse en casa que acudir a las cumbres de mandatarios por razones de carácter o idioma, lo que importa es la placeada que, con permiso, el secretario de Relaciones Exteriores se está dando.

De unas semanas a la fecha, a partir de las negociaciones de aranceles y pactos migratorios, Marcelo es insustituible. Por ejemplo, para cumplir al mandatario de Estados Unidos con los compromisos que adquirió a nombre de López Obrador, le han sido otorgadas funciones ajenas a su despacho que tienen que ver con las dependencias de Olga Sánchez Cordero y Alfonso Durazo, por lo menos.

Ahora, suplió al mandatario mexicano, por delegación, insisto, en un evento al que López Obrador debió acudir.

Ebrard, que es de los pocos que le entienden a la política en el equipo de Andrés Manuel, cumplió la misión a la perfección. Por ejemplo, llevó al seno del G20 el discurso de su jefe sobre reducción de la pobreza y la desigualdad y, desde luego, la erradicación de la corrupción.

Podríamos sintetizarlo diciendo que empezamos a exportar al mundo la Cuarta Transformación.

A Marcelo le va a llover en los medios fifís, neoliberales y conservadores, pero también en las huestes ilustradas de Morena, sobre todo por las dos fotografías en las que se le ve en pleno triunfo: con los jefes de Estado y recibiendo los parabienes de Trump.

Por eso es necesario insistir en que, si anda jugando en esas ligas es porque su jefe así lo quiere no porque él se haya creado el espacio para destacar sobre sus pares del gabinete y de la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum.

La relación de Marcelo con Andrés Manuel viene de los tiempos en que con cualquier pretexto el ahora Presidente solía invadir la Ciudad de México con sus huestes tabasqueñas; digamos que caminan juntos desde hace casi 3 décadas, mucho antes que el resto considerara con seriedad que López Obrador llegaría a donde está.

Más aún, Ebrard ha sido el único en disputarle la candidatura presidencial, como ocurrió en 2012 cuando militaban en el PRD.

Es suficiente mérito para que el Presidente deposite en su lealtad la confianza que le ha otorgado y que le permita destacar en un equipo que, por cierto, da mucho que desear.

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